Argentina, Legend and History

Part 15

Chapter 153,901 wordsPublic domain

El buque sigue avanzando. Cambia el cielo y cambia el mar. Hay días en que el férreo vaso cabecea con mayor violencia sobre las olas y la muchedumbre aparece menos espesa, con grandes claros. Los que se sienten heridos por el mareo, ocúltanse en las profundidades del buque. Otros permanecen tendidos al aire libre, pálidos, inmóviles como cadáveres después de una catástrofe. Ya no suenan músicas: una tristeza gris parece gravitar sobre la cubierta, rociada de vez en cuando por el polvo acuoso de las olas, que chocan contra los flancos de la nave, levantando una cortina de espumas. Los habituados al viaje, que llevan a prevención como supremo lujo[614] un asiento de tijera o una silla de lona, permanecen sentados, fuman y miran al mar con aire de conocedores, insensibles a la general molestia que parece enseñorearse del buque.

* * * * *

Cuando las muchedumbres europeas de la primera Cruzada, armadas al azar, y sin otra disciplina que el entusiasmo religioso, caminaban hacia Oriente, su fe y su ignorancia les hacían sufrir tremendas decepciones.

Siempre que en el horizonte aparecían las torres y cúpulas de una ciudad, la piadosa e inocente turba estremecíase de gozo.

--¿No es Jerusalén?... Sí: es Jerusalén; la ciudad santa. ¡Hosanna! ¡Hosanna!

Los viejos gemían enternecidos; los monjes lanzaban su inflamada predicación; los hombres requerían las armas, creyendo llegado el momento de pelear contra los infieles; los niños entonaban cánticos y las hembras gritaban de entusiasmo, incorporándose en los carretones, a la cola del inmenso éxodo.

Estos infelices cruzados, cuando imaginaban hallarse próximos a Jerusalén, estaban aún en las llanuras de la Baja Alemania o de Austria, y el espejismo del entusiasmo repetíase todos los días al avanzar por el centro de Europa, creyendo haber llegado al término de la jornada cada vez que columbraban a lo lejos una ciudad o un castillo.

La misma ilusión del deseo acompaña a los pobres emigrantes, entusiastas cruzados de los tiempos modernos. La ansiada Jerusalén surge ante sus ojos en toda ribera que costea el buque, en todo puerto donde echa el ancla.

¡Buenos Aires! ¿Dónde está Buenos Aires?... Un estremecimiento de esperanza corre por la muchedumbre cuando aparece frente a la proa una faja de tierra. Hasta los más ignorantes conocen la cantidad de días que debe durar la navegación; pero la ansiedad les hace creer en un milagro, en una marcha extraordinaria del buque, y al ver la tierra, se gritan unos a otros:

--¡Buenos Aires!... ¿Será esto Buenos Aires?

No: no es la ciudad-ilusión. Es Pernambuco, es Bahía, es Río Janeiro; y cuando el transatlántico queda fondeado a la vista de la tierra, los peregrinos se agolpan en la borda, mirando la ciudad lejana, pero sin deseos de bajar a ella, faltos de curiosidad. Para ellos no hay nada que les interese en este país: su esperanza vuela más lejos.

Los que hacen el viaje por primera vez, admiran el color negro y la crespa y lanuda pelambrera de los lancheros; compran las frutas raras amontonadas en las barcas que circulan como insectos en torno del gigante marino; admiran su sabor exótico, y al fin acaban por volver la espalda a la costa, tendiéndose en sus mantas y colchonetas, aburridos de esta inercia, deseando reanudar antes el viaje. Buenos Aires es lo que les importa. ¿Cuándo llegarán a Buenos Aires?...

En la espléndida bahía de Río Janeiro, la hermosura del panorama los conmueve unos instantes. Luego reaparece la indiferencia. Ellos no han de vivir en esta tierra; ¿para qué interesarse por sus montañas rosadas de bizarras formas, y sus calles blancas, con dobles filas de altos cocoteros?

