Part 8
De repente el fogoso potro robado a las numerosas manadas de los salvajes, aspirando con rabioso deleite las magnéticas emanaciones que el viento traía de su agreste patria, sacudió su larga crin, mordió el freno, y burlando la débil mano que lo regía, partió veloz como una flecha, saltando zanjas y bebiendo el espacio. María, pálida de espanto, vióse arrebatar lejos del límite cristiano al través de las complicadas sendas que trillan los bárbaros con el afilado casco de sus corceles; y su terror crecía a la vista de un bosque negro que terminaba el horizonte, y entre cuyo ramaje el miedo dibujaba sombras confusas que se agitaban.
De improviso vibró en el aire un silbido extraño, semejante al chillido de un águila, y el caballo embolado por una mano invisible se abatió sobre sí mismo a tiempo que la joven se deslizaba al suelo sin sentido. Al volver en sí, se encontró reclinada en los brazos de un hombre y con la mejilla apoyada en su pecho. Ese hombre era sin duda quien la había salvado; y María, separándose de sus brazos, alzó hacia él una mirada de gratitud. El joven era bello; pero al verlo María dió un grito y volvió a caer exánime a los pies del incógnito.
Aquel hermoso joven era el fantasma de su sangriento sueño.
IV. Amor y Agravio
Ocho días más tarde María, velando inquieta, con el oído atento y la mirada fija, medio desnuda y oculta tras las vetustas ojivas, esperaba todas las noches a un hombre que, llegando cautelosamente al pie del ombú, asíase a sus ramas, escalaba la ventana y caía en sus brazos. Y la joven lo estrechaba en ellos con pasión; y apartándolo luego de sí, contemplábalo con delicia y volvía a arrojarse en sus brazos, exclamando: ¡Manuel! ¡Manuel! por qué te amo tanto, a ti que no sé quién eres, a ti el terrible fantasma de mi sueño? Y, sin embargo, quien quiera que seas, vengas del cielo o del abismo, y, aunque despedaces mi pecho y me arranques el corazón, ¡te amo! ¡te amo!
Y María deliraba de amor, hasta que la luz del alba le arrebataba a su amante que, deslizándose furtivamente entre el obscuro ramaje, se desvanecía con las sombras.
Pero una vez María lo esperó en vano. Y desde entonces, cada noche, sola y con el corazón palpitante de dolorosa ansiedad, vió pasar sobre su cabeza y perderse en el horizonte todos los astros del cielo, sin que aquél que alumbraba su alma volviera a aparecer jamás.
Por ese tiempo, la antorcha de la guerra civil abrasó aquellas comarcas, y el fragor del cañón homicida ahogó las risas y los gemidos.
V. Dieciséis Años Después
En las últimas horas de un día de verano, una silla de posta atravesó rápidamente las calles de Buenos Aires, y entró en el patio de una hermosa casa en la calle de la Victoria. Un hombre de porte distinguido que, asomado al balcón, parecía[248] esperar con impaciencia, bajó presuroso, y adelantándose al cochero, corrió a abrir la portezuela del carruaje, tendiendo los brazos a una bellísima mujer que se arrojó a su cuello: ¡Mi amada María!--¡Amigo mío!--exclamaron ambos a la vez estrechándose con ternura.
--¿Y mi hijo?... ¿Mi Enrique?--dijo de pronto la dama arrancándose de los brazos de su marido y tendiendo en torno una codiciosa mirada.
--Nuestro hijo, respondió él haciéndola entrar en un magnífico salón,--nuestro hijo,--amada mía, se halla en esta hora en el momento más solemne de su vida escolar: da un brillante examen. Acabo de dejarlo triplemente coronado; pero el premio más grato será el beso de su madre.
--¡Querido niño! ¿Es tan bello como a los doce años? ¡Oh!... ¡Alberto!... ¡Perdón!
--¿Perdón? ¿Y de qué?, amada María. ¿De ser una buena madre como eres una buena esposa? ¡Al contrario!, gracias por el amor que guardas para ese hijo cuya ternura ha alumbrado los tristes días de tu ausencia en los cinco años que me has dejado aquí sólo. ¡Ah! ¿Qué placer encontrabas en habitar Córdoba, lejos de tu hijo... lejos de tu esposo?
--¡Oh! ¡Alberto, noble y generoso corazón!--exclamó ella doblando una rodilla ante su marido.
Alberto la alzó en sus brazos: ¡Todavía esa injusta timidez! ¡Todavía esos importunos recuerdos! Me habéis prometido desecharlos y[249] ser feliz.
--Y soy dichosa, amigo mío. ¿Quién no lo sería cerca de ti? Pero, a medida que el tiempo pasa, la audaz confianza de la juventud desaparece, reemplazándola medrosos recelos. ¿Será falta de[250] fe? No, pues yo creo en ti como en el Dios del cielo; pero mientras más grande, mientras más[251] sublime me aparecías, menos digna me encontraba de acercarme a ti, y lo que tú llamas obstinación era un doloroso ostracismo.
--¡Pobre María! ¡Que nunca te oiga hablar así! ¡nunca! Te lo pido en nombre de tu hijo. Toca este corazón; es tu más firme apoyo. Reposa confiada sobre él, pues sólo alienta para ti.[252]
--¡Oh! ¡Dios mío!--dijo ella reclinándose en el seno de su marido, y elevando al cielo una mirada de gratitud.--¡Dios mío!, bendito seas porque has enviado al mundo degenerado que te reniega, estos seres de paz, de indulgencia y de amor para redimir su iniquidad y hacernos creer que en verdad formaste al hombre a tu divina imagen. Dieciséis años han pasado, dieciséis años... y en cada uno de esos días, en cada una de esas horas ví brotar en ese corazón, elevarse y resplandecer, alguna nueva virtud. Dieciséis años hace encontréme un día abandonada, sola entre mi dolor y un secreto terrible. La muerte era mi único recurso; pero yo no podía morir. Junto a mi corazón desgarrado palpitaba otro corazón que me pedía la vida y me encadenaba a una existencia de oprobio. Tú me apareciste entonces, Alberto.--Te amo, me dijiste, y mi amor ha penetrado el secreto de tu dolor. ¿Quieres confiarte en mí? Yo seré tu esposo, tu amigo, y..., me dijiste al oído, el padre de tu hijo.
--¡Y bien! ¡Y bien!--la interrumpió Alberto, con esa brusca genialidad de las almas generosas, para velar su grandeza.--¡Vaya un gran mérito![253] ¡Cumplir con una misión que nos haga feliz! Desgraciadamente, amada mía, no siempre es tan fácil conciliar el deber con la felicidad. Hoy, por ejemplo, colocado entre el amor y la conciencia, voy a sacrificar al deber la dulce costumbre de una antigua amistad. Yo que hasta ahora he sostenido a mi amigo con todos los recursos de mi influencia, voy a enarbolar contra él el estandarte de la oposición; y el cuerpo legislativo, que actualmente presido, me verá con asombro alzarme contra el voto que pretende dar a Rosas la facultad de reunir todos los poderes del Estado.
A estas palabras de su esposo, María palideció.
--¡Oh! ¡Alberto!--dijo, estrechando su mano con terror,--en nombre del cielo no toques la garra del tigre porque te despedazará!... Te despedazará y hará de tu cadáver una grada más para escalar la cima del poder.
--Y bien, amiga mía, moriría con la muerte de los buenos en el cumplimiento del deber. Pero tranquilízate, amada María; Rosas tiene un alma capaz de comprender mi sacrificio y me conservará su estimación, aunque me haya quitado su amistad.
En ese momento un ujier anunció a Alberto que la cámara reunida esperaba a su presidente para[254] discutir la importante cuestión del día. Alberto despidió al ujier y volvió hacia su mujer una mirada de ternura.
--¿Lo veis, querida mía?--le dijo,--mi sacrificio comienza desde ahora. Apenas he tenido tiempo de posar mis ojos en tu semblante, la voz del deber me llama lejos de tí; y aunque sea por muy pocas horas, toda separación en este momento me parece eterna....
Alberto se interrumpió. Habríase dicho que sus palabras encontraron algún eco misterioso en el fondo de su alma. Pero reponiéndose luego dijo a su esposa sonriendo:--Te dejo, amiga mía; pero voy a enviarte a Enrique y él desvanecerá para siempre esos importunos recuerdos que turban todavía la paz de tu alma.
Y besando tiernamente la mano que ella le tendía, salió no sin volverse muchas veces para contemplarla.
VI. Madre e Hijo
Cuando la dama quedó sola alzó los ojos al cielo con dolorosa expresión.--¡Jamás!--exclamó, ¡Jamás!... ¡Nunca se borrará esa imagen que encuentro siempre en el horizonte de mis recuerdos, en el semblante de mi hijo y en mi propio corazón! ¡He ahí esa frente altiva y meditabunda! ¡He ahí esos rasgados ojos azules de tan sombría y sin embargo tan hermosa mirada!... ¡Manuel! ¡Manuel!
La puerta se abrió con estrépito, y un hermoso mancebo de dieciséis años, de porte arrogante y risueña expresión, se precipitó en la sala y corrió a arrojarse en los brazos de la dama que lo estrechó en ellos sollozando y besó mil veces sus mejillas y su frente.
--¡Qué hermosa eres, mamá!--decía el joven, contemplando extasiado el radioso semblante de su madre.--Aunque tenía muy presentes las facciones de tu rostro, no creía que fueras tan bella. ¡Bendición del cielo![255] ¡Dejar la fría[256] atmósfera del colegio para venir a contemplar los rayos de este bello sol que da vida a mi vida y calor a mi alma!
--¡Poeta! ¡Poeta!--decía ella, sonriendo tiernamente a su hijo y meciéndolo como un niño en sus rodillas.--Me está recitando un madrigal.
--A propósito,--dijo el joven dejando su actitud de abandono y sentándose al lado de su madre.--Manuela Rosas me envió su álbum pidiéndome[257] un soneto. ¡Y lo había olvidado! ¡Ya! la veo tan pocas veces. Y no porque ella no sea una criatura amabilísima; pero me aleja de su lado el extraño sentimiento que me inspira su padre. Llamaríalo odio si su amistad con la mía no hicieran[258] el odio imposible.
--Todavía no conozco a ese hombre, y sin embargo me estremezco cuando oigo pronunciar su nombre; y no comprendo como el noble y bondadoso corazón de Alberto ha podido unirse a ese corazón feroz y sanguinario.
--Esta misma adhesión, madre mía, realza más la magnanimidad de ese corazón generoso, porque está exento de debilidad. Severa con el amigo, jamás transigirá con el tirano.
--¡Ay! sí, es verdad... pero heme aquí estremecida de espanto a la idea de esa austera integridad[259] que en este momento subleva quizá contra él en la[260] cámara legislativa el bando entero del despotismo.
--¡Qué!--exclamó el joven con los ojos centelleantes de entusiasmo, es hoy el día de su triunfo, y aun no estoy en la barra para aplaudirlo con la voz y con el alma.
Y besando rápidamente a su madre, desasióse de su convulsivo brazo y partió.
VII. En la Sala de Representantes
En ese día la sala de representantes de Buenos Aires presenció una escena digna de los mejores tiempos de la Roma heroica. Rosas, armado con la clave del terror, habiendo impuesto silencio al pueblo, y hecho también callar al cuerpo legislativo, quiso dar el último golpe a la dignidad nacional, y aspiró a la dictadura. Aspirar en él era mandar; y un día oyóse la sacrílega proposición en el santuario de las leyes. Ninguna voz se alzó para combatirla. Cada representante veía en el semblante de su vecino el triunfo del miedo sobre la conciencia, y si llevaba su mirada a lo[261] alto de la sala encontraba bajo el dosel que la dominaba al amigo, al confidente de Rosas... y callaba.
El presidente invitó a sus colegas a dar sus votos, ordenando que los que estuvieran por la proposición, se pusieran en pie; y con rostro apacible dió la señal. Dos hombres únicamente votaron en contra. El uno era Escalada, el inmaculado obispo de la metrópoli. El otro era... el presidente de la sala, el amigo de Rosas.
Hubo un momento de asombro y silencio: pero cuando la barra arrebatada de entusiasmo prorrumpió en una tempestad de aplausos, cuatro hombres enmascarados precipitáronse en la sala, y mientras tres de ellos rodearon la mesa del presidente, el cuarto hundió un puñal en el corazón de Alberto y huyó dejándolo clavado en el seno de su víctima.
Entonces en medio del silencio de horror que reinó en aquel recinto, oyóse la voz del anciano obispo, que, de pie aún, dijo alzando sobre el moribundo su mano venerable:--¡Sube al cielo, mártir de la libertad argentina! Yo te absuelvo en nombre de Dios y de la patria.--Y como si la noble alma de Alberto hubiera esperado aquella sublime bendición, exhalóse dulcemente en una triste sonrisa.
En aquel momento Enrique, que entraba en el peristilo de la sala de sesiones, fué atropellado por cuatro hombres que huían desolados entre[262] las sombras. El intrépido niño, conociendo por sus máscaras que acababan de cometer un crimen, asió al que iba delante; pero éste por medio de un violento esfuerzo logró escaparse, aunque dejando en las manos de su adversario la máscara que lo cubría. Al ver el rostro de aquel hombre el joven dió un grito, y se precipitó en la sala. A la vista del cadáver de su padre, Enrique se detuvo un momento, inmóvil, mudo, con los puños cerrados y la mirada fija. Luego, cayendo de rodillas, arrancó de su pecho el puñal homicida, y besando la herida con siniestra serenidad,--¡Adiós, padre mío!--dijo estrechando la mano helada del muerto,--muy luego me reuniré contigo; pero entonces te habré vengado.
Guardó en su seno el arma ensangrentada y se alejó con firmes pasos.
VIII. El Terrible Drama
La luz del siguiente día encontró en las calles de Buenos Aires numerosas huellas de escenas semejantes a la que tuvo lugar en la noche anterior en la sala de representantes. Un puñal había amenazado la vida de Rosas; aunque se había arrestado al delincuente, no habiendo podido arrancarle confesión alguna, había sacrificado indistintamente a todas personas sospechosas de complicidad en aquel atentado.
A dos leguas de distancia, al frente del palacio dictatorial de Palermo, un destacamento de infantería[263] acababa de hacer alto. Sonó el tambor y aquella fuerza se formó en cuadro. Vióse entonces en el centro del siniestro vacío un joven como Isaac, y maniatado como él, y en frente cuatro[264] soldados que a la voz de un oficial preparaban sus armas.
Pero, cuando los fatales fusiles se inclinaron sobre él, cuando con la frente erguida y la mirada serena el noble mancebo esperaba la muerte, oyóse un grito de suprema angustia y una mujer pálida, anhelante, desmelenada, rompiendo con esfuerzo febril la línea de bayonetas que le cerraba el paso, se arrojó de repente sobre el joven y estrechándolo en un abrazo desesperado lo cubrió con todo su cuerpo. Los soldados, vivamente conmovidos, volviéronse hacia el oficial que los mandaba. Pero éste que sentía pesar sobre sí una terrible responsabilidad, ahogando su profunda emoción, mandó apartar a la madre y conducirla fuera del cuadro.
--¡Ah!--exclamó ella arrancándose de los brazos de su hijo y cayendo a los pies del oficial.--Dadme al menos por lo que más améis en este mundo, dadme un cuarto de hora que necesito para obtener la gracia de mi hijo, o morir.
El veterano sonrió tristemente:--Id, pobre madre, id--dijo siguiéndola con una mirada de compasión.
--En nombre de esta hora suprema,--gritó el niño,--yo os lo prohibo, madre mía. No pidáis gracia al asesino de vuestro esposo, o vuestro hijo os maldecirá desde la eternidad.
Mas ella sin escucharlo corrió desolada hacia el[265] palacio. Atravesó, sin que nadie pudiera detenerla, los patios, los vestíbulos, las galerías y los salones, preguntando a su paso por aquél de quien esperaba la muerte o la vida. Un edecán entreabrió un gabinete y la mostró un hombre que apoyado en[266] una mesa ocultaba su rostro entre las manos. La desventurada, precipitándose en el cuarto, fué a caer a sus pies. Pero al mirar a aquel hombre el ruego se le heló en su labio pálido que se movió sin articular sonido alguno.
En ese momento sonó una detonación. La infeliz madre cayó sin sentido gritando:--¡Manuel! ¡Manuel! ¿Qué has hecho de tu hijo?...
IX. Conclusión
Mucho tiempo hacía que el antiguo fuerte de la Pampa era ya sólo un montón de escombros ennegrecidos por el humo del incendio. Los indios en una salida lo habían quemado, asesinando al viejo comandante con toda la guarnición. Desde entonces el doble silencio de la muerte y del abandono reinó en torno de aquellos muros, y el terror supersticioso que inspiraban las ruinas apartó de allí los pasos del viajero.
Sin embargo, una noche, al alzarse la luna sobre el horizonte, los habitantes del "pago" vieron una mujer pálida, enflaquecida y arrastrando negros cendales, que atravesó gimiendo las avenidas de sauces y se perdió entre las desmoronadas murallas del fuerte.
Algunos la tuvieron por una aparición; pero otros creyeron conocer en ella a María, la hija del viejo comandante, el bello _Lucero del Manantial_.
LIMA, agosto de 1860.
LOS 3000 PESOS DE DORREGO
C. O. BUNGE
Era en el año nefasto de 1820, el año de agudísima crisis, revolucionaria más bien que política. En la provincia de Buenos Aires cambiábase cada día, puede decirse, de gobernador. Siendo gobernador el señor Ramos Mejía, partidario del directorio, el general Soler, enemigo del sistema, habíale depuesto, asumiendo el mando. Retiróse luego el nuevo gobernador al campamento de Luján, donde estableció su sede. Dejaba en Buenos[267] Aires, como su lugarteniente, en el cargo de comandante general de armas, al coronel Dorrego. Y para concluir con los unitarios, puso a precio las cabezas de los principales representantes del régimen directorial.
Entre ellos se contaba el doctor Tagle, cuya persona se tasó en 3000 pesos. Espíritu inquieto y combatiente, habíase arriesgado a venir de su voluntario ostracismo en el Uruguay a la misma ciudad de Buenos Aires. Ocultábase en la casa de un amigo, el señor Marín. Su situación era harto peligrosa, pudiendo ser reconocido y denunciado[268] en cualquier momento, hasta por la servidumbre. Además, agravábase esa situación por su personal y mortal enemistad con el coronel Dorrego, a quien había insultado con la virulencia de las pasiones políticas de aquel tiempo semibárbaro.
Temiendo una sorpresa trágica y fatal para su huésped, el señor Marín resolvió salvarle dando un paso audaz y decisivo. Conocía a Dorrego y confiaba en su caballerosidad. Sin comunicar su proyecto al doctor Tagle, fué a ver al comandante general en el piso bajo del Cabildo, donde se hallaba. Amigo también de Dorrego, díjole, medio[269] en serio y medio en broma: "Sé que estás en apurada situación financiera y vengo a ofrecerte la oportunidad de ganar 3000 pesos." Como en efecto, por las continuas revoluciones y violencias, escaseaba el dinero, Dorrego contestó agradecido[270] por el ofrecimiento. No disponía en ese instante de un peso, ni propio ni del Estado, para pagar a las tropas. El señor Marín anuncióle entonces que tenía al doctor Tagle en su casa. Dorrego se limitó a responder: "Muy bien. Esta noche iré a buscarlo."
Sin cambiar más razones, el señor Marín se retiró. Aunque tuviera plena confianza en la lealtad de Dorrego, una duda vaga se apoderó de su espíritu. ¿Y si el comandante general, llevado al mismo tiempo por el antagonismo político y la necesidad de dinero, entregaba al general Soler la cabeza del doctor Tagle? Los hombres más rectos tienen momentos de ofuscación; y entonces todos parecían ofuscados por la sangrienta lucha política....
De vuelta en su casa, el señor Marín se sentó[271] a conversar y tomar mate con el doctor Tagle. Estaba distraído y preocupado. Notándolo su huésped, le preguntó la causa de sus cavilaciones. No pudo callar por más tiempo el señor Marín, y le enteró de su diligencia. Pálido como un muerto, el doctor Tagle exclamó: "Estoy perdido." Quiso huir en ese momento; pero como era su proyecto harto imprudente, el señor Marín le detuvo en su casa. Librado a la hidalguía de Dorrego, corría alguna probabilidad de salvarse; de otro modo, su pérdida era segura....
