Part 13
Estratificada así la sociedad, el historiador puede seguir una línea correspondiente de separación durante todo el proceso histórico. Dos factores, diferentes cuando no antagónicos, se desarrollaron[508] en esas sociedades al sonar la hora de la revolución. El uno el factor idealista, que pudiéramos decir, se inspiraba en un pensamiento aristocrático, siquiera sea dicho en su estricto sentido etimológico, puesto que respondía a la convicción de que[509] las clases superiores y cultas tienen la responsabilidad de tutela social. Para estas clases el problema político era un problema filosófico, dependiente en gran parte de una legislación apropiada. Aunque para los prohombres el gobierno más perfecto era el que garantizaba el mayor bien al mayor número, ése era el límite extremo de sus teorías democráticas. Dado el medio en que actuaban, ninguno de ellos hubiera ido tan lejos como para proclamar el derecho de todos y de cada uno a contribuir con su expresión individual a formar el ideal colectivo; a constituir, en suma, una nación que fuera expresión fiel de la cultura moral y social existente entonces en el pueblo. Ninguno se habría resignado a dejar en manos de las ciegas mayorías el futuro de la nación. Nadie habría llevado tan lejos su fe en los instintos de la colectividad. Creían, pues, en el gobierno de los mejores, es decir, de los que ellos creían tales, pues para medir los méritos de los hombres aplicaban el cartabón de la cultura y de la sabiduría y no el simple magnetismo personal ni otras cualidades elementales y primitivas, que en los estratos inferiores de la sociedad despiertan admiración y deciden la superioridad.
De acuerdo con este criterio, las naciones sudamericanas han dado a sus instituciones políticas un sello a veces diferente del que imprimieron a las suyas las colonias anglo-sajonas, diferencia, por otra parte, que nadie sería osado a condenar pues son variantes del problema que con su existencia plantea desde hace siglo y medio la democracia.[510] Para no detenernos sino en uno de esos contrastes, véase el diferente alcance que las naciones de la América hispánica han dado al concepto "representativo", respecto del sentido que ese término recibe en las prácticas políticas de la América inglesa. Según éstas, el gobierno representativo debe reflejar fielmente la fisonomía de la sociedad que representa; y para asegurar ese carácter, los representantes son emanación directa de las circunscripciones locales. El gobierno, pues, no puede nunca ser superior al pueblo, ni acaso para el espíritu de esas sociedades es deseable que lo fuese. Los países latinoamericanos han dado a la representación un significado menos estricto, haciendo que los representantes lo sean[511] en común de las grandes divisiones políticas, con lo cual se cumple el propósito de que la representación recaiga sobre las personas de mayor prestigio y sabiduría, residentes por lo general en las capitales y centros importantes.
El otro componente de la revolución argentina lo suministra el pueblo ignorante e ineducado, aunque celoso como pocos de su independencia personal. A despecho del papel pasivo que con la mejor intención se pretendía hacerle desempeñar[512] en el drama, ese pueblo fué el verdadero protagonista. Adivinó que llegaba el momento histórico de actuar y actuó, obrando según sus fieros y primitivos impulsos, exteriorizando los cuales[513] comenzaba en realidad su larga auto-educación política. La repugnante arena de las luchas fratricidas en que se debaten sus crudos intereses, ha sido en realidad la escuela de la democracia en Sud-América. Los caudillos locales que las turbas exaltaron, son el exponente y la expresión de las sordas voluntades colectivas. Aunque figuras menores[514] de la historia, siniestras a veces, no por eso son indignas del estudio del sociólogo.