Cuando el transatlántico emprende otra vez la marcha, la gente canta y ríe, creyéndose próxima al término del viaje. Ya no aguardarán más: casi se hallan a la vista de la ciudad de la esperanza: la próxima escala es Buenos Aires. Y transcurren varios días sin ver otra cosa que cielo y mar. Algunas veces se marcan en la línea del horizonte manchas obscuras que parecen nubes bajas y son montañas.

El aislamiento de la navegación, la vida común con gentes tan diversas en medio de la soledad de los elementos, la marcha hacia otro mundo misterioso, parece haber transformado la moral de los emigrantes, creando en ellos una nueva personalidad. ¡Adiós, timideces del terruño, humildades de familia, miedos rutinarios a todo lo que se sale de la estrecha norma de lo vulgar!

El pobre campesino, acostumbrado en su país al expolio y la miseria resignada, se siente ahora altivo, con nuevas fuerzas para hacer frente a todos los obstáculos. El viento del océano, al ensanchar sus pulmones, parece echarle atrás los hombros, dando a la cabeza una erguida altivez. Oyendo a los aventureros, a todas estas gentes de extraños países, empieza a considerar con cierto orgullo su condición de emigrante y de pobre. La soledad atlántica, las largas horas de recogimiento, lejos de toda organización social, le hacen apreciar la pequeñez de los hombres y de sus leyes, y se contempla a sí mismo más grande, más poderoso. Las preocupaciones que en tierra firme fueron muchas veces su tormento, las desprecia ahora por insignificantes, viéndose lejos de ellas.

El hombre del viejo mundo desaparece. Cada singladura se lleva algo de su antiguo sér. Van[615] desapareciéndose de su ánimo las timideces y resignaciones de la educación tradicional. Son a modo de escamas del primitivo organismo que se despegan de la piel y caen al agua. Cada día pierde una. Cuando llegue al término de su viaje será otro.

Siéntese capaz de las grandes iniciativas. El pobre de Europa, sometido, y a la huelga, sin esperanzas, sin afanes de actividad, que al fin tuvo que embarcarse y emigrar, le parece ahora un hombre distinto. ¡Lo que trabajará él en el[616] Nuevo Mundo! Hará fortuna a las buenas o las malas. Siente en su ánimo la fría audacia, el egoísmo homicida de los aventureros que todo lo justifican con las necesidades imperiosas de la lucha por la existencia. Su alma es la de los héroes de Balzac que contemplaban París desde una[617] altura, con ojos de invasor implacable y desdeñoso, murmurando: "¡Tú serás mío!"[618]

¡Buenos Aires!... Él conquistará la gran ciudad; se batirá con ella a brazo partido para poseerla, para dominarla. Aislado en el mar, lejos de la realidad, en plena fantasmagoría de la ilusión, se considera capaz de los más estupendos esfuerzos. En sus conquistas imaginativas entra[619] por mucho el desconocimiento del país adonde se dirige, esa ignorancia de América que es en el viejo mundo algo secular e inconmovible. Sabe que Buenos Aires es una gran ciudad, se la imagina semejante a una buena capital de provincia pero al mismo tiempo, con bizarra confusión imaginativa, ve tigres que saltan y juguetean como gatos en los alrededores de la urbe; serpientes colosales que ondulan o se arrollan a los árboles de los paseos; negros indolentes a los que hay que dar con el látigo para que trabajen; indios pintarrajeados y emplumados que asaltan los tranvías de los arrabales y se llevan cautivas a las señoras; una mezcla de civilización avanzadísima y de tremenda barbarie. ¡Desdichado país si no vinieran de afuera los hombres blancos para salvarlo!... El alma de un paladín de romances de caballería late en él, quitando todo valor a la palabra "imposible". Matará, si es preciso, tigres y pitones; hará prisiones a los feroces indios y, pasándoles una anilla por la nariz, los llevará a trabajar ricas tierras, escogidas a su gusto. ¡Él lo hará todo!...

