Part 7
Zupay, universal y ubicuo en su estado latente, es multiforme en sus personificaciones y manifestaciones. Prefiere en sus metamorfosis figuras humanas. Ha encarnado alguna vez en cuerpo de hermoso mancebo, apareciéndose en un rancho a cierta mujer ingenua. Se ha mostrado otra ocasión como un gaucho rico y joven que visita la Selva en su caballo enjaezado de mágicos arreos. Otra sazón, un paisano, cantor de la comarca, atravesando el bosque, rumbo a la fiesta, vióse de pronto acompañado por alguien que le desafiaba a "payar", guitarra en mano: era también Zupay,[212] el Malo, como en la leyenda de Santos Vega. Los nativos hablan asimismo de un diminuto duende, que es como la encarnación humorística y bromista de Zupay. Es el travieso enano de la siesta, con[213] su corta estatura, su rostro magro y barbirrucio, el ingenio maligno bullendo bajo el ancho sombrerote de copa en embudo....
Los hijos de la Selva refieren otras revelaciones de Zupay. Cierto día los montes saladinos oyeron[214] el baladro de un fabuloso toro, bestia chúcara de olímpica frente sobre cuello crinado, y ¡era también Zupay! Otro día le vieron, entre las penumbras del ramaje, con rostro de sátiro, peludas piernas y hendidas patas de chivo....
He ahí cómo este dios o demonio numeroso parece mezclarse a la diaria existencia de esas campañas. Sus dominios se extienden a la espesura toda; y hasta un árbol de la flora local señala con nombre equívoco la presencia del mito. En la descriptiva nomenclatura de las plantas silvestres figura la _malop'taco_, "algarroba del diablo"....
III. El Kacuy
Vive en la Selva un pájaro nocturno que, al romper el silencio de las sombras, estremece el alma con su lúgubre canto. Esa ave tiene su historia. Y es la tragedia de su origen lo que evoca con su grito lastimero, ayeando entre las[215] arboledas tenebrosas: ¡Turay!... ¡Turay!...[216] ¡Turay!...
En la época muy remota, dicen las tradiciones indígenas, una pareja de hermanos (un hermano y una niña) habitaba un rancho en las selvas. Él era bueno; ella era cruel. Amábala él como pidiéndole ventura para sus horas huérfanas; pero ella acibaraba sus días con recalcitrante perversidad. Desesperado, abandonaba él en ocasiones la choza, internándose en las marañas; y ella amainaba en el aislamiento sus iras, hilando alguna vedija en la rueca o tramando una colcha en sus telares. Mientras vagaba por la Selva el buen hermano pensaba en la hermana, y, perdonándola siempre, llevábale al rancho las algarrobas más gordas, los místoles más dulces, las más sazonadas tunas. Vivían ambos de los frutos naturales en aquel siglo de Dios. Proveyendo a su subsistencia, él traía hoy para la casa un mikilo atrapado a garrote[217] por el estero cercano; o bien un sábalo pescado[218] en fisga en el remanso del río; si no un quirquincho[219] de la barranca próxima, o algún panal de lachiguana, manando rubio néctar por los simétricos alvéolos. Palmo a palmo conocía su monte, y, siendo cazador de tigres además, protegía la morada. Insigne buscador de mieles, nadie tenía más despiertos ojos para seguir a la abeja voladora que lo llevaba a su colmena: la de la _ashpa-mishqui_[220] escondida en el suelo, en un cardón enjambrada; la del _tiu-simi_ y la de _cayanes_ o de _queyas_ fabricada en el tronco de los más duros árboles.... Todo esto le costaba trabajo y pequeños dolores; pero ella en cambio mostrábase indiferente, como gozándose en sus penas.