El factor idealista de la revolución y de la organización nacional tiene su campo privativo de acción en la obra legislativa y de pensamiento; el otro en la acción concreta y visible de la negra anarquía y la sangrienta dictadura. Del choque de ambas corrientes, de su compenetración gradual, resulta la fisonomía política actual de la República Argentina, país donde el conflicto entre ambas formas de acción ha durado menos que en los otros, muchos de los cuales son todavía mundos políticos en formación, habiendo algunos[515] en los que el orden y el equilibrio aun no han aparecido. No sólo ha salvado la Argentina la época ígnea de las revoluciones, sino que su ambiente social permite ya que prospere en él la forma más delicada de la democracia, o sea el voto[516] secreto, cuyo advenimiento en las prácticas políticas de la gran república del sur tiene un significativo valor filosófico, como prenda de concordia y de colaboración entre las luces de la cultura y los instintos populares a cuyas inspiraciones esa ley entregó con plena confianza sus[517] destinos futuros. En la fisonomía actual del país los dos elementos de la evolución social han dejado impresa su huella. El espíritu democrático, ya madurado, coexiste con un pronunciado idealismo, un respeto casi religioso por la cultura, que ha llevado a las legislaturas y a las mansiones presidenciales hombres de pensamiento más bien que obreros de acción práctica, con decidida ventaja a veces para la exaltación del ideal político, si bien con alguna desventaja para la acción concreta inmediata. La constante calificación de cultura que ha servido de principal requisito al ejercicio del poder, ha impedido que éste caiga en manos mercenarias o bajo el dominio de inteligencias sin cultura que degradasen su función[518] social. Por eso ha sido motivo de sorpresa para los observadores inadvertidos el encontrar en las repúblicas latinas gobiernos no tan representativos como pudiera esperarse de la general falta de cultura de las masas. Los prestigios del mando, con su escuela de méritos y de honores para los servidores del país, las prácticas apenas atemperadas del paternalismo ancestral, han creado el anhelo del bien público llevado con extrema frecuencia hasta el sacrificio personal. Y si esta excesiva actividad central acaso obra, según se ha dicho ya, inhibiendo las actividades locales, no hay[519] duda que ha contribuído a revestir la función política de mayor dignidad y a darle el carácter de una defensa contra los avances del capitalismo. Un tipo tal de democracia traerá tal vez cierto exceso de intervención oficial que no se advierte en las democracias más homogéneas, en las que el estado recibe toda la savia de los estratos inferiores de la sociedad; pero sin duda evita la maléfica influencia de los poderosos intereses privados, de cuya presión son a veces resultado[520] legislaciones que disimuladamente los sirven.
Si la legislación constructiva y la demagogia destructiva constituyen respectivamente el anverso y el reverso de la vida nacional, en pocos momentos de la historia argentina se exhiben con mayor evidencia ni en forma más irreconciliable que en[521] el acto de celebrarse el Congreso de Tucumán. Se iniciaba esta asamblea después de seis años[522] de rotas las hostilidades con la madre Patria y sucedía a una serie de esfuerzos por dar forma política definitiva a la nueva nación. El Congreso era un incidente en el proceso idealista y llevaba[523] involucrados todos los caracteres de este último.[524] Así, no fué, ni podía ser, una emanación normal de las voluntades populares. Sus organizadores "poco se cuidaron de dar a la asamblea un origen democrático" y apenas representaba ésta una parte de las "provincias unidas" en cuyo nombre hablaba. Los caudillos habían aparecido. Uno[525] de ellos atraía hacia sí a Córdoba, Uruguay, Entre Ríos, Corrientes, y poco después a Santa Fé, mientras el Paraguay se mantenía en su aislamiento. El Congreso procuró pacificar a los rebeldes decretando indultos generales, envió delegados para calmar desavenencias entre aquellos y hasta empleó la fuerza para sofocar sediciones que estallaban a su alrededor. Las actividades[526] del Congreso eran, pues, denegatorias de todo carácter representativo y significaban el ejercicio de una actividad que se invocaba en nombre de los principios absolutos más bien que en los de la representación, por mucho que se estirara el significado de ese concepto. Dada la descomposición a que en los seis años de guerra habían conducido los excesos del individualismo desenfrenado, el Congreso se abrogó la misión tutelar a que se sentía llamado, ejerciendo una acción realmente ejecutiva que lo distrajo de los propósitos cardinales para que había sido convocado, es decir, la declaración de la independencia y para redactar la constitución que habría de regir la nueva nación.[527]
El anverso y el reverso de ese momento histórico están representados, respectivamente, en la composición del Congreso por una parte, y la composición de los partidos en lucha, por la otra. El Congreso era la expresión más acabada de la cultura del virreinato; sus miembros, productos de las universidades de Córdoba,[528] de Charcas,[529] de Santiago de Chile,[530] del Colegio de San Carlos,[531] todos ellos competentes, poseídos del patriotismo más acendrado. Como sombrío contraste, véase el estado general del país,[532] según lo pintó uno de los más ilustres miembros del Congreso:[533] "Divididas las provincias, desunidos los pueblos y aun los mismos ciudadanos, rotos los lazos de la Unión social, inutilizados los resortes todos para mover la máquina, erigidos los gobiernos sobre bases débiles y viciosas, chocados entre sí los intereses[534] comunes y particulares de los pueblos, negándose[535] algunos al reconocimiento de una autoridad común, enervadas las fuerzas del estado, agotadas las fuentes de la pública prosperidad, paralizados los arbitrios para darles un curso conveniente, pujante en gran parte el vicio y extinguidas las virtudes sociales (o por no conocidas o por inconciliables con el sistema de una libertad mal entendida), conducidos, en fin, los pueblos por senderos extraños--pero análogos a tan funestos principios--a una espantosa anarquía (mal el más digno de temerse en el curso de una revolución iniciada por meditados planes, sin cálculo en sus progresos y sin una prudente previsión en sus fines), ¿qué dique más poderoso podía oponerse a este torrente de males políticos que amenazaban absorber la patria y sepultarla en sus ríos que la instalación de un gobierno que salvase la unidad de las provincias, conciliase su voluntad y reuniera los votos, concentrando en sí el poder?"
