Part 9
Hallábase el general San Martín en el campamento de Mendoza. El edecán de servicio en la[277] antesala de su tienda de campaña, entró un día en su escritorio, anunciándole:--"Un oficial pregunta por el ciudadano don José de San Martín."--"Hágale usted entrar."--Entró el oficial, ratificándose en que venía a ver al ciudadano, y[278] no al general en jefe.--"Puede usted hablar", le dijo San Martín.--"Vengo a confiarme a usted como un hijo a su padre", balbuceó el oficial. "Soy habilitado de mi cuerpo. Ayer recibí de la comisaría de guerra, para socorro de los oficiales y soldados, una suma de dinero. Llevábala a su destino, cuando entré por mi desgracia a saludar a un oficial amigo mío que se halla enfermo. Varios compañeros estaban jugando a los naipes en su aposento. Me invitaron a acompañarles. Al principio rehusé. Luego quise tentar la suerte. Resolví jugar la pequeña suma que me correspondía como oficial de la cantidad total que me fuera entregada. Como debo al sastre, a la lavandera y a varios proveedores, no pudiendo pagar mis deudas con esa pequeña suma, ocurrióseme que, si lograba duplicarla o triplicarla, saldría de apuros. El caso es que la perdí. Ofuscado por el golpe, quiero reponer la pérdida, juego de nuevo, y vuelvo a perder.... En fin, arriesgué todo lo que llevaba, y ¡lo perdí todo!... He pasado la noche vagando por los alrededores del campamento como un loco. Estoy deshonrado. ¡Ruégole, señor, que se apiade de mi situación y salve mi honor! Yo le pagaré después como pueda, aunque sea sirviéndole de criado. ¡Lo que no quiero es que no se me ajusticie[279] como ladrón, y llegue luego la noticia a mi pobre madre!... "El general San Martín le contestó, después de una pausa: "Como general estaría obligado a hacerle enjuiciar ante el consejo de guerra.... Pero usted se ha confiado a mi lealtad y me promete enmendarse...." Y tiró una gaveta de su escritorio, sacó en onzas de oro de su propio peculio la suma que el oficial le pedía, y, al entregársela, le dijo: "Vaya usted y en el acto entregue ese dinero en la caja de su cuerpo. ¡Que en su vida se vuelva a repetir un[280] pasaje semejante!... Y, sobre todo, guarde usted en el más profundo secreto el asunto de esta entrevista, porque si alguna vez el general San Martín llega a saber que usted ha revelado algo de lo ocurrido, en el acto le manda fusilar."
LAVALLE EN RÍO BAMBA
PEDRO LACASA
El combate de Río Bamba es el choque de[281] caballería más lucido que haya tenido lugar en la guerra de nuestra emancipación, y el que ha revelado también a más alto grado el renombre de bravo que llevaba el ejército de los Andes, en los gloriosos tiempos que dejamos a la espalda. En él se vió al intrépido Lavalle con 96 granaderos[282] arrollar cuatro escuadrones, fuertes cada uno de 120 hombres, de las mejores tropas del Rey, hasta meterlos a sablazos bajo los fuegos de la[283] infantería, habiendo pasado antes por la villa de[284] Río Bamba, que estaba interpuesta entre los dos ejércitos, para desafiar a la caballería enemiga. Ésta con la intención de alejarlo de toda protección, no salía de la pequeña planicie que está al pie de las alturas que coronan aquel pueblo, y a las cuales quería atraer al general Sucre el jefe[285] español, para batirlo con ventaja.