No tuvieron tiempo para deliberar largamente, porque apenas anocheciera presentóse el coronel Dorrego en la casa del señor Marín. "Aquí está el doctor Tagle", dijo, y entró seguido de su ordenanza. Más muerto que vivo, presentóse el doctor Tagle. Dorrego tomó un capote de manos de su ordenanza, y le dijo: "Póngaselo." El doctor se lo puso. En la puerta había dos caballos ensillados, el del coronel y el del ordenanza. Montando en el suyo, Dorrego dijo al doctor Tagle: "Monte a caballo y véngase conmigo." Y el doctor Tagle montó en el caballo del ordenanza, convencido ya de que sólo le esperaban cuatro tiros.
A galope tendido cruzaron la ciudad de Sur a Norte. Llegaron, en la noche cerrada, al bajo de Palermo. En la orilla del río les esperaba una embarcación a vela, aparejada para partir. "Embárquese y póngase en salvo[272] en la Colonia",[273] ordenó Dorrego a su acompañante. Conmovido por su grandeza de alma, el doctor Tagle le observó: "Yo he sido y soy su enemigo, coronel."--"En el campo de batalla", contestó Dorrego, "no hubiera vacilado en matarle; aquí, sólo un mal caballero podría aprovecharse de haberle hallado huído e indefenso." El doctor Tagle insistió: "Pierde usted, coronel, 3000 pesos que necesita." Y el coronel Dorrego, montando de nuevo a caballo y despidiéndose, repuso con sencillez: "Todo el oro del mundo no bastaría para comprar la lealtad de un militar argentino."
CUMPLIR LA CONSIGNA
C. O. BUNGE (Según Juan M. Espora)
Inspeccionando una mañana el campamento de Mendoza, San Martín se detuvo ante una puerta[274] cerrada y revestida de pieles de carnero con la lana para afuera.... Custodiábala un centinela. "¿Qué es esto?," preguntó a los sargentos que le acompañaban.--"El laboratorio de los mixtos", le respondieron.--"¿Se trabaja[275] ahora?"--"Sí, señor. Se están haciendo cartuchos, lanzafuegos, estopines, espoletas para granadas y otras municiones."--Sin averiguar más, dirigióse allí el general en actitud de entrar. "¡Alto ahí!", exclamó el centinela, poniéndosele delante. "No se puede entrar." A esta observación, San Martín le preguntó con vehemencia: "¿Cómo es eso? ¿No me conoces?"--"Sí, señor, lo conozco; pero así no se puede entrar", repitió el soldado, refiriéndose al traje militar que vestía el general, con botas herradas y pesadas espuelas. Volvió a insinuar San Martín su ademán de abrir la puerta. El centinela caló entonces la bayoneta, y repitió de nuevo: "Ya he dicho, mi general, que así no se puede entrar." Y gritó con fuerza: "¡Cabo de guardia! ¡El general en jefe quiere forzar el puesto!" Al ver esto, uno de los sargentos corrió al cuerpo de guardia a llamar al cabo. Llegó el cabo, y dijo al general: "Señor, el centinela tiene la consigna de no dejar pasar a nadie al laboratorio vestido de uniforme, para no ocasionar un incendio. Si mi general quiere visitarlo, para hacerlo en la forma permitida, sírvase pasar antes a ese otro cuarto y mudarse la ropa." Nada respondió el general, entró en el cuarto indicado, quitóse el uniforme, y se puso un par de alpargatas y saco y gorro de brin. Luego visitó el laboratorio e inspeccionó sus trabajos. Cuando se retiraba, habiéndose vestido de nuevo el uniforme, pasó por el cuerpo[276] de guardia y ordenó que, después de relevarse, se le mandara a su despacho al soldado que hacía de centinela. Cumplió el soldado la orden y se presentó, temeroso de haber merecido una admonición. Pero al verle entrar, el general en jefe se puso de pie y le tendió la mano para felicitarle calurosamente. Al obedecer a su consigna había cumplido su deber.
LA LEALTAD DE SAN MARTÍN
C. O. BUNGE (Según Juan M. Espora)