Part 4
2. De los nuevos campeones los rostros Marte mismo parece animar: la grandeza se anida en sus pechos; a su marcha[2] todo hace temblar.[3] Se conmueven del Inca las tumbas[4] y en sus huesos revive el ardor,[5] lo que ve renovando a sus hijos[6] de la Patria el antiguo esplendor.
3. Pero sierras y muros se sienten[7] retumbar con horrible fragor: todo el país se conturba por gritos de venganza de guerra y furor. En los fieros tiranos la envidia escupió su pestífera hiel; su estandarte sangriento levantan provocando a la lid más cruel.
4. ¿No los veis sobre Méjico[8] y Quito[9] arrojarse con saña tenaz, y cuál lloran bañados en sangre[10] Potosí, Cochabamba y la Paz?[11] ¿No los veis sobre el triste Caracas[12] luto, llantos y muerte esparcir? ¿No los veis devorando cual fieras[13] todo pueblo que logran rendir?
5. A vosotros se atreve, argentinos,[14] el orgullo del vil invasor: vuestro campos ya pisa contando tantas glorias hollar vencedor.[15] Mas los bravos que unidos juraron su feliz libertad sostener, a esos tigres sedientos de sangre fuertes pechos sabrán oponer.
6. ¡El valiente argentino a las armas corre ardiendo con brío y valor! El clarín de la guerra cual trueno, en los campos del Sud resonó. Buenos Aires se pone a la frente de los pueblos de la inclita unión, y con brazos robustos desgarran al íberico altivo león.
7. San José, San Lorenzo, Suipacha,[16] ambas Piedras, Salta y Tucumán, La Colonia y las mismas murallas del tirano en la Banda Oriental,[17] son letreros eternos que dicen: "Aquí, el brazo argentino triunfó: aquí, el fiero opresor de la Patria su cerviz orgullosa dobló."
8. La Victoria al guerrero argentino con sus alas brillantes cubrió, y azorado a su vista el tirano[18] con infamia a la fuga se dió. Sus banderas, sus armas, se rinden[19] por trofeos a la libertad,[20] y sobre alas de gloria alza el pueblo trono digno a su gran majestad.[21]
9. Desde un polo hasta el otro resuena de la fama el sonoro clarín, y de América el nombre enseñando les repite: "¡Mortales, oíd![22] Ya su trono dignísimo alzaron[23] las Provincias Unidas del Sud." Y los libres del mundo responden: "¡Al gran pueblo argentino, salud!"[24]
EL GAUCHO ARGENTINO
VICENTE FIDEL LÓPEZ
A uno y otro lado del Uruguay, desde el delta del Paraná a las fronteras del Brasil, y desde el Paraguay a las riberas del Atlántico, se extendían campañas de una belleza incomparable, de una fertilidad exuberante, y de un clima que, aunque templado, no relaja el vigor de los temperamentos. Esas campañas estaban incultas en manos de la España. Arroyos innumerables y muchos ríos caudalosos, acompañados en una y otra ribera de selvas tupidísimas, distribuían por todas partes una masa enorme de aguas puras y saludables, que alimentaban pastizales inmensos, donde los ganados y el hombre crecían y se multiplicaban libres y salvajes. El hombre tenía allí la carne, el fuego y el agua, sin ningún trabajo, con un cielo espléndido de luz y de transparencia. El atraso moral de la metrópoli, la incuria de su gobierno, su absoluta falta de industria, su impotencia caduca para educar y para llevar la vida civil al seno de los desiertos americanos, habían extenuado todas las facultades de la España, rindiéndola en una indolente holgazanería a mediados del Siglo XVII. Era imposible, pues, que el aliento creador de los intereses económicos, que sólo se levantan en la vida urbana, hubiese podido penetrar en nuestros campos. Así es que la población errante que se había apoderado de ellos, había crecido desparramada, inculta y vagabunda. La extensión indefinida que ocupaba, hacía que el derecho de la propiedad raíz fuese inútil para sus habitantes, y hasta se puede decir que era desconocido. Donde cada hombre podía obtener el derecho nominal de llamarse dueño de cincuenta o más leguas de terreno, sin otro trabajo que denunciarlo, abonando veinte o cincuenta pesos a la tesorería del Rey, era imposible que la posesión fuese verdadera delante de la ley, para[25] responder al título de la propiedad. De modo que el gaucho argentino no necesitaba de semejante título para tener tierras y para satisfacer sus necesidades; y en un estado semejante, era natural que no le fuese fácil concebir que los demás hombres tuviesen razón y justicia para privarle de la facultad de ocupar el desierto, como cosa suya, y de poner su rancho donde mejor le conviniera. Sin peligro del hombre, sin miedo del aislamiento, porque la rápida carrera de su caballo lo trasportaba en un momento a las aldeas de la costa, y dueño de los ganados que pacían por los campos, era claro que no tenía necesidad ninguna de pedir a la tierra ese fruto sabroso de la agricultura, que civiliza por el trabajo y por la influencia de las leyes que rigen las producciones del suelo. El hombre civilizado de nuestros campos había retrogradado verdaderamente, a un estado semibárbaro, por causa de su aislamiento relativo. Pero estaba muy lejos de haber perdido las tradiciones de la civilización de que había tomado origen, como algunos observadores poco discretos lo han dicho; y sus condiciones no eran las de un estado pastoril, análogo al de los patriarcas del Asia. Éstos necesitaban, por lo menos, de la propiedad de los rebaños, gobernaban como patricios la tribu numerosa de sus parientes, y vagaban por las áridas sequedades del África,[26] buscando un pozo de agua y un poco de hierba para ellos y para sus bestias.