La posición de Lavalle, en ese día, era tanto más conspicua, cuanto que estaba peleando por primera vez con una fuerza cuatro veces mayor que la suya, en presencia de los orgullosos soldados de Colombia, y contra la voluntad del general en jefe, que en esos momentos lo acusaba de imprudente, por haber comprometido un choque en que tenía que combatir uno contra cinco, y del cual, según él, no podía salir victorioso. En prueba de lo que dejamos dicho, citaremos las[286] palabras que el coronel Ibarra, sobrino del libertador Bolívar, dirigió al general Sucre en aquellos momentos supremos, y sus contestaciones, sacadas de los apuntes del coronel del ejército de los Andes, don Juan Espinosa, publicadas en el _Correo Peruano_ del 23 de mayo de 1846. Después de la primera carga que Lavalle dió a los españoles, y en la cual llegó hasta tiro y medio de fusil, los granaderos se retiraron al tranco. Entonces el general enemigo organizó los cuatro escuadrones que habían sido acuchillados momentos antes, y los hizo cargar poniéndose él mismo a la cabeza. Lavalle, cuando estaban a cien pasos a su retaguardia, volvió caras por pelotones, y cargó al centro de los cuatro escuadrones. En este momento el general Sucre creyó perdidos a los granaderos por la imprudencia de su jefe, "_y no quiso protegerlos_", dice Espinosa, "_por no comprometer una acción general para la cual no estaba preparado, y por ser muy avanzada la hora_". A[287] las repetidas instancias que le hicieron de proteger al escuadrón con alguna infantería, contestó: "El comandante Lavalle ha querido perderse, que se pierda solo." El coronel Ibarra, sobrino del Libertador y un valiente de primera clase, le dijo: "Mi general, déjeme V. S. ir con mis guías en protección de los granaderos, y yo le respondo del triunfo"; y saltándosele las lágrimas,[288] añadió: "¡Cómo se pierde un escuadrón tan[289] valiente! mi general, permítamelo V. S." El[290] general Sucre, con una calma inalterable, le contestó: "Coronel Ibarra, aquí el único responsable soy yo; pero vaya V. y haga su deber."
Poníanse recién al galope los denodados guías[291] de Colombia, cuando los bizarros granaderos decidían la victoria, sin que les cupiese más que a[292] cincuenta de esos bravos ayudar a recoger los laureles, que los inmortales granaderos habían alcanzado, segando cabezas españolas con el corvo de los Andes, en aquel anfiteatro de la Edad Media.[293]
EL OMBÚ
MARCOS SASTRE
El ombú es el único objeto que se eleva sobre la dilatada pampa, destruyendo la monotonía de ese océano de verdura. Sus abultadas raíces que se levantan en una enorme masa cónica, base de un tronco, imitan las rocas, simulando en los huecos de su seno sombrías cavernas que pueden servir de cómoda habitación en el desierto. Casi siempre su presencia indica desde muy lejos la morada humana al caminante extraviado, que apresura hacia él sus pasos para gozar el seguro reposo del rancho hospitalario de nuestros campos.
En las dilatadas llanuras sin camino, el ombú es el norte del viajero, y levantándose sobre la planicie de las costas del Plata, en forma de colinas invariables como las montañas, es el guía seguro del navegante para tomar el puerto, evitando los bajíos peligrosos.
Uno de los caracteres distintivos del ombú es su longevidad dilatada, condición requerida en un ser que con dificultad se reproduce. No se conoce el término de su vida, nadie ha visto hasta ahora un ombú seco de vejez, no hay tradición que recuerde la edad juvenil de algunos. Por las[294] enormes dimensiones de muchos de ellos con treinta varas de circunferencia en su monstruosa raíz, y diez en su tronco, puede juzgarse que tienen miles de años de existencia....
Además de su extraordinaria longevidad, tiene el ombú tal fortaleza, que no hay huracán que lo derribe, y es su vitalidad tan prodigiosa que ni la sequedad ni el fuego tienen poder para destruirlo. Si por acaso algún violento torbellino llega a destrozar su copa, muy pronto se rehace con asombroso vigor y lozanía....
Él ha resistido las sequías destructoras que, de tiempo en tiempo, han asolado las campiñas....
El ombú prospera en los lugares más áridos y en toda clase de terrenos, con tal que no tenga una humedad excesiva. Sólo se multiplica por la semilla, y es preciso, mientras es pequeño, ponerlo a cubierto de las heladas. Trasplantándolo joven, no requiere ya ningún otro cuidado, ni el de riego, y a los cuatro o cinco años es un árbol frondoso.