Las olas violentas que chocan contra el buque han cambiado de color. Ahora son rojizas, como una melena leonada, y sucias por el barro que llevan en suspensión. Se ve el lejano perfil de una costa por estribor, y los emigrantes abren los ojos asombrados al oír que ya no están en el mar, que este espacio infinito de agua, con su oleaje tempestuoso, es un río, el famoso río de la Plata.

Empieza a anochecer, y en la costa, cada vez más cercana, se marcan centenares de luces. Al principio, forman líneas, como si indicasen la horizontalidad de caminos y bulevares exteriores; luego se hacen más densas, se agrupan, se remontan por invisibles cuestas, se diferencian en rojas y blancas, destacándose las eléctricas como gotas caídas de la luna, entre las temblonas pinceladas del gas.[620]

--¡Buenos Aires! ¡Viva Buenos Aires!--gritan a proa, con entusiasmo de peregrinos.

No, tampoco es Buenos Aires. Es Montevideo.

El buque tras una detención de algunas horas, sigue su rumbo. Ahora parece que navega sobre algodones. Los pasajeros, acostumbrados al movimiento de todo cuanto les rodea, a sentir ondular el piso bajo sus plantas, a la oscilación general de los objetos, experimentan una extrañeza casi molesta, al ver que el buque avanza, y, sin embargo, parece inmóvil. El río, obscuro, toma[621] blancuras de leche bajo la luz de las farolas de los buques. Una línea de boyas encendidas marca el paso a las embarcaciones en esta inmensidad.

La placidez de la navegación, el momentáneo silencio, el descansar de maderas y hierros que han venido frotándose y cantando un monótono _ric-ric_ durante medio mes, todo invita al sueño; y sin embargo, pocos duermen.

La gente, tendida en la cubierta y en los sollados, sueña con los ojos abiertos. Percibe la proximidad de algo extraordinario, algo que la estremece con la emoción de lo desconocido. Cree oír la respiración de un organismo enorme. Buenos Aires está cerca. Y los que ansiaban tanto llegar a ella, vacilan ahora y tiemblan. ¡Adiós, fantasías de la soledad! Ya se hallan vecinos a la gran Esfinge. ¿Cómo irá a recibirles?...

Los bravos exterminadores de serpientes y de indios empiezan a dudar de sus fuerzas. Hay algo en el ambiente que repele estas fantasmagorías, que ríe de ellas, como los buenos vecinos de la[622] Mancha reían de los heroicos e irreales propósitos del esforzado hidalgo. El emigrante empieza a sentirse igual a como era antes de poner el pie en el transatlántico. ¡Acabaron los ensueños del mar! Reaparecen sus indecisiones, sus timideces, su falta de confianza en la suerte.

El animal humano está próximo, la sociedad sale a su encuentro, y esto basta para que se desvanezca[623] el superhombre de vida fugaz engendrado en las soledades de la navegación; el héroe de todos los arrojos, que no reconocía obstáculos.

Apenas apunta el día, la cubierta se llena de gente. Las boyas luminosas destacan sus luces cabeceantes en la penumbra del crepúsculo. Todos se agolpan en la proa deseosos de ser los primeros en contemplar la esperada visión.

--¡Buenos Aires!... ¿Dónde está Buenos Aires?

Una cortina de niebla oculta el horizonte. La sirena del buque ruge a ciegas en este ambiente blanco y denso, semejante al de los mares septentrionales. El agua, de un color lácteo, a impulsos de la marea ascendente, choca con manso susurro contra los costados de la nave. A través de los espesos telones de la atmósfera pasan otras sombras, lentas, enormes y negras: vapores que avanzan con la grave calma del peligro; veleros de arboladura escueta que se deslizan siguiendo sumisos el tirón del remolcador.

De pronto, el transatlántico modera su leve marcha; apenas se mueve ya. Al mismo tiempo desgárranse los velos del horizonte y la luz pálida de la mañana saca de la bruma todo un mundo. Aparece a ambos lados del buque el río inmenso, sin orillas, como un mar de dilatados horizontes, y frente a la proa una ciudad, más bien dicho, una extensión cubierta de edificios, ilimitada, sin términos visibles, infinita como la superficie acuática.

--¡Buenos Aires! ¡Al fin!... Esto es Buenos Aires.

La retina no puede abarcar los muelles, que se[624] pierden de vista; las dársenas llenas de buques, que se esfuman en el horizonte; los almacenes y elevadores de trigo, altos y majestuosos como catedrales; las arboledas que siguen la ribera; las calzadas polvorientas por donde pasan trenes y rosarios interminables de carretas. Detrás, altos edificios y suaves rampas marcan una altura, una cuchilla de tierra, el perfil de una meseta de contornos pulidos por el secular arrastre del río; y sobre esta meseta se extiende la urbe, uniforme, baja, monótona, pero de una grandiosidad inabarcable; una ondulación de tejados grises, que se pierde en el horizonte, que avanza tierra adentro, borrando toda idea de límites, desorientando a las imaginaciones, que en vano pugnan por abrazarla; un caparazón gigantesco, en el cual cada escama es la cubierta de una vivienda; un escudo inmenso e igual, del que sobresalen torres y cúpulas como un adorno de clavos, y borlones de seda verde, que son frondosos jardines.

Los que llegan se sienten intimidados por esta enormidad. La capital gigantesca parece caer sobre ellos con mortal gravitación.

--¡Qué grande!... ¡Qué grande!...

¡Adiós arrogantes propósitos de conquista, gallardías audaces de dominación y rápido encumbramiento! Es la ciudad la que conquista a los recién venidos, la que los hace sus esclavos, tímidos y sumisos, con sólo mostrarse un momento, fría y casi dormida entre las brumas del amanecer.

Muchos de los que llegan nacieron en una aldea o en el campo; no han visto otras ciudades que las de los puertos de embarque, y quedan espantados, enmudecidos por el respeto y el pavor a la vista de esta gran metrópoli de rápidas transformaciones, que todo lo encuentra estrecho, que rompe cada cinco años el traje de albañilería que le fabrican los hombres, y crece y crece, no reconociendo fronteras en su desarrollo.

Lisboa es más escenográfica, con su caserío en cuesta que permite apreciar las grandezas de[625] la edificación: Río Janeiro realza su belleza arquitectónica dentro de un estuche de verdura, entre montañas que forman un marco rosado a la copa de su bahía; pero los emigrantes experimentan una impresión más profunda, de asombro y anonadamiento, a la vista de Buenos Aires. Sus frentes se contraen; sus ojos miran con incertidumbre.

--¡Qué grande!... ¡Qué grande!...

Y todos piensan con una emoción parecida al miedo, en lo que les aguarda dentro de este caserío achatado, monótono, infinito, igual a la concha protectora de una gran bestia prehistórica.

Avanza lentamente el transatlántico, con ligeras pausas de inmovilidad, como si fuese tanteando el camino para evitarse un encontrón. Navega entre diques, y va a atracar dulcemente en un amplio muelle defendido por una cubierta de acero y cristales, como una estación de ferrocarril.

En el desembarcadero se reúnen grupos de curiosos. Los marineros de la vigilancia marítima, con el machete al cinto, forman fila para contener al gentío que pretende avanzar y llama a gritos a los amigos que llegan en el buque. La policía huronea y mira con ojos inquietos, temiendo el desembarco de gentes peligrosas, de elementos de desorden barridos por las aventuras del viejo mundo.

¡Cuán pequeño es ahora el transatlántico! Pegado a tierra puede apreciarse mejor su grandeza, y, sin embargo, parece más mezquino, más insignificante que en medio de los amplios puertos donde echó sus anclas antes de llegar aquí. La comparación con centenares y centenares de otros buques, que alineados en las tranquilas aguas del río, entre muelles, diques y puentes se esfuman en el horizonte, borra la apreciación de su tamaño. La cantidad desvanece el valor de la dimensión. ¡Son tantos y están tan agrupados los gigantes marinos!... Cada uno de estos buques, destacándose aislado en medio del azul de una bahía, puede admirar por la grandeza y arrogancia de sus proporciones. Aquí no es nada; se pierde entre sus compañeros en una extensión acuática de catorce kilómetros: es una chimenea más entre centenares de chimeneas; dos mástiles que vienen a confundirse en la inmensa selva de palos y cordajes sobre la que revolotean las banderas como mariposas de colores.