El gaucho argentino vivía absoluto e independiente,[27] con un individualismo propio y libre. Se empancipaba de sus padres apenas empezaba a sentir las primeras fuerzas de la juventud; y vivía abundantemente de las _volteadas_[28] de los animales que Dios creaba en el desierto. Armado del lazo, podía echar mano del primer potro que le ofrecía mejores condiciones para su servicio; escogía, por su propio derecho, la vaca más gorda para mantenerse; y si necesitaba algún dinero, para procurarse alguno de los objetos commerciales que apetecía, derribaba cuantos toros quería, les sacaba los cueros, e iba a venderlos en las aldeas de las costas, a los mercaderes que traficaban con ellos, para surtir el escasísimo comercio que teníamos con la Europa. La ley civil o política no pesaba sobre él; y aunque no había dejado de ser miembro de una sociedad civilizada, vivía sin sujeción a las leyes positivas del conjunto.[29] Tomaba a una mujer de su clase, libre como él, sumisa y buena, sin cuidarse mucho de las formas con que se unía a ella. Plantaba una choza en la rinconada de un arroyo, bien cerca del agua para evitarse el trabajo de acarrearla; y como los prebostes de la hermandad solían tener la ocurrencia de atravesar los campos, con cincuenta o sesenta blandengues, ahorcando expeditivamente bandoleros, el gaucho tenía buen cuidado de levantar esa choza cubierta por el bosque, y con sendas o vados que le eran conocidos, para[30] evitar que le encontrasen desprevenido; porque la justicia del Rey no era muy solícita en distinguir a los inocentes de los vagos; ni él mismo sabía bien entre cuáles se había de clasificar.
A todos estos rasgos, propios del género de vida[31] que hacían, los guachos agregaban las dotes de un temperamento fuerte, nervioso e inquieto. El clima en que vivían les permitía viajar a la intemperie, bajo las influencias, templadas algunas veces, rígidas otras veces, de la naturaleza y del espacio. Acostumbrados al peligro, y ariscos, por decirlo de una vez, estaban siempre prontos a _pelear_ a la justicia del Rey, cuando los sorprendía; y como ella no usaba de procedimientos muy cuidadosos para determinar sus fallos y sus castigos, los gauchos la evitaban, siempre que podían, como se evita un peligro grave, o como se huye de un yugo incómodo.
Su cuerpo era por consiguiente muy ágil. Sus miembros mostraban, por su esbeltez y delicadeza, que, de una generación en otra, se habían críado sueltos de las tareas abrumadoras y serviles de la agricultura o de la industria. Esa constante gimnasia del caballo les daba una destreza admirable para sorprender con la velocidad de un gato las furias del potro salvaje, y sentarse gallardamente en sus lomos, con un equilibrio que la fiera nunca descomponía, aunque brincase y se revolviese con demencia para deshacerse del jinete que la domaba. Su porte era elegante y cauto; sus maneras serias; y aunque parecían mansas, lo hacían impenetrable y digno al mismo[32] tiempo. Algunas veces, fiero e impetuoso, daba rienda suelta a sus pasiones; otras, era hidalgo y generoso. Pero siempre era difícil y desigual, como los seres bravíos que se crían en las soledades de la tierra. Era bello como ellos, por el temple y por los rasgos pronunciados de su tipo.