No hay árbol como el ombú para formar umbrosas alamedas y avenidas arboladas. La naturaleza de nuestro clima, madrastra de los[295] árboles exóticos, parece que les niega el sustento; exigen la solicitud y constante atención del hombre. El ombú, su hijo predilecto, prospera admirablemente sin necesidad de sus cuidados. Y, ¿cuál es el árbol de otros climas, que aventaja a nuestro ombú en frondosidad, majestad, hermosura? Bien puede herir su copa un sol abrasador, bien puede faltarle el refrigerio de los rocíos y el alimento de las lluvias, no por eso dará paso a un solo rayo del astro, ni soltará a una sola de sus hojas; mientras que los demás árboles languidecen, se agosta su follaje y ralea su sombra[296] en la estación de los calores.
EN LA CORDILLERA
JUAN MARÍA GUTIÉRREZ
En mi calidad _inalienable_ de porteño, ayuno de granito y de basalto, huérfano de mesetas, de morros y promontorios, sin conocer otros _montes_[297] que los de durazno, ¡cuánto no ansiaba por[298] acercarme a ese lindero del occidente argentino divinizado en los cantos guerreros con que me había arrullado en la cama! ¡Qué ansia tenía por poner pie donde lo estamparon los valientes[299] de San Martín y los leones de Necochea![300]
Un día 6 de mayo, de un año que no quiero[301] acordarme, esos Andes tan deseados se presentaron a mi vista. Sus cumbres, celestes como nuestra[302] bandera, en la mañana, y rosadas como la inocencia y la juventud al ponerse el sol, fueron para mí verdaderos iris de bonanza después de cuarenta días de _capa_[303] y tempestades en ese _cabo_,[304] acabador de toda paciencia, que se llama de Hornos...
* * * * *
En todo esto cavilaba, mi querido amigo, en tanto que la luna del 31 de marzo brillaba sobre mi cabeza peregrinando por el cielo transparente de la provincia de Aconcagua.[305]
Una mula con el equipaje y provisiones, dos de remuda, el guía tras de ellas, y yo cabalgando en silla inglesa a retaguardia, íbamos en procesión por una senda angosta a las cuatro de la mañana siguiente. La luna no alumbraba; las estrellas, tímidas todavía ante la reina eclipsada, no alumbraban tampoco; y yo sólo contaba para mi salvación con el instinto de mi cuadrúpedo y del bípedo delantero. No sabía si caminaba[306] para adelante o para atrás; y por salir de una ofuscación[307] muy frecuente en semejantes situaciones, llevaba la mano a la cabeza del caballo porque me[308] parecía que el animal estaba al revés. "Las tinieblas estaban sobre la haz del abismo", como en el primer capítulo del Génesis. Poco a poco comenzó a fosforescer la columna del vapor tibio de la respiración de las bestias; el aire tomó el oriente de las perlas; la inevitable compañera de todo cuerpo comenzó a marcarse en el suelo; hasta que al fin, el dedo de Dios "separó la luz de las tinieblas" que huyeron. ¡Qué sitios tan bellos había robado la noche a mi contemplación! La montaña estaba a mi derecha; el torrente a mi izquierda. Unas _tunas_ del género _cirio_, más corpulentas y cilíndricas que las que conocemos aquí, reunidas en familia de cinco y seis individuos de todas edades y estaturas, se levantaban verdes y airosas, con envidia del aficionado a jardines.[309] Con este instinto del mal que distingue al hombre, las hacía _emigrar_ con la imaginación, y las colocaba dentro del círculo artificial de un parque a la inglesa. No sólo por sus formas y color que eran bellos, la naturaleza les había dado aduladores para realzar sus méritos: una planta parásita llamada _quiltre_, que a merced de sus tenaces púas se injerta en los árboles hasta connaturalizarse con ellos, formaba de rojo y amarillo guirnaldas[310] preciosas sobre la cabeza de los cactus; en otros, ceñidos más abajo por las mismas flores,[311] remedaban sartas de corales en la garganta de una[312] mujer de Arauco. Piedras enormes, árboles pequeños,[313] obligaban al sendero a arrastrarse por aquellas faldas como una serpiente; que tal[314] parece en realidad, cuando la vista puede descubrir la serie sin interrupción de sus anillos blanquizcos.
Voy a hacer una advertencia. Cuando le diga a Vd.: "Me paré, almorcé aquí, comí allá, dormí en tal parte", no era yo el que tenía cansancio, hambre ni sueño, sino las mulas o el conductor, porque mi voluntad no entraba para nada en la formación de las leyes de aquella república ambulante. Por otra parte, las jornadas están señaladas por la naturaleza, por decirlo así, combinada por la necesidad del transeunte en las Cordilleras. Es preciso parar a comer donde haya agua y sombra: dormir en paraje abrigado y en la cercanía de algunas hierbas para que pasten las bestias.
A las once y media de la mañana mi caballo no quiso obedecer a las espuelas; lo atribuí a la mala calidad del pingüelo o a la peor colocación de estos instrumentos pedestres que se me habían[315] subido a las pantorrillas. Pero esto era un mal juicio en toda la extensión de la palabra. El[316] pobre cedía a una costumbre inveterada: habíamos llegado al lugar de almorzar, y a fe que el sitio era a propósito para el efecto. Un hilo de nieve derretida caía transparente de la montaña por entre sombra de árboles, y un peñón plano y extenso prestaba mesa para una orgía de 25 cubiertos. Esta piedra rodeada en círculo de otras en forma de pirámides, altas y truncadas, realizaba con perfección la idea que tengo de las aras druídicas de los antiguos galos; y por un rapto vagabundo de la imaginación, me transporté al teatro de Carlos Alberto, en donde había[317] oído por primera vez aquella sublime elegía que inspiró a Bellini el presentimiento de una muerte[318] prematura. El poco respeto que me infundía el criterio músico del muletero, me dió ánimo para echar al aire algunas notas, y entoné la famosa cavatina de la sacerdotisa sacrílega: _¡Casta Diva!_[319]
Un pollo fiambre y un trago de jerez _bien rubio_ me habían infundido tan buen humor, que me puse a reír a vista de un espectáculo artísticamente interesante y patético también, que aquel momento se ofreció a los ojos de _Norma_.--Un anciano,[320] vestido pobremente, descendía, en sentido opuesto al nuestro, la ladera del camino, colgadas dos _arganitas_ de cuero a los ijares de su mula _cuyana_, ética y tropezadora. La fruta que traía en ellas no la producen ni los árboles ni las plantas. Eran dos chiquillos de 5 a 6 años que, hincaditos, parecían esas _ánimas_ de bulto que con las manos juntas al pecho, coloca la piedad pedigüeña sobre las alcancías de las iglesias católicas.--Murillo, que[321] ha llenado los conventos de España con esos lienzos inmortales que representan la huída a Egipto de la Santa Familia, habría tomado de aquí asunto para un cuadro original como[322] pocos.
Siguiendo nuestro camino, nos encontramos[323] hasta tener literalmente a nuestros pies el torrente, compañero fiel del sendero.--El _Salto_ se[324] presentaba en el fondo de la cima dando salida por un corte gigantesco de la montaña al agua anhelante por esparcirse en un lecho menos limitado que el que la trae emparedada por un trecho considerable. El cauce por donde corre allí, está sembrado de piedras de colores variados y de formas redondas dadas contra la voluntad del[325] granito por esa pertinacia del agua, que eternamente se desliza y que se ha presentado como imagen del triunfo de la constancia: "la gota[326] horada la piedra, _non vi sed saepe cadendo_." Fuera imposible contemplar aquel espectáculo sin atribuir inteligencia a la lucha que levantaba espumas de plata y de jazmines en torno de los guijarros desnudos. Allí había sin duda Náyades que lavaban sus encajes y sus túnicas de Cambray[327] con pasta perfumada de almendras de la fábrica[328] de Monpelas; Ninfas de la fuente que contaban sus amores desconocidos y desgraciados a los escasos viajeros; y de ella[329] (no puede por menos) es[330] esa cadencia monótona que llena el oído y convida a "soñar e imaginar con desaliño", frases castizas[331] que guardo en la memoria porque me parece la traducción más genuina del verbo francés _rêver_, que tanto da qué hacer a los traductores noveles.
LA NATURALEZA SUDAMERICANA
DE VALPARAÍSO A BUENOS AIRES
JUAN MARÍA GUTIÉRREZ
El camino a vapor[332] es el Valdivia,[333] el Hernán Cortés, el Pizarro, de nuestros días, para completar la conquista de América en servicio de la civilización y la paz. La espada comenzó esa conquista: la ayudó y continuó la cruz, en manos de los misioneros;[334] la ciencia de la mecánica que da la dirección asombrosa a la fuerza expansiva de uno de los elementos antiguos[335] encerrado en una caldera de hierro, acortando en tiempo las distancias, dando al andar del hombre la rapidez del vuelo de las aves, satisfaciendo una necesidad apenas sentida, acercando los pueblos apartados para que conversen, por decirlo así, mano a mano, está[336] llamada en este siglo a completar la obra comenzada en América por el guerrero y el sacerdote. El silbo de la locomotiva es hoy la voz del verdadero apóstol, el sonido de la lira de los Anfiones[337] modernos, eco de los taumaturgos del siglo, que predica la unión y la paz entre los hombres, hablándoles de sus intereses, que levanta centros sociales por encanto y aconseja el amor al prójimo y el respeto a Dios, tiñendo con dulces colores de rosa los horizontes de esta existencia de un día para las criaturas y eterna para las sociedades.
¿No piensa Vd., mi amigo, como yo? ¿Cree Vd. que una ley escrita y nada más sea tan poderosa como el _fiat_ de Dios para dar condiciones de nación[338] y formas regulares de cuerpo social a una familia de desiertos como son los miembros de todas las repúblicas sudamericanas? El aislamiento natural ahoga la eficacia del pacto, como agosta la maleza robusta e indómita a la planta delicada acostumbrada a sentir cerca de sí la mano inteligente del hombre. La América es el campo de[339] aplicación de todos los descubrimientos de la ciencia europea, no porque yo lo digo, sino porque así lo dispuso el Artífice que fraguó una vez para siempre los destinos de la cadena del mundo. El poder de la dilatación de esa ciencia es como el de la mente de Colón--no puede reconocer por meta las columnas de ningún Hércules. La América es[340] el jardín del mundo para la aclimatación de todo lo grande y de todo lo bueno. Si alguien lo duda, que ponga la vista en el mapa de su geografía, y diga después si el hombre podrá encontrar en ninguna otra parte del mundo mejor cielo que admirar, mejores sombras a que asilarse, mejores frutas para su paladar, aguas más frescas y salubres para su sed, ríos más capaces de ser surcados, montañas más preñadas de plata y de oro, tierras más fértiles que en América. En poco tiempo el habla y la religión cristiana se aclimataron en nuestro continente desde la tierra magallánica hasta la alta[341] California; el hijo del conquistador y de las Indias cautivas fué superior en fuerza muscular y en inteligencia a sus padres. El inca Garcilaso,[342] criado al seno de una _Palla_ cuzqueña, escribió con veracidad y talento las proezas de Pizarro, que no sabía escribir su nombre. Esta facultad absortiva de asimilación y de mejora que distingue al nuevo mundo, se manifiesta desde luego en el hombre americano por su facilidad para imitar, por su notable aptitud para las artes y los idiomas; en segundo lugar, se manifiesta en las condiciones del suelo, algunas de las cuales podemos señalar sin salir de casa. Los españoles, por ejemplo,[343] traen al Río de la Plata unos cuantos potros andaluces, y _esos céfiros del Betis_, como los llama[344] Góngora, encuentran su verdadera patria en las[345] llanuras argentinas: se reproducen al infinito; la libertad los mejora, y aquí en su centro, es donde aconseja Bufón que se contemple y se[346] estudie ese bruto generoso, "la mejor conquista entre cuantas hizo el hombre". El pico de un ave[347] o el movimiento de una ola depone a las orillas del Paraná la simiente de un durazno, y de ahí el origen de esa abundancia de "fruta del[348] monte", que nos deleita entre los meses de febrero y marzo. Dos carozos de damasco traídos por casualidad de Italia, poco más ha de medio siglo, bastaron para reproducirse en Buenos Aires en los términos que conocemos. El morueco de las colonias españolas tan mimado en Sajonia, crece y se reproduce sin desmejorar en nuestros campos, sin más techo ni cobertizo que la benignidad del temperamento. Para estos animales, pues, y para aquellas semillas, estaba preparada _ab initio_[349] la tierra que tanta y tan agradecida hospitalidad les brinda.
Y ahora, dígame Vd., mi amigo, ¿para qué puede haber nivelado la mano de la naturaleza el espacio que media entre el Plata y el Paraná ("caminos que caminan") y las faldas de las[350] Cordilleras, límites de nuestro país con Chile y Bolivia? ¿Será para que se arrastre sobre esa superficie plana la tarda rueda de la carreta al paso lerdo del robusto buey tucumano, cuya piel y cuya carne se pagan a peso de oro al occidente de los Andes? ¿Será para que se espacie en ella el avestruz "privado por Dios de inteligencia", como quiere la Escritura, y para que, "cuando[351] llegue la ocasión, levante las alas y se burle del caballo y del cabalgador"? ¿Será para que pueble sus soledades el alarido de los ranqueles y el relincho de los potros _orejanos_; o para que se[352] convierta, en fin, en Calvario, demostrando a[353] cada paso con sus cruces que la vida del hombre no es allí de Dios, ni de la ley humana, sino de la barbarie codiciosa?
¡No! El ingeniero invisible sujetó _a regla_ ese mar de verdura, como sujetó la superficie del océano a un nivel permanente, y con iguales designios. Divorció con el agua salobre los continentes, porque había puesto en la mente humana el germen de la navegación y en la atmósfera los vientos constantes. Tendió el desierto, que es en apariencia el sudario de la vida social, porque en el siglo XIX el hombre había de inventar un monstruo corpulento como los megaterios, veloz más que el gamo, sobre cuya espalda había de erguirse en realidad como Rey de la Creación, mostrándose invencible en las luchas con las resistencias de la naturaleza y del espacio.
LINIERS Y LA RECONQUISTA DE BUENOS AIRES
C. O. BUNGE (Según P. Groussac)
I. Los Preparativos y la Marcha hacia Buenos Aires
Conquistada por los ingleses en 1806 la ciudad de Buenos Aires, Santiago de Liniers tomó su partido: se dirigió a Las Conchas[354] y se embarcó en una lancha para la Colonia. Se dice que había pasado parte de la noche anterior en oración en el santuario de la Recoleta[355]: sería[356] la vela de las armas[357] de los antiguos caballeros, y a fe[358] que no sentaba mal en quien descendía de Guy de Liniers, muerto en la batalla de Poitiers.[359] Desde la Colonia escribió a Ruiz Huidobro, gobernador de Montevideo, reseñando el estado de la capital y proponiéndole reconquistarla "con 500 hombres de tropas escogidas que se le confiasen". La Junta de Guerra allí establecida para preparar la resistencia a la anunciada invasión de Popham, opinó[360] que se debía oír a Liniers. Y se le confió el mando[361] que solicitaba.
El 22 de julio la división salió de Montevideo entre las aclamaciones del vecindario. Al frente iba Liniers, vistiendo el brillante uniforme azul y rojo, flordelisado de oro, de capitán de navío, y, en el pecho, la cruz de Caballero de Malta. Era[362] de alta estatura, de robusta presencia, y poseía una belleza risueña y varonil que formó parte de su prestigio entre la muchedumbre. Galante por raza y temperamento, saludaba a las mujeres apiñadas en los balcones y azoteas, anunciando la victoria que le tenía prometida aquella voz secreta, misterioso confidente de todo conquistador.