A la anterior pintura habría que agregar que la[536] revolución estaba en una situación desesperada, cercadas como se hallaban las provincias por fuerzas españolas en Chile y en el Alto Perú. El[537] Congreso mismo debió trasladarse a Buenos Aires ante la aproximación del enemigo, que bajaba del[538] Norte.
En tales condiciones la valiente declaración de la Independencia, el 9 de julio de 1816, salvó la suerte de las armas galvanizando los entusiasmos del ejército y convirtiendo la revolución en invasora: pocos meses después, en efecto, San Martín cruzará los Andes para batir a España en Chile, desde donde, unidos los argentinos y los chilenos, iniciarían la expedición libertadora que heriría al enemigo en su corazón, Lima, para luego[539] engrosar el ejército de Bolívar a quien tocaría[540] dar el golpe definitivo al poder español en América.[541]
Dados los caracteres sociológicos de la revolución; dadas, además, las circunstancias en que se hallaba el país, según las describiera[542] Fray Cayetano Rodríguez,[543] no es de extrañar[544] que el Congresoc de 1816 fuese monarquista. En su seno, en efecto, se deslizaron los más extraños proyectos para alzar en el país un trono...: un trono cuya fuerza fuera capaz de asegurar el orden interior y cuyo prestigio diera al país las garantías morales y materiales que sin duda reclamaría Europa antes de reconocer la independencia de la nueva nación y de prestarle su poderosa alianza. Se pensó en traer[545] algún miembro de una casa real europea, y hasta se propuso restaurar con tal objeto la antigua monarquía incásica.
Nos parecen absurdos tales proyectos hoy que vemos lozano el árbol de la democracia que a todos los pueblos de América nos cobija; pero no se olvide que para entonces el Congreso de Viena había arrancado esa planta del suelo de Europa como cizaña peligrosa, sin que el débil retoño sajón hubiera dado todavía los ricos frutos que los tiempos le reservaban. Para los americanos de hoy, a uno y otro lado del ecuador, el patriotismo del suelo está reforzado por un patriotismo de principios, un noble orgullo de haber nacido bajo la estrella de la igualdad de ventajas; pero entonces la libertad no tenía el sentido noble que le han dado después los triunfos del individualismo. Felizmente, aun cuando el bando monarquista contaba con opiniones de tanto peso como las de San Martín y de Belgrano--al segundo de los[546] cuales el Congreso hizo el honor de oír en sesión secreta especial--y aun cuando la causa de la democracia tuvo una pobre defensa de parte de uno de los detractores de la monarquía, la buena[547] doctrina triunfó en esa hora crítica para la república y para la América toda. Como se ve, aquel instante de la historia es un punto de empalme en el cual los destinos del continente estuvieron en peligro de tomar otro carril que hubiera llevado las ideas y los hombres por otros campos de la acción política y social, transformando la vida de medio hemisferio y afectando tal vez seriamente la suerte de las instituciones democráticas en los Estados Unidos. Afortunadamente, en ese minuto supremo, una mano firme[548] se apoderó de la palanca que podía haber cambiado la marcha y antes de que los demás actores se percataran, un gran convoy de pueblos había entrado en la vía que conduce a los destinos[549] superiores de la humanidad.
Aunque el Congreso no dió al país la constitución que de aquél se esperaba, salvó, como se ha visto,[550] la suerte de la democracia. Por este solo hecho la posteridad le ha perdonado su ofuscación, sus vacilaciones entre el régimen republicano federal por el cual se pronunció primero y el centralista que luego adoptó, y hasta las veleidades monárquicas en que más tarde reincidió. En cambio, la luz que encendió en aquella hora vespertina señaló constantemente el puerto seguro a los pueblos que estuvieron a punto de extraviarse para siempre cuando cerró la larga noche de la[551] anarquía.
BUENOS AIRES EN 1815
VICENTE FIDEL LÓPEZ
(TITLE: =Buenos Aires=. The name Buenos Aires goes back to two legends. The one says that on landing the settlers exclaimed, "=¡Qué buenos aires!=", whence the name. The other, and more likely one, says that the sailors, hard pressed by bad weather, made vows to "=la Virgen de Buenos Aires=", their patron saint, and upon landing safely named the place Buenos Aires, in gratitude to her.)
Se necesita hacer un esfuerzo de imaginación para comprender hoy lo que era Buenos Aires ahora setenta años. La porción urbana que servía de asiento a la iniciativa política y gubernamental de la comuna, ocupaba un radio bastante modesto. Tomando por texto el plano de la ciudad, que, por orden del virrey Avilés, levantó en el año de 1800 el señor don Pedro Cerviño, agrimensor y piloto muy competente, se ve que los _suburbios_, es decir, la parte en que no había paredes sino cercos de _tunales_, comenzaban, por el sur, en las manzanas limitadas hoy por las calles de Méjico y de Chile. A ese lado, la ciudad quedaba separada de sus orillas por esa _avenida_ caudalosa de las lluvias que llaman el _tercero_ del[552] sur, cuyo nombre antiguo era el _Puente de los Granados_, porque atravesaba terrenos de la propiedad de la familia de este nombre, a la que pertenecía la virtuosísima madre de nuestro amigo y co-redactor D. Juan María Gutiérrez.[553] Allí comenzaban ya los cercos que encerraban una infinidad de huecos o eriales atravesados por sendas, y en cuya extensión vivían, en casas muy modestas, no sólo las familias pobres, sino también un extenso número de las de mediana condición, sin necesidad y sin idea ninguna de la riqueza. El amueblado de una familia común podía calcularse, cuando más, entre cien y ciento cincuenta pesos de plata. Duraba de una generación a la otra, y no se renovaba jamás sino por piezas insignificantes. La mesa y el mantenimiento se reducía, en general, al gasto de dos a[554] cuatro reales por día, sin dejar de ser abundante y suculenta, porque todos tenían aves y verduras en sus corrales, y lo único que se compraba era la carne y el pan.
Estos suburbios, muy bien caracterizados por Cerviño con el nombre de _tunales_, se corrían desde el _Puente de los Granados_ (en la calle del Perú), siguiendo una línea oblicua hacia el noroeste, hasta la plaza de Monserrat, que quedaba lindera, diremos así, con el despoblado; y que era por lo mismo un _suburbio_ popular de los más poblados, y muy turbulento por cierto. La iglesia y la parroquia de la Concepción quedaban naturalmente entre las quintas y entre los cercos agrestes de las _orillas_. Entre Monserrat y la _Plaza Nueva_ (hoy _Mercado del Plata_) había unas cuantas manzanas de población algo compacta aunque de pura clase pobre; y lo que es hoy calle de _Salta_ quedaba entonces entre los eriales y los huecos, que eran verdaderos matorrales de hinojos y de cardos, erizados de arbustos de sauco, y de montes de durazneros que servían para abastecer de leña a la población. En toda la línea del norte, que es[555] hoy la calle de _Corrientes_, comenzaban de nuevo los tunales, los huertos, los cercos agrestes, los eriales con sendas, hasta el _Retiro_, donde estaba la Plaza de Toros, y cuyas cercanías estaban rústicas y muy pobladas de _orilleros_. Había también por allí algunas quintas, que eran verdaderas soledades bastante difíciles de cuidar: campo de la justicia de los prebostes de la Hermandad.[556]
En un país tan pluvioso como el nuestro, formado por terrenos de aluvión, es evidente que entonces no podía haber caminos públicos en un estado de mediano servicio. Los pantanos rodeaban la ciudad haciendo un verdