Part 14
Las tiendas europeas de hoy, híbridas y raquíticas, sin carácter local, han desterrado la tienda porteña de aquella época, de mostrador[567] corrido y gato blanco formal sentado sobre él a guisa de esfinge.
¡Oh, qué tiendas aquéllas! Me parece que veo sus puertas sin vidrieras, tapizadas con los últimos percales recibidos, cuyas piezas avanzaban dos o tres metros al exterior sobre la pared de la calle; y entre las piezas de percal, la pieza de pekín lustroso de medio ancho, clavada también en el muro, inflándose con el viento y lista para que la mano de la marchanta conocedora apreciase la calidad del género entre el índice y el pulgar, sin obligación de penetrar a la tienda.[568]
Aquélla era buena fé comercial y no la de hoy, en que la enorme vidriera engolosina sin satisfacer las exigencias del tacto que reclamaban nuestras madres con un derecho indiscutible. ¡Y qué mozos! ¡Qué vendedores los de las tiendas de entonces! ¡Cuán lejos están los tenderos franceses y españoles de hoy de tener la alcurnia y los méritos sociales de aquella juventud dorada, hija de la tierra, último vástago del aristocrático comercio al menudeo de la colonia! No pasaba una señora ni una niña sin tributar los más afectuosos saludos a la rueda de contertulianos sentados cómodamente en sillas colocadas en la calle y presididos por el dueño del establecimiento. Y cuando las lindas transeuntes penetraban a la tienda, el dueño dejaba a sus amigos, saludaba a sus clientas con un efusivo apretón de manos, preguntaba a la mamá por "_ese caballero_",[569] echaba algunos requiebros de buen tono a las[570] señoritas, tomaba el mate de manos del _cadete_ y lo ofrecía a las señoras con la más exquisita amabilidad; y sólo después de haber cumplido con todas las reglas de este prefacio de la galantería, entraban clientas y tenderos a tratar de la ardua cuestión de los negocios.
Había siempre en las tiendas de antaño un olor inextinguible a tripe, porque nunca faltaban cuatro o seis grandes cilindros de tripe inglés formados a la entrada de la casa, que, a su calidad de mercadería de fondo, reunían la ventaja accesoria de servir de poyos para sentarse los tertulianos[571] habituales del establecimiento. Y después los mostradores estaban alfombrados con tripes representando todo un jardín zoológico de fieras estampadas, tigres, panteras, gatos monteses y leones rubicundos, reposados majestuosamente sobre paisajes historiados de selvas de lana, con que las fábricas de Manchester reemplazaban en nuestras mansiones aristocráticas de entonces la carencia de Aubusson y de Gobelinos[572].
¡Qué agilidad aquélla con la que el patrón, apoyándose sobre la mano izquierda, saltaba el mostrador! ¡Qué gracia con la que desplegaba ante los ojos de las clientas, de un golpe, y como un prestidigitador, la pieza de percal, de muselina o de _barège_ envuelta alrededor de la tablilla, que quedaba, desnuda de su preciosa mercancía, abandonada indiferentemente sobre el mostrador! ¡Qué elasticidad de movimientos, qué vertiginosa rapidez, la que el tendero de aquel tiempo desplegaba para medir sobre la vara el lote vendido, dejándolo[573] amontonarse ampulosamente sobre el mostrador con elegante negligencia, acariciando el género con los dedos, llevándolo a los ojos de la compradora, poniéndoselo en la mano, restregándolo para justificar la falta absoluta de goma y otras añagazas de fábrica, y hasta trayendo el único vaso de la trastienda lleno de agua, para ensopar en él el extremo de la pieza de muselina y justificar la tinta indeleble de la tela!
CON RUMBO A LA ESPERANZA
VICENTE BLASCO IBÁÑEZ[574]
Europa pierde anualmente una parte de su población, insignificante por el número si se la compara con la gran masa humana que habita su suelo, valiosa por las iniciativas enérgicas y el coraje que demuestra al abandonar la tierra patria con rumbo a lo desconocido.
Todas las semanas apártanse de sus costas enormes buques, que vomitando humo se lanzan a través de las infinitas y azules soledades, repleto el cóncavo vientre de carne humana, que sufre, se agita, sueña o se estremece con los internos espejismos de la esperanza. Salen de los muelles escarchados y brumosos del Báltico; de los puertos ingleses, negros de polvo de hulla, en cuyo ambiente grasoso parece esparcirse un vago perfume de té y tabaco con opio; de las costas de la Francia oceánica, que opone sus bancos vivos de[575] mariscos y los obscuros pinares de sus landas a los rabiosos asaltos del fiero golfo de Gascuña; de las bahías españolas, inmensas copas de tranquilo azul, sobre las cuales trenzan y destrenzan las gaviotas el blanco aleteo, como asustadas por el intempestivo chirrido de una grúa o el mugido de una sirena; de las escalas del Mediterráneo, sonrientes y adormecidas bajo la ardiente lluvia del sol; ciudades blancas, con la alba crudeza de la cal o la suave y aristocrática del mármol; ciudades en cuyos embarcaderos flota un ambiente de hortalizas marchitas y frutos sazonados, y en las que el viento de tierra lleva hasta los buques, junto con el nupcial aliento del naranjo y el varonil incienso del almendro, briosos rasgueos de la guitarra ibera, los repiqueteos del tamboril[576] provenzal y lánguidos arpegios de las mandolinas italianas.
Los gigantes marinos mueven las invisibles uñas de sus hélices y se despegan de la tierra. Su proa, como un hocico inteligente, parece husmear el horizonte para adivinar la senda a traves del infinito, y en torno de su grupa rebullen convertidas[577] en jabonosa espuma las aguas grises o negruscas de los mares septentrionales, las azules ondulaciones atlánticas o las verdes linfas mediterráneas, pobladas de chisporroteos de sol y escamas de oro, que pasan y se renuevan como estrellas fugaces en las glaucas profundidades.
* * * * *
Desapareció la tierra: agua por todas partes. El azul blanquecino del cielo sobre el azul negrusco[578] de las olas. La proa que se alza hasta ocultar la faja del horizonte o se hunde elevando sobre su ángulo la lejana línea del mar, como una muralla oscura; la popa, que parece desplomarse en el abismo a cada ondulación, o al remontarse acaricia algunas veces el espacio con infructuosas paletadas de sus hélices; el mugir lejano de las máquinas en lo más profundo de las entrañas del leviatán de acero, revelan únicamente el movimiento,[579] la marcha. Sin esto el buque parecería inmóvil encantado en medio de la inmensidad[580] circular y monótona. Avanza y avanza, y siempre parece estar en el mismo sitio, en el centro exacto del circo infinito.
¿Adónde va el buque a través del misterio azul? ¿A qué lejana tierra de ensueño conduce su cargamento de miseria y esperanza?...
* * * * *
Hace años, estos férreos transportadores de hombres seguían todos el mismo rumbo, con la tenacidad rutinaria del rebaño que, una vez aprendido un camino, no sabe salirse de él.[581]
Al abandonar las costas europeas ponían la proa al Oeste, siguiendo los mares septentrionales agitados o brumosos. Todos se daban cita en las costas de una inmensa nación, tragaderos insaciables[582] de hombres, olla hirviente de todas las razas, tierra de prodigios monstruosos, de iniciativas desconcertantes en fuerza de ser grandiosas; país rodeado de una leyenda de maravillas, con minas de oro más opulentas que las del tiempo de Salomón,[583] edificios de mayor altura que la torre de Babel[584] o los pensiles de Semíramis, e invenciones[585] como no las soñaron los antiguos magos.
Ahora ya no navegan todos los gigantes del mar con rumbo a los Estados Unidos de la América del Norte. El camino se ha bifurcado. El colosal rebaño de humo y acero se reparte, y mientras unos marchan todavía hacia el Oeste para llevar las últimas provisiones de energía humana al pueblo más progresivo de los tiempos modernos, otros ponen la proa al Sur en busca de un nuevo país abierto a la ilusión y al noble espíritu aventurero de los que desean cambiar de medio.
En todas las épocas de la Historia han existido ciudades de renombre mundial, ciudades-esperanza[586] hacia las cuales se han vuelto con anhelante deseo los ojos de los hombres. Lo que la gloriosa Atenas fué para los artistas de remotos siglos, lo que representó Roma para los varones del mundo antiguo, que veían en ella un escenario sonoro de[587] su actividad intelectual, lo han sido otras poblaciones[588] para los hombres ansiosos de conquistar rápidamente una posición económica sin tropezarse con las trabas y obstáculos que oponen las sociedades viejas y exuberantes de población.
El nombre de estas ciudades de prodigios evoca imágenes de suntuosidad y amontonamiento de riquezas; sugiere la visión de fortunas amasadas vertiginosamente; suena en los oídos con el sugestivo retintín del oro, y todos los valerosos en el eterno combate de la vida corrieron a ellas con la desesperación heroica del que ansía morir o abrirse paso.
Bagdad, la mágica Bagdad de _Las mil y una_[589] _noches_, ha hecho soñar durante mil años a los pueblos orientales, que veían en la lejana metrópoli del Tigris inmensos tesoros guardados por los genios y las peris para premios de los buenos.
La medioeval Toledo, patria de mágicos prodigiosos,[590] brujos omnipotentes y alquimistas fabricantes de oro, ocupó la imaginación de los europeos siglos y siglos, evocando en su sencilla fantasía montones inmensos de monedas rutilantes, cuevas rellenas de barras del precioso metal, palacios carcomidos, próximos a hundirse bajo el[591] peso de inauditas riquezas. ¡Ser brujo de Toledo! ¡Poseer la receta misteriosa para la fabricación del oro!... Esta ilusión estaba tan arraigada en el alma medioeval, que ha perdurado a través de los siglos, y aun hoy las viejas judías de Salónica[592] y Constantinopla que guardan las tradiciones de España, patria de sus mayores, cantan viejos romances a la gloria de la ciudad del Tajo y sus fantásticas riquezas.
Durante la colonización hispanoamericana, el renombre de una ciudad casi desconocida ahora, conmovió el mundo. ¡Potosí!... Al pronunciar[593] este nombre veíase con la imaginación un monte inmenso de engañosa corteza terrena, en la que bastaba arañar un poco para que quedasen al descubierto las entrañas de metal deslumbrador. Semejantes al rey Midas de la[594] leyenda, que convertía en oro todo cuanto tocaba, los hombres de este país de maravillas vivían rodeados de una abrumadora y forzosa suntuosidad. La plata valía menos que el hierro y la loza grosera. De plata eran las herramientas del trabajo, los objetos de usos más viles, las vajillas ordinarias, y hasta los guijarros con que se apedreaban los muchachos.
¡Potosí! ¡Mágico nombre!... En Europa los labriegos se hacían soldados para poder llegar en son de conquista al famoso país: los estudiantes y los clérigos cambiaban las negras bayetas escolásticas por el coleto de ante y la espada del aventurero: hasta los nobles abandonaban el regalo y las intrigas de la corte y partían a la conquista del Vellocino, despreciando la renta[595] vulgarísima y reposada de sus cortijos, toradas y tierras de pan llevar, ante la esperanza de una[596] fortuna inmensa, rápida, fulminante, en un país donde acababa de realizarse el secular ensueño de El Dorado.[597]
Luego, durante una mitad del siglo XIX, otro nombre de América hizo palidecer el de la famosa[598] ciudad del Alto Perú. ¡California! ¡Los _placeres_ de oro inmediatos al Pacífico!... Y los soñadores de Europa que habían dedicado de antemano su vida a la aventura y al peligro, corrieron al encuentro de esta nueva resurrección de la Quimera que agitaba sus escamas de oro al otro lado[599] de los mares: y las gentes de simple entendimiento y férrea voluntad les siguieron en esta peregrinación hacia la riqueza, descuajándose de la existencia sedentaria, arracándose de las raíces que les unían a la aldea natal, al campo alimentador de su estirpe, para afrontar los peligros de una correría errante e incierta.