Volvió él una tarde sediento, fatigado, tras un día de infructuosa pesquisa; pues, como reinaba la sequía, estaban yermos y en escasez[221] los campos. Sangrábale la mano, porque al pretender agarrar una perdiz boleada a lives y caída[222] entre unas matas, pinchóle el _uturuncu-huakachina_, el cactus espinoso "que hace llorar al tigre". Pidió entonces a su hermana un poco de hidromiel para beberla y otro de agua para restañarse los arañazos. Trajo ella ambas cosas; mas, en lugar de servírselas, derramó en su presencia en el suelo la botijilla de agua y el tupo de miel. El hombre,[223] una vez más, ahogó su desventura. Pero, como al día siguiente le volcara también la ollita donde se cocinaba el locro de su refrigerio habitual, desesperado,[224] resolvió vengarse. Encubriendo en su invitación sus deseos de venganza, invitóla para que le acompañase a un sitio no lejano, donde había descubierto miel abundante de _moro-moros_. No vistió su zamarra profesional, ni sus guanteletes, ni el sachasombrero, ni llevó la bocina de las meleadas porque juzgaba fácil la ventura. El árbol, un abuelo del bosque, era sin embargo de gigantesca talla. Cuando llegaron allí, el muchacho persuadió a su perversa hermana a que debían operar con cuidado, buscando beneficiarse del néctar sin destruir las abejas pequeñitas, pues se referían historias de cazadores meleros desaparecidos bruscamente a manos de un dios invisible que protege las colmenas.... Sobre la horqueta más alta[225] hizo pasar un lazo; y lo preparó en un extremo, a guisa de columpio, para que subiese su hermana, bien cubierta por el poncho, en defensa del enjambre, ya alborotado por la maniobra. Tirando al otro extremo, a manera de corrediza palanca, la solivió en el aire, hasta llegar a la copa; y, cuando ella se hubo instalado allí, sin descubrirse, él empezó a simular que ascendía por el tronco, desgajándolo a hachazos, mientras bajaba en realidad. Zafó después el lazo, y huyó sigilosamente.... Presa quedaba en lo alto la infeliz.
Transcurrieron instantes de silencio. Ella habló.... Nadie respondía.... Como empezaba a temer, soliviantó la manta que la tapaba, dejando apenas una rendija para espiar. El zumbido de los insectos la aturdió, pues el armado enjambre revolaba furioso en derredor, vibrante de alas y trompas. Ese rumor confuso revelaba la profundidad del silencio. ¿Qué podría ser? No sospechaba la hora ni el lugar. Ciega de horror y de coraje se desembozó de súbito; al descubrir el espacio, el vacío del vértigo la dominó.... ¡Sola, sola para siempre!
Abandonada a semejante altura, sobre un tronco liso y largo, sin otras ramas que ésas a las cuales se aferraban sus prietas manos, espiaba para ver si el hermano reaparecía por ahí. La acometían deseos de arrojarse, pero la brusquedad del golpe amilanábala. No obstante, si perecía allá, quien sabe si los caranchos no vendrían a saciarse en ella, como en las osamentas de los animales que morían ignorados en el monte.
Mientras tanto la noche iba descendiendo en[226] progresiva nitidez de sombra. Desde su atalaya, la pobre huérfana había podido, por primera vez, contemplar sobre el panorama de la Selva la inmensidad de los horizontes, y la sucesión de las copas verdes que se unían formando obscuro océano encrespado de gigantescas olas. El sol hundiéndose tras los árboles, la impresionó más soberbio qué nunca, iluminado el enorme lomo del bosque con su claridad apacible y decorado el cielo de Occidente por cosmogónicos resplandores. Luego vió aquella gran luz aguarse hasta disolverse toda en la noche,--noche sin astros para mayor desventura.... Nunca se le mostró más pavoroso el cielo, ni más callada la breña. Viniéronle ansias locas de perderse en lo ignoto, de hender esa inmensidad de árboles y tinieblas, o llenar el silencio de un solo grito. Mas, ahora, se le añusgaba la garganta muda y la lengua se le pegaba en la boca con sequedad de arcilla. Tiritaba como si el ábrego la azotase con su punzante frío y sentía el alma toda mordida por implacables remordimientos. Los pies, en esfuerzo anómalo con que ceñían su rama de apoyo, fueron desfigurándose en garras de buho; la nariz y las uñas se encorvaban; y los dos brazos, abiertos en agónica distensión, emplumecían desde los hombros a las manos. Disnea asfixiante la estranguló, y, al verse de pronto convertida en ave nocturna, un ímpetu de volar arrancóla del árbol y la empujó a las sombras....
Así nació el kacuy. La pena rompió en su garganta llamando a aquel hermano justiciero. Y el grito de contrición de esa mujer convertida en ave, resuena aún y resonará siempre sobre la noche de los bosques natales: ¡Turay!... ¡Turay!... ¡Turay!...
LA LEYENDA DE SANTOS VEGA
C. O. BUNGE
Entre las leyendas pampeanas, y puede decirse que entre todas las leyendas argentinas, ninguna[227] tan expresiva y popular como la de Santos Vega. Santos Vega es la más pura y elevada personificación del gaucho. Es el hijo, es el señor, es el dios de la Pampa. Su historia, que puede reducirse al episodio de su justa poética con el diablo, representa el destino de una raza y es la síntesis de su epopeya. Aunque fuera acaso alguna vez persona de carne y hueso, transformóse Santos Vega en verdadero mito, hasta constituir un símbolo nacional.
En tiempos distantes y nebulosos, allí donde se pierde el recuerdo de los orígenes de la nacionalidad argentina, Santos Vega fué el más potente payador. Su numen era inagotable en la improvisación[228] de endechas, ya tiernas, ya humorísticas; su voz de timbre cristalino y trágico inundaba el alma de sorpresa y arrobamiento; sus manos arrancaban a la guitarra acordes que eran sollozos, burlas, imprecaciones. Su fama llenaba el desierto. Ávida de escucharlo acudía la muchedumbre de los cuatro rumbos del horizonte. En las "payadas[229] de contrapunto", esto es, en las justas o torneos de canto y verso, salía siempre triunfante. No había en las pampas trovador que lo igualara, ni recuerdo de que alguna vez lo hubiese habido. Dondequiera que se presentase rendíale el homenaje de su poética soberanía aquella turba gauchesca tan amante de la libertad y rebelde a la imposición. Para el alma sencilla del paisano, dominada por el canto exquisito, Santos Vega era el rey de la Pampa.
A la sombra de un ombú, ante el entusiasta auditorio que atraía siempre su arte, inspirado por el amor de su "prenda", una morocha de ojos negros y labios rojos, cantaba una tarde Santos Vega, el payador, sus mejores canciones. En religioso silencio escuchábanle hombres y mujeres, conmovidos hasta dejar correr ingenuamente las lágrimas.... En esto se presenta a galope tendido un forastero, tírase del caballo, interrumpe el canto y desafía al cantor. Es tan extraño su aspecto, que todos temen vaga y punzantemente una desgracia. Pálido de coraje, Santos Vega acepta el desafío, templa la guitarra y canta sus _cielos_ y _vidalitas_. Y cuando termina, creyendo imposible que un ser humano le pueda vencer, los circunstantes lo aplauden en ruidosa ovación. Hácese otra vez silencio. Tócale su turno al forastero....[230] Su canto divino es una música nunca oída, caliente de pasiones infernales, rebosante de ritmos y armonías enloquecedoras.... ¡Ha vencido a Santos Vega! Nadie puede negarlo, todos lo reconocen condolidos y espantados, y el mismo payador antes que todos.... ¡Adiós fama, adiós gloria, adiós vida! Santos Vega no puede sobrevivir a su derrota.... Acaso el vencedor, en quien se reconoce ahora al propio diablo, al temido Juan sin Ropa, habiendo ganado, y como trofeo[231] de su victoria, pretenda el alma del vencido.... Desde entonces, en efecto, desapareciendo del mundo de los mortales, Santos Vega es una sombra doliente, que, al atardecer y en las noches de luna, cruza a lo lejos las pampas, la guitarra terciada en la espalda, en su caballo veloz como el viento.