En general, el guacho tenía a pecho ser amigable y hospitalario en su cabaña. Recto en el cumplimiento de su palabra, no se excusaba jamás de proteger con nobleza a los que reclamaban su amparo, aunque hubiesen sido sus enemigos. Hablaba tranquilo, y con una voz cubierta que[33] podría parecer dulce, si no fuese que sus palabras eran siempre escasas, ambiguas o taimadas. Cuando encontraba algo de que burlarse, su ironía era profunda, pero siempre disimulada con la doblez del sentido, con el monosílabo o con un[34] acento particular que daba a sus expresiones. El enojo no le arrancaba gritos ni gestos; y ya en las dificultades del peligro, o dominado por la ira, era siempre concentrado, guardando las apariencias de una moderación que era amenazante por su propio laconismo.
Destituído de toda creencia en la fatalidad de los sucesos, ponía su personalismo sobre todos los intereses de la vida y sobre todas las influencias religiosas; así es que siempre estaba pronto para reaccionar en defensa de su persona o de su libertad, y aun reducido al último trance, marchando, por ejemplo, al suplicio entre filas de enemigos, ocultaba bajo un aire resignado la atención más vigilante al menor azar, al menor descuido de sus verdugos, para tirarse al fondo de un río, salvar un precipicio, o saltar sobre un caballo y desaparecer como una sombra entre los arcabuces y sablazos de sus perseguidores. Verdad es, que nunca le faltaba entre estos mismos un cómplice, o un aparcero que se interesase por su suerte, y que prepararse el lance dejándole los riesgos de la ejecución.
Todos estos contrastes hacían del gaucho argentino un hombre libre y civilizado en medio de la semibarbarie en que vivía, o más bien, en que vagaba. Porque aunque distante de la vida urbana de los europeos, no era ajeno, sin embargo, a la vida política; y ya sea por la raza, ya por las ideas, o por los móviles morales, estaba unido al orden fundamental de la asociación colonial; puede decirse que era un europeo que había caído en la vida errante de los desiertos americanos; y que habiendo conservado su personalismo absoluto e independiente, había venido a constituir un tipo especial, que reunía todos estos contrastes, con un sello indefinido de identidad y de originalidad a la vez; y si fuese posible dar claridad a cosas que parecerán tan contradictorias, yo diría que los gauchos de las campañas argentinas, tomados en masa, fueron el germen preparado para producir las evoluciones constitucionales de nuestro organismo, y que a pesar de que, cuando arrojaron su influencia decisiva en las vicisitudes de nuestra historia, se hallaban hundidos en un estado cercano al de la barbarie, eran, con todo, un pueblo libre, que lleno de la conciencia de sus intereses y de sus derechos políticos, introdujo una revolución[35] social en el seno de la revolución política de mayo, moviéndola en un sentido verdaderamente democrático y en busca de una civilización liberal sin las trabas del pasado.
La vida de los gauchos no tuvo jamás ninguno de los accidentes de la vida de las tribus. Ellos constituían una población homogénea, señalada con un mismo tipo, con unos mismos hábitos, con unas mismas pasiones; y que poseía todas las aptitudes y las formas de una nacionalidad política, distinta y peculiar. Aunque los gauchos nunca vivían aglomerados, estaban sin embargo espontáneamente distribuidos en _pagos_, de acuerdo con la configuración que el curso de los ríos, los montes y los accidentes limítrofes, le daban a cada porción de la campaña. Reconocían entre sí, por esto, una cierta cohesión geográfica análoga[36] a la que tienen los diversos vecindarios,[37] si es[38] que la idea de vecindad puede aplicarse a las partes incultas de un vasto territorio. Tenían por lo mismo una especie de patriotismo local sumamente apasionado, con entidades dominantes o caudillejos que surgían por el coraje, por el acierto, por la audacia de sus empresas y por los crímenes que cometían o por otros mil de esos accidentes, que en todas partes concurren para formar personajes populares a la altura del medio[39] social en que nacen y en que se nutren.
El gaucho argentino no reconocía por jefe, ni prestaba servicio militar, sino al caudillo que él mismo elegía por su propia inclinación; porque ante todo se tenía por hombre libre, y como tal usaba de su criterio y de su gusto individual con absoluta independencia de todo otro influjo. Eso[40] sí, cuando se había decidido por una bandera, su adhesión no tenía límites y podía contarse con ella para toda la vida; no economizaba sacrificio alguno, y su constancia, sobre todo en las luchas políticas, llegaba hasta el heroísmo. Tomaba[41] partido por sentimiento propio y por pasión, jamás por interés, ni con la mira de obtener el menor provecho directo como premio de sus esfuerzos. Lo único que le movía eran las afinidades de los hábitos y de las tendencias entre su persona y la de los jefes a quienes servía; es decir, un patriotismo a su modo, pero que en resumidas[42] cuentas era un sentimiento político y moral que tenía causas puras y libres en su misma voluntad.