Las dársenas, enormes plazas de agua, no son dársenas: son corrales de buques donde se aglomeran los monstruos flotantes como doméstico rebaño.

Los mercenarios de _Salambó_,[626] al marchar de Cartago, veían con cierta inquietud, clavadas a los árboles por los cuatro remos, bestias moribundas que agitaban su roja melena entre estertores agónicos.

--¿Qué nación es ésta que crucifica a los leones?...--murmuraban asombrados los personajes de Flaubert.

Algo semejante piensa el viajero al llegar al puerto de Buenos Aires, en una mañana fría y brumosa.

--¿Qué pueblo es éste que trata a los gigantes del mar como si fueran reses?...

Todos los días se presentan en sus muelles enormes transatlánticos, mansos, lentos, como vacas rojas o negras que vinieran a pastar en las praderas azules del océano. Detiénense junto a sus almacenes para ser ordeñados por la poderosa ciudad, a la que dan generoso alimento; y cuando sus entrañas están exhaustas, cuando han soltado el chorro de hombres y hasta la última gota sólida del cargamento, Buenos Aires les da con un pie en[627] la amplia grupa, enviándolos a descansar en sus inmensos corrales de agua. Entran en una dársena, y si en ella no hay lugar, se trasladan a otra, y luego a otra, pasando entre murallas, apartando[628] puentes, seguidos de remolcadores que silban, corren y rodean el pesado rebaño de leviatanes como si fuesen sus zagales. Y en los inmensos apriscos acuáticos descansan los monstruos varios días, recibiendo la alimentación de tierra adentro, que les sirven grúas y elevadores, hasta que repletas sus entrañas de vigorosas riquezas y con nueva sangre negra en las carboneras, vuelven a emprender la marcha, río abajo, hacia los azules[629] campos.

Ya atracó la nave. Se arrancan los emigrantes de la contemplación de la ciudad, para arrollar y enfardar sus ropas. El puente ha quedado tendido desde el muelle a un costado del buque. ¡Gente a tierra!... Las mujeres toman de la mano sus ristras de pequeñuelos y se colocan sobre la cabeza, como enorme turbante, el atado de ropas. Los hombres se concorvan bajo los fardos de mantas y colchones. Algunos, pobremente vestidos de señoritos, desembarcan con las manos en los bolsillos, silbando para distraer su emoción. Otros llevan por todo equipaje una guitarra y saludan con gritos y risotadas a los amigos que les esperan en el muelle.

El rebaño de miseria y esperanza desfila y desfila hacia lo desconocido. ¿Qué les aguardará en el interior de este monstruo gris y achatado que todos los días devora su ración humana?...

Los peregrinos pasan y pasan por el puente de madera, bajo la mirada escrutadora de la policía. ¡Ni una palabra! El ambiente es de libertad. El Hotel de Emigrantes ofrece asilo a los que se presentan sin amigos y recomendaciones. Las oficinas están abiertas para los que llegan desvalidos, sin un propósito determinado. La nueva tierra les ofrece cama, alimento y el ferrocarril o los vapores fluviales necesarios para que se trasladen al interior, donde hay demanda de brazos.

Los que llegan no encuentran obstáculos, y, sin embargo, parecen cohibidos, atemorizados.

"¡Ay, Buenos Aires!... ¡Tan grande!... ¡Tan grande!..."

La inmensa metrópoli sudamericana pesa sobre ellos con toda su enormidad.

Nadie echa ya la cabeza atrás con arrogancia belicosa, ni saca el pecho fanfarronamente. Las frentes se bajan a impulsos de la inquietud; las espaldas parecen encorvarse como si sintieran por adelantado el peso de una vida de laboriosidad que va a empezar.

Y los soñadores del océano, que fantasearon las más absurdas grandezas como final de su viaje, entran a la nueva vida por un camino fácil, encontrando inmediatamente el trabajo y el pan; pero entran cabizbajos... como animales domados... como ilusos que despiertan para caer en la realidad.

EL MINISTRO DRAGO AL MINISTRO GARCÍA MÉROU

(TITLE: =Drago=. Towards the end of the year 1902 the internal dissensions of the republic of Venezuela and the mismanagement of Dictator Castro's administration caused the destruction of much foreign capital, and finally led to the repudiation of loans contracted by Venezuela in Europe. The situation became acute when in 1903 England, Germany, and Italy sent a combined fleet to blockade the ports of Venezuela. Castro appealed to the United States, claiming that the Monroe Doctrine was being violated. The matter, at the instance of the United States, was finally settled by the Hague Court of Arbitration, which decided that Venezuela should meet the British, German, and Italian claims. Previous to the blockade Argentina, through her secretary of state, Drago, sent the following note to the United States, protesting against the use of force on the part of any foreign nation to collect indemnities due to their subjects, or installments on loans. This further extension of the Monroe Doctrine is called by the Argentineans the Drago Doctrine.)

Buenos Aires, 29 de Diciembre de 1902

Señor ministro:

He recibido telegrama de V. E., fecha 20 del corriente, relativo a los sucesos últimamente ocurridos entre el gobierno de la República de Venezuela y los de la Gran Bretaña y la Alemania. Según los informes de V. E., el origen del conflicto debe atribuirse en parte a perjuicios sufridos por súbditos de las naciones reclamantes, durante las revoluciones y guerras que recientemente han tenido lugar en el territorio de aquella república y en parte también a que ciertos servicios de la deuda externa del Estado no han sido satisfechos en la oportunidad debida.[630]

Prescindiendo del primer género de reclamaciones, para cuya adecuada apreciación habría[631] que atender siempre las leyes de los respectivos países, este gobierno ha estimado de oportunidad transmitir a V. E. algunas consideraciones relativas al cobro compulsivo de la deuda pública, tales como las han sugerido los hechos ocurridos.

Desde luego se advierte, a este respecto, que[632] el capitalista que suministra su dinero a un Estado extranjero, tiene siempre en cuenta cuales son los recursos del país en que va a actuar, y la mayor o menor probabilidad de que los compromisos contraídos se cumplan sin tropiezo.[633]

Todos los gobiernos gozan por ello de diferente crédito, según su grado de civilización y cultura y su conducta en los negocios, y estas circunstancias se miden y se pesan antes de contraer ningún empréstito, haciendo más o menos onerosas sus condiciones, con arreglo a los datos precisos que en este sentido tienen perfectamente registrados[634] los banqueros.

Luego, el acreedor sabe que contrata con una entidad soberana y es condición inherente de toda soberanía que no pueda iniciarse ni cumplirse procedimientos ejecutivos contra ella, y que ese modo de cobro comprometería su existencia misma, haciendo desaparecer la independencia y la acción[635] del respectivo gobierno.

Entre los principios fundamentales del derecho público internacional que la humanidad ha consagrado, es uno de los más preciosos el que determina que todos los Estados, cualquiera que sea la fuerza de que dispongan, son entidades de derecho, perfectamente iguales entre sí y recíprocamente acreedoras por ello a las mismas consideraciones y respeto.

El reconocimiento de la deuda, la liquidación de su importe, puede y debe ser hecha por la nación, sin menoscabo de sus derechos primordiales como entidad soberana; pero el cobro compulsivo e inmediato en un momento dado, por medio de la fuerza, no traería otra cosa que la ruina de las naciones más débiles y la absorción de su gobierno con todas las facultades que le son inherentes por los fuertes de la tierra. Otros son los principios[636] proclamados en este continente de América. "Los contratos entre una nación y los individuos particulares son obligatorios según la conciencia del soberano, y no pueden ser objeto de fuerza compulsiva", decía el ilustre Hamilton. "No confieren derecho[637] alguno de acción fuera de la voluntad soberana."