Poetas populares y poetas cultos han cantado hermosamente la leyenda de Santos Vega. La crítica le ha encontrado hoy un sentido épico. El[232] diablo es la moderna civilización, que, con las máquinas y fábricas de su portentosa técnica, vence al gaucho y lo desaloja de sus vastos dominios. Como los primitivos cantores no podían prever este destino del gaucho, el símbolo viene a ser posterior, y, en realidad, no encuadra sino vagamente y por coincidencia en los verdaderos términos de la leyenda. Su origen está más bien, a mi juicio, en la doctrina bíblica del _Génesis_. Como los metafísicos[233] la adaptaron a la filosofía con su concepto de la "edad de oro", los gauchos la traducen en su leyenda de Santos Vega. Santos Vega en la Pampa fue Adán en el Paraíso Terrestre, antes de incurrir en el pecado original. Su "prenda" ocupa el mismo lugar secundario de Eva. El demonio tienta su orgullo de dueño y señor de la[234] llanura. Él, estimulado por la presencia de la morocha, acepta el reto, y es vencido. El demonio lo desaloja de sus dominios. El ombú hace, aunque imperfectamente, el papel del árbol de la ciencia y del bien y del mal. Lo cierto es que la ciencia vencedora, el arte del demonio, se identifica al mal, contraponiéndola al bien, al arte espontáneo, a la inspiración del payador que viene de Dios. Así, aunque traidoramente vencido por sobrehumanas fuerzas, y quizá por su misma derrota tan trágicamente humana, Santos Vega queda triunfante en el alma del pueblo, y su sombra ha de verse pasar a la distancia mientras exista un palmo de tierra argentina.
LA TRADICIÓN DE LUCÍA MIRANDA
C. O. BUNGE
Apenas descubierto el estuario que se llamaría más tarde río de La Plata, sin dejarse intimidar por la trágica muerte de su glorioso descubridor, don Juan Díaz de Solís, remontó en 1526 sus majestuosas[235] aguas don Sebastián Gaboto, marino veneciano[236] al servicio de España. Penetrando por primera vez en el río Paraná, fundó, en la desembocadura del río Carcarañá, sobre su margen izquierda, el fuerte del Espíritu Santo. Clavada allí la bandera de Castilla, dejó el fuerte a cargo de su guarnición, subió hasta las cataratas del Iguazú, y luego, por diversas circunstancias regresó a España.
Dos años habían pasado desde la partida de Gaboto, y el fuerte del Espíritu Santo conservaba su paz inalterable. Gobernábalo un hombre de distinguido mérito, don Nuño de Lara, en quien delegó Gaboto el mando. Una severa disciplina, sostenida por el ejemplo, quitaba a los suyos toda[237] ocasión de desmandarse. Por su propia seguridad, los españoles mantenían pacífico trato con una vecina tribu de indios, los timbúes. La buena inteligencia y los oficios de la cordialidad más expresiva apretaban de día en día los nudos de esa útil alianza.
Había entre los españoles una dama, Lucía Miranda, mujer del soldado Sebastián Hurtado. El cacique de los timbúes, Mangoré, prendado de su belleza, olvidó que era casada y resolvió hacerla su esposa. Decidido a robarla, preparó una horrible traición. Aprovechando una oportunidad en que salieron del fuerte, para procurarse víveres, buena parte de sus pobladores, al mando de uno de los capitanes, presentóse como amigo, seguido de treinta indios cargados de subsistencias. Esperaba afuera sus órdenes, escondido en la maleza y bien adoctrinado, su hermano Siripo, al mando de numerosa horda.
Sin sospechar los ocultos designios del cacique, recibió el donativo muy atento y agradecido don Nuño de Lara. Con su castellana generosidad, acogió a Mangoré y a su séquito bajo su mismo techo. Obsequióles con un espléndido festín, brindando confundidos españoles e indios al dios[238] de la amistad. Cuando terminó el festín recogiéronse a dormir unos y otros. El sueño rindió a los españoles. Y, entrada ya la noche, en el silencio[239] y las sombras, Mangoré cambió sigilosamente sus señas y contraseñas con su hermano Siripo; hizo prender fuego a la sala de armas y abrió las puertas del fuerte. De común acuerdo, los indios de Mangoré y de Siripo cayeron sobre los españoles dormidos. Algunos de éstos lograron sus armas, trabándose en combate siniestro. Con increíble valor, Lara repartía en cada golpe muchas muertes. En medio de la refriega buscó y encontró al fin a Mangoré. Aunque con una flecha en el costado, abrióse paso entre la confusa multitud hasta que pudo herir al traidor. La flecha, entretanto, con el movimiento y la lucha, habíale penetrado hondamente. Ambos, el cacique indio y el denodado capitán castellano, cayeron muertos. Sólo escaparon con vida del desastre algunos niños y mujeres, entre ellas Lucía Miranda, su inocente causa. Todos fueron llevados a presencia de Siripo, sucesor del detestable Mangoré, quien los guardó cautivos.