Cuando el acaso terrible de la _leva_ lo había apresado para el servicio de los ejércitos veteranos de la patria, se debatía, como un animal bravío por[43] escapar a la presión y a la esclavitud de la disciplina rigurosísima de San Martín o de Belgrano.[44] Desertaba apenas podía, y se escondía en las entrañas de la tierra. Pero si le volvían a cazar, se daba más o menos pronto según su carácter más o menos indómito; y cuando una campaña feliz, una batalla ganada o perdida, venían a darle la pasión del cuerpo en que servía, se convertía en un soldado ejemplar, como no creo que tuviese mejor ninguna otra nación civilizada. Era sobrio, sufrido, bravo y experto: ni el hambre, ni la desnudez lo indignaban o lo abatían.
Entregado siempre a la voluntad de sus jefes, con una alegría templada que jamás desmentía, servía animado del amor de la patria y con el orgullo militar del ciudadano libre que tiene fe en su causa, y que se considera con la obligación personal de vencer. Toda su filosofía se reducía a saber que servía a la patria, y que _la patria esperaba ser salvada por sus soldados_: la doctrina era lacónica, pero tan cierta, que apelo al testimonio de cuantos hayan conocido al gaucho argentino, convertido en _granadero de a caballo_, o en _voltigero_ del ejército de los Andes, para que digan si esto era verdad.
En cuanto al sentimiento religioso, el gaucho estaba tan lejos del árabe, que es imposible hallar entre ellos punto alguno de contacto. En las cosas de su persona, de su casa, de sus relaciones, o de sus negocios, la religión y sus ministros no valían ni pesaban un ápice para él. El árabe es ante todo tétrico, _fatalista_ y _creyente_. Vive dominado por un panteísmo religioso que dirige todas sus ideas: habla directamente con Dios, en la nube que pasa, en las estrellas que brillan en los cielos, en todos los fenómenos del desierto y en cada uno de los acontecimientos que tejen el hilo fatídico de su vida. Su ferocidad, sus crímenes y hasta sus virtudes, son hijos de su fanatismo. Al gaucho argentino no se le ocurrió jamás nada de esto. Su alma había florecido libre de todo cuerpo de doctrina y batida sólo por los intereses[45] de la vida material: era alegre de espíritu y vivía independiente en un país bellísimo, lleno de recursos, bien regado, fértil, abundante, y que no tenía ningún punto de contacto con la adusta e imponente severidad del clima abrasador del África, en donde sólo la noche y las sombras dan expansión al alma de los mortales y de las fieras. El gaucho era en el fondo un ser completamente descreído: su religión era un deísmo _sui generis_[46] que se reducía a figurar una cruz con los dedos, o a besar el escapulario que llevaba al pecho, en los momentos difíciles de la vida. Una vez que lo hacía, se tenía por salvado en el cielo, si moría; o por amparado del poder y del favor de Dios, si se salvaba. Después, ya no volvía a acordarse de sus deberes religiosos, sino para saludar los símbolos del catolicismo, si los encontraba a su paso: una cruz de un sepulcro, un fraile, o la puerta de una iglesia. Con esto, se tenía por católico romano y papal, sin entender palabra de la cosa, y sin procurar entenderla tampoco; porque todo lo demás era para él asunto puro de tradición, de[47] que no se daba otra cuenta sino como de un hecho superior, que le venía impuesto por el[48] asentimiento vago del pueblo, por una tradición que, aunque desprovista de doctrina, dominaba en[49] las campañas y en las chozas donde criaba a su familia.
ORIGINALIDAD Y CARACTERES ARGENTINOS
El Rastreador--El Baquiano--El Gaucho Malo--El Cantor
DOMINGO F. SARMIENTO
Ainsi que l'océan les steppes remplissent l'esprit du sentiment de l'infini[50]
Si de las condiciones de la vida pastoril, tal como la han constituído la colonización y la incuria, nacen graves dificultades para una organización política cualquiera, y muchas más para el triunfo de la civilización europea, de sus instituciones, y de la riqueza y de la libertad, que son sus consecuencias, no puede, por otra parte, negarse[51] que esta situación tiene su costado poético, fases dignas de la pluma del romancista. Si un destello de la literatura nacional puede brillar momentáneamente en las nuevas sociedades americanas, es el que resultará de la descripción de las grandiosas escenas naturales, y sobre todo de la lucha entre la civilización europea y la barbarie indígena, entre la inteligencia y la materia; lucha imponente en América, y que da[52] lugar a escenas tan peculiares, tan características y tan fuera del círculo de ideas en que se ha educado el espíritu europeo....