Hoy todos estos nombres no son más que recuerdos históricos, rótulos sonoros de ilusiones muertas, de esperanzas hechas polvo. El metal precioso, que era su alma, desapareció arrastrado por la circulación mundial, y sólo queda la mísera[600] máscara que lo contuvo, ruinas que hablan con su triste aspecto de una esplendidez desaparecida para siempre.
Pero la humanidad necesita una ilusión, una esperanza de riqueza que la acaricie en sus horas de desengaño y penuria, y otro nombre ha venido a sustituir a los mágicos nombres antiguos:... ¡Buenos Aires!
Es necesario ser europeo para comprender lo que estas palabras significan en el Viejo Mundo. ¡Buenos Aires!... Al pronunciar este nombre, la imaginación no ve minas de oro, tesoros resplandecientes que se ofrecen a la codicia del recién llegado sin más trabajo que agacharse para poseerlos. Hoy hasta los más ilusos saben que la conquista de la riqueza supone esfuerzo, y Buenos Aires, a través de las más optimistas fantasías, aparece siempre como un El Dorado del trabajo. Lo que este nombre evoca en la mente de los peregrinos mundiales que marchan hacia la tierra argentina no es una visión de oro, sino de rebaños infinitos, al lado de los cuales parecen míseras tropillas los ganados bíblicos de los profetas y la fortuna pastoril de los pueblos nómadas de la antigüedad; campos inmensos como un océano terrestre sobre los cuales tiene el cielo los mismos espejismos y rutilantes atardeceres que sobre el mar; suelos de maravillosa fecundidad, que sólo hay que abrirlos con el surco para que surja al momento, en forma de espléndidas cosechas, una energía fecundante, resto sin duda de las primeras fuerzas que presidieron la formación planetaria y que han estado dormidas durante miles de siglos en las entrañas del globo.
Buenos Aires, cuyo nombre se confunde con el de todo el país argentino en la simple imaginación de muchas gentes, significa la fortuna por el trabajo. Pero hasta este trabajo tiene algo de maravilloso, de inaudito, de nunca visto. El trabajo europeo es para el emigrante una esclavitud penosa, ingrata, degradadora, de la que quiere librarse para siempre: escasos jornales, que apenas si bastan[601] para la satisfacción de las necesidades más primarias; imposibilidad del ahorro como medio de cambiar algún día de posición; falta absoluta de esperanza de mejoramiento; largas temporadas de famélico descanso por abundancia excesiva de brazos, y por encima de todo esto el fatalismo social del mundo viejo, que marca al pobre desde que nace, condenándolo a permanecer eternamente abajo, sin una ilusión, sin un resquicio en su mísera obscuridad, por donde pase la mano de la Fortuna y le busque a tientas tirando de él hacia lo alto.
¡Buenos Aires!... Este nombre hace soñar al desesperado. Al repetirlo mentalmente se siente fortalecido, con energías centuplicadas para la lucha. ¡Trabajará! el trabajo no le da miedo. Desarrollará una actividad triple o cuádruple que en Europa sin sentir cansancio, porque verá inmediatamente en sus manos el resultado de sus esfuerzos y conocerá la remuneración amplia y generosa. Sus brazos van a ser algo solicitado y respetado, con un valor positivo, sin el desprecio de la infinita concurrencia. Al fin va a entrar en relación con el dinero, antes invisible, y el trabajo le buscará, en vez de marchar tras él implorándolo como una limosna.
Hay además en todo emigrante algo de esperanza novelesca; la quimera que acompaña siempre a los hombres, aun a los de pensamiento más rudimentario, en todas las empresas de su vida. ¡Buenos Aires!... Al conjuro de este nombre surgen en la memoria historias maravillosas de rápidas y enormes fortunas; cuentos reales de lo que pudieran llamarse _Las mil y una noches_ de la riqueza moderna: historias de españoles que llegaron al suelo argentino sin otro haber que un hato de ropa al hombro, para juntar en los años de su existencia veinte millones de pesos y extensiones de tierras grandes como provincias: historias de italianos que emprendieron el viaje para ser músicos en cualquier teatrillo de extramuros y acabaron poseyendo centenares de leguas en la fecunda Pampa. ¿Por qué han de ser ellos los únicos? Lo que ocurre a un hombre, ¿no puede ocurrirle a otro?