Al siguiente día volvió al fuerte Sebastián Hurtado. Su dolor fué igual a su sorpresa, cuando, después de encontrarse con ruinas en vez del baluarte, buscaba a su consorte y sólo hallaba despojos de la muerte. Luego que supo su cautividad, no[240] dudó un punto entre los extremos de morir o rescatarla. Precipitadamente se escapó de los suyos y llegó hasta la presencia de Siripo. Pero este bárbaro, habiendo muerto Mangoré, cacique él ahora de los timbúes, olvidóse como su finado hermano que Lucía era casada, y aspiraba a su vez a tomarla por esposa. Ya que se le presentaba tan inopinadamente el legítimo marido, ardiendo en celos infernales, decidió matarlo. Comprendió la heroica mujer la suerte que esperaba a Hurtado, y, estimando más la vida de su marido que la propia, renunció al tono altivo con que antes contestaba los avances de Siripo, y tomó a sus pies el tono de la súplica y el llanto. De tal modo consiguió que el cacique revocara su sentencia de muerte y salvó la vida a Hurtado; mas con la dura condición de que el soldado castellano se divorciase para siempre de Lucía y eligiera otra esposa entre las doncellas timbúes. Acaso por ganar partido en el corazón de la bella mujer blanca, que se mantenía firme en su resistencia a aceptarlo por esposo, el cacique llegó a permitirles[241] que se vieran de vez en cuando. No por eso consiguió el consentimiento de Lucía, que, como española y como cristiana, estaba resuelta a perder antes la existencia que la honra. Al contrario, en algunas de las breves entrevistas de los esposos, pudo notar que ambos renovaban sus juramentos de conyugal fidelidad. Entonces su furia no tuvo límites. Hizo atar a Sebastián Hurtado a un árbol, donde se le mató a saetazos, y mandó arrojar[242] a Lucía Miranda a una hoguera. Así, después de largo martirio y cautiverio, murieron ambos esposos, para eterno ejemplo de amor y de virtud.
Verdadera o fantástica, esta tradición ha perdurado en la mente de los habitantes del río de la Plata. Dos siglos y medio después de que ocurrió o pudo ocurrir el épico y luctuoso suceso, servía[243] él de argumento a una hermosa tragedia de corte clásico, en verso y tres actos, titulada _Siripo_. Su autor, el doctor Manuel José de Labardén, que nació en Buenos Aires en 1754 y murió probablemente poco antes de la gloriosa revolución de 1810, puede considerarse el más antiguo de los poetas cultos de la literatura argentina. Su obra, en sonoros hendecasílabos castellanos, representóse en el llamado _Corral_. Componíase este sitio, que[244] hacía las veces de teatro, de un terreno rodeado de un cerco o muralla baja y algún rancho en el fondo, para guardar sus vituallas o adminículos. Una chispa de un cohete disparado en la iglesia[245] de San Juan con motivo de celebrarse una fiesta religiosa, ocasionó un incendio que redujo a cenizas el rancho. En el incendio se quemó el precioso manuscrito de la tragedia, conservándose sólo algunos largos fragmentos. Perdida la obra de Labardén, las sombras familiares y heroicas de Lucía Miranda, Sebastián Hurtado, Mangoré y Siripo esperan, pues, el poeta que las cante en las nuevas generaciones de argentinos.
EL LUCERO DEL MANANTIAL
EPISODIO DE LA DICTADURA DE DON JUAN MANUEL ROSAS
MANUELA GORRITI
I. María
Era la hora en que calla el áspero relincho del potro salvaje; en que el "cucuyo" se adormece sobre el sinuoso tronco de los algarrobos, y en que el misterioso "pacui" comienza su lamentable[246] canto. La luna alzaba su disco brillante tras los cardos de la inmensa llanura; y su argentado rayo, deslizándose entre el frondoso ramaje de los "ombús" y las góticas ojivas de la ventana, bañaba con ardor el dulce rostro de María.