El único romancista norteamericano que haya logrado hacerse un nombre europeo, es Fenimore Cooper, y eso, porque transportó la escena de sus descripciones fuera del círculo ocupado por los plantadores, al limite entre la vida bárbara y la civilizada, al teatro de la guerra que las razas indígenas y la raza sajona están combatiendo por[53] la posesión del terreno.
No de otro modo nuestro joven poeta Echeverría[54] ha logrado llamar la atención del mundo literario español con su poema titulado _La Cautiva_. Este[55] bardo argentino dejó a un lado a Dido y Argía,[56] que sus predecesores los Varelas trataron con maestría clásica y estro poético, pero sin suceso y sin consecuencia, porque nada agregaban al caudal de nociones europeas, y volvió sus miradas al desierto, y allá en la inmensidad sin límites, en las soledades en que vaga el salvaje, en la lejana zona de fuego que el viajero ve acercarse cuando los, campos se incendian, halló las inspiraciones que proporciona a la imaginación el espectáculo de una[57] naturaleza solemne, grandiosa, inconmensurable, callada; y entonces el eco de sus versos pudo hacerse oír con aprobación aun por la península, española.
Hay que notar de paso un hecho que es muy explicativo de los fenómenos sociales de los pueblos. Los accidentes de la naturaleza producen costumbres y usos peculiares a estos accidentes, haciendo que donde estos accidentes se repiten, vuelvan a encontrarse los mismos medios de parar a[58] ellos, inventados por pueblos distintos. Esto me explica por qué la flecha y el arco se encuentran en todos los pueblos salvajes, cualesquiera que sean su raza, su origen y su colocación geográfica. Cuando leía en _El Último de los Mohicanos_ de Cooper, que Ojo de Halcón y Uncas habían perdido[59] el rastro de los Mingos en un arroyo, dije para mí:[60] "van a tapar el arroyo."[61] Cuando en _La Pradera_[62] el Trampero[63] mantiene la incertidumbre y la agonía mientras el fuego los amenaza, un argentino habría aconsejado lo mismo que el Trampero[64] sugiere al fin, que es, limpiar un lugar para guarecerse, e incendiar a su vez, para poderse retirar del fuego que invade sobre las cenizas del que se ha encendido. Tal es la práctica de los que atraviesan la pampa para salvarse de los incendios[65] del pasto. Cuando los fugitivos de _La Pradera_ encuentran un río, y Cooper describe la misteriosa[66] operación del Pawnie con el cuero de búfalo que recoge,--va a hacer la _pelota_, me dije a mí[67] mismo: lástima es que no haya una mujer que la conduzca, que entre nosotros son las mujeres las que cruzan los ríos con la _pelota_ tomada con los[68] dientes por un lazo. El procedimiento para asar[69] una cabeza de búfalo en el desierto, es el mismo que nosotros usamos para _batear_ una cabeza de vaca o un lomo de ternera. En fin, mil otros accidentes[70] que omito, prueban la verdad de que modificaciones análogas del suelo traen análogas costumbres, recursos y expedientes. No es otra la razón de hallar en Fenimore Cooper descripciones de usos y costumbres que parecen plagiadas de la pampa; así, hallamos en los hábitos pastoriles de la América, reproducidos hasta los trajes, el semblante grave y hospitalidad árabes.
Existe, pues, un fondo de poesía que nace de los accidentes naturales del país y de las costumbres excepcionales que engendra. La poesía, para despertarse, porque la poesía es, como el sentimiento religioso, una facultad del espíritu humano, necesita el espectáculo de lo bello, del poder terrible, de la inmensidad de la extensión, de lo vago, de lo incomprensible; porque sólo donde acaba lo palpable y vulgar, empiezan las mentiras[71] de la imaginación, del mundo ideal. Ahora, yo pregunto: ¿qué impresiones ha de dejar en el habitante de la República Argentina el simple acto de clavar los ojos en el horizonte, y ver... no ver nada? Porque cuanto más hunde los ojos en aquel horizonte incierto, vaporoso, indefinido, más se aleja, más lo fascina, lo confunde y lo[72] sume en la contemplación y la duda. ¿Dónde termina aquel mundo que quiere en vano penetrar? ¡No lo sabe! ¿Qué hay más allá de lo que ve? La soledad, el peligro, el salvaje, la muerte. He aquí ya la poesía. El hombre que se mueve en estas escenas, se siente asaltado de temores e incertidumbres fantásticas, de sueños que lo preocupan despierto.[73]