--¡Quién sabe!... ¡Quién sabe!...
Y murmurando mentalmente palabras de esperanza, se duermen sobre las cubiertas en la noches templadas de la travesía, unos contra otros, confundiendo miserias e ilusiones, como dormían en sus campamentos, muchas veces sin comer y transidos de frío, los soldados de Napoleón, pensando en el majestuoso Murat,[602] antiguo mozo de mulas; en el rey Bernadotte[603], nacido en una panadería; en todos los príncipes, mariscales y monarcas venidos de abajo, lo mismo que el último granadero; recuerdos que inflamaban su entusiasmo, borrando con el cálido esponjazo de la ilusión penalidades y desalientos.
¡Buenos Aires!... ¿Qué misterioso poder hace circular este nombre por toda Europa? ¿A impulsos de qué ley surge siempre con caracteres de fuego en la negra pesadilla del desesperado que recuerda con terror los compromisos y miserias del día siguiente? ¿Quién lo murmura, como un tenue susurro de esperanza, al oído de todos los que desean cambiar de suelo y de existencia?
Años atrás el Gobierno argentino fomentaba directamente la inmigración, tenía agentes reclutadores en todas las naciones, pagaba los pasajes; pero ahora hace mucho tiempo que ha abandonado este sistema. Ya no se cuida de atraer gente, pues tiene confianza en las excelentes condiciones del país y sabe que aquélla no ha de faltarle. Deja que el emigrante llegue a impulsos de su propia voluntad, costeándose el viaje (con lo que evita en parte el contingente de mendigos profesionales), y sólo se encarga de auxiliarle y dirigirle desde que pisa el suelo argentino. ¿Quién, pues, aconseja al emigrante europeo este viaje? ¿Quién ha lanzado el nombre mágico, evocador de esperanzas, en el escondido valle del centro de Europa, en la casa de madera perdida bajo las nieves de la estepa rusa o los fiords noruegos, en la exigua aldea de pescadores a orillas del Atlántico y del Mediterráneo, o en los barrios policromos de las tortuosas y dormidas ciudades de Oriente?...
Se dirá que los más[604] de los que emigran tienen parientes o amigos establecidos desde muchos años antes en la tierra argentina. Cerca de dos millones de extranjeros viven en ella, y éstos, satisfechos de su nueva existencia y gozando de una prosperidad--por escasa que sea--siempre superior a la que disfrutaban en el viejo continente, ejercen una atracción poderosa sobre su lejana patria.
Muchos de los que se embarcan sienten acallada su zozobra por la seguridad de que alguien les espera en la orilla americana. El muchachuelo español de boina azul que entona canciones en los bailoteos de a bordo, lleva oculta en el pecho una carta para el paisano y pariente que salió hace años de la aldea asturiana o la casería vasca para no volver más, sobreviviendo en la memoria de la familia y el vecindario con el prestigio de lejanas y fabulosas riquezas. El personaje omnipotente es almacenero en el campo, tiene un boliche en las inmensidades de la Pampa o Río Negro, y[605] el muchachuelo, apenas desembarque, pasará por Buenos Aires velozmente, yendo a caer en línea recta tras un mostrador, centenares de leguas tierra adentro, donde con una adaptación sonriente, como si hubiera salido de la casa paterna un día antes, comenzará a servir copas a los parroquianos de poncho, chiripá, bota de potro y sonoras[606] espuelas, que tal vez saluden a un futuro millonario en el listo _galleguito_. Los hebreos del lejano Oriente llevan recomendaciones fraternales para sus correligionarios de Buenos Aires dedicados a industrias urbanas, o para los que cultivan las colonias de Entre Ríos. Los italianos cuentan[607] siempre en Argentina los parientes a centenares. Algunos de los que van en el buque han hecho el viaje varias veces. Son _golondrinas_ que llegan[608] en la época de la recolección de las cosechas, cuando se pagan los jornales a precios exorbitantes, y luego, con los ahorros bajo el ala, emprenden el viaje de retorno, tomando el transatlántico como quien toma el tranvía. Muchos que llegan por primera vez serán colonos, peones del campo, al lado de los amigos que les precedieron, o se dedicarán bajo su dirección y consejo a todas las faenas urbanas.
Es cierto que una parte de emigración actual va a la Argentina atraída por los compatriotas que hicieron antes el viaje, o recomendada a éstos. Pero, ¿quién atrajo y aconsejó a los que llegaron primeramente por su propia iniciativa? ¿Quién impulsa ahora a los que se presentan solos, sin apoyos ni conocimientos, fiados al buen gesto del destino? ¿Quién ha hecho que el recuerdo de Buenos Aires surja como una suprema solución en el ánimo de todo europeo que atraviesa uno de esos conflictos que cambian una vida?
Cada grupo cosmopolita que llega a los muelles de Buenos Aires es una nueva prueba de la fama mundial de la ciudad-esperanza, moderna Sión para todos los que ansían paz, trabajo y bienestar.
Su nombre circula por el mundo viejo como una brisa dulce que despierta las almas adormecidas. Las razas sin patria y los pueblos que empiezan a dudar de la que tienen por no encontrar en su seno más que pobrezas y opresiones, sienten como un rejuvenecimiento al pensar en este país maravilloso donde se realizan los más asombrosos _avatares_. Es la tierra donde el holgazán se siente activo, el apático se mueve con los entusiasmos del optimismo, y el que era en el viejo continente torpe e inútil, deformado por la estrechez del ambiente natal, surge del duro quiste rutinario con originales iniciativas, como si le inspirase el nuevo medio.
"¡Buenos Aires!", murmura el viento en las noches invernales, al colarse por el cañon de la chimenea en la cocina campestre, española o italiana, donde la familia pasa las horas triste y silenciosa, rumiando cómo podrá evitar al día siguiente el embargo de los cuatro terrones que[609] constituyen su fortuna, o cómo adquirirá el pan necesario: "¡Buenos Aires!", muge el vendaval cargado de copos de nieve al filtrarse por entre los maderos de la isba rusa: "¡Buenos Aires!", parece escribir el sol en arabescos temblones de[610] luces y sombras en los muros calizos de la callejuela oriental, ante los ojos del pobre otomano, encorvado por la servidumbre y el miedo: "¡Buenos Aires!", repiten las alas de oro de la Ilusión cuando vuela de reverbero en reverbero, a altas horas de la noche, por los desiertos bulevares[611] de las grandes metrópolis europeas, precediendo los pasos del pobre desesperado, sin hogar, sin pan, que estudió para morirse de hambre, que ha visto fracasadas por falta de ambiente todas sus iniciativas, y tal vez piensa en el suicidio.
Y todos, sin distinción de razas y clases, ignorantes e intelectuales, fuertes o humildes, al conjuro de este nombre ven alzarse en el último término del paisaje de su fantasía, bañada por la luz verde de la esperanza, una mujer majestuosa, pero de esbeltez juvenil, sin la pesadez imponente de la matrona; una mujer blanca y azul como las[612] vírgenes soñadas por Murillo, con el purpúreo[613] tocado, signo de libertad, sobre la suelta cabellera; una mujer que sonríe abriendo en cruz los brazos amorosos y deja caer desde su altura de montaña palabras que revolotean como pétalos de rosa y mariposas de oro.
--Venid a mí, los que tenéis hambre de pan y sed de libertad. Venid a mí, los que llegasteis tarde a un mundo demasiado repleto. Mi hogar es grande; mi casa no la construyó el egoísmo. Está abierta a todas las razas de la tierra, a todos los hombres de buena voluntad.--
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