¡Viajeros del Plata! En vuestras lejanas excursiones en las campañas, ¿oísteis hablar de María?[247] Su recuerdo vive todavía en las tradiciones del Sur. María era la flor más bella que acarició la brisa tibia de la Pampa. Alta y esbelta como el junco azul de los arroyos, semejábale también en su elegante flexibilidad. Sombreaba su hermosa frente una espléndida cabellera que se extendía en negros espirales hasta la orla de su vestido. Sus ojos, en frecuente contemplación del cielo, habían robado a las estrellas su mágico fulgor; y su voz dulce y melancólica como el postrer sonido del arpa, tenía inflecciones de entrañable ternura que conmovían el corazón como una caricia. Y cuando en el silencio de la noche se elevaba cantando las alabanzas del Señor, los pastores de los vecinos campos se prosternaban creyendo escuchar la voz de algún ángel extraviado en el espacio. El viajero que la divisaba a lo lejos pasar envuelta en su blanco velo de virgen a la luz del crepúsculo, bajo la sombra de los sauces, exclamaba: "¡Es una hada!" Pero los habitantes del "pago" respondían: "Es la hija del comandante, el _Lucero del Manantial_."
En los últimos confines de la frontera del Sur, cerca de la línea que separa a los salvajes de las poblaciones cristianas, en el Pago del Manantial y entre los muros de un fuerte medio arruinado, habitaba María al lado de su padre, entre los soldados de la guarnición. El adusto veterano, antiguo compañero de Artigas, sólo desarrugaba el ceño de su frente surcada de cicatrices para sonreír a su hija. Para aquellos hombres hostigados por frecuentes invasiones y cuyos rostros tostados por el sol de la Pampa expresaban las inquietudes de una perpetua alarma, era María una blanca estrella que alegraba su vida derramando sobre ellos su luz consoladora.
Pero ella, que era la alegría de los otros, ¿por qué estaba triste? ¿Qué sombra había empañado el cristal purísimo de su alma? La hora del dolor había sonado para ella, y María pensaba,... pensaba en su amor.
II. Un Sueño
Una noche vino a turbar una visión el plácido sueño de la virgen. Vió un vasto campo cubierto de tumbas medio abiertas y sembrado de cadáveres degollados. De todos aquellos cuellos divididos manaban arroyos de sangre que, uniéndose en un profundo cauce, formaban un río cuyas rojas ondas murmuraban lúgubres gemidos y se ensanchaban y subían como una inmensa marea. Entre el vapor mefítico de sus orillas y hollando con planta segura el sangriento rostro de los muertos, paseábase un hombre cuyo brazo desnudo blandía un puñal.
Aquel hombre era bello; pero con una belleza sombría como la del arcángel maldito; y en sus ojos azules como el cielo, brillaban relámpagos siniestros que helaban de miedo. Y, sin embargo, una atracción irresistible arrastró a María hacia aquel hombre y la hizo caer en sus brazos. Y él, envolviéndola en su sombría mirada, abrasó sus labios con un beso de fuego, y sonriendo diabólicamente rasgóla el pecho y la arrancó el corazón, que arrojó palpitante en tierra para partirlo con su puñal. Pero ella, presa de un dolor sin nombre, se echó a sus pies y abrazó sus rodillas con angustia. En ese momento se oyó una detonación, y María, dando un grito se despertó.
III. El Encuentro
--¡Era un sueño!--exclamó palpando su pecho virginal, agitado todavía por los tumultuosos latidos de su corazón.--¡Era un sueño!
Y pasando la mano por su frente para alejar las últimas sombras del terrible sueño, María saltó del lecho, vistió sus ropas de fiesta, trenzó con flores su larga cabellera, y sentada gallardamente sobre el lustroso lomo de un brioso alazán, dióse gozosa a correr por los frescos oasis, sembrados como una vía láctea en las inmensas llanuras del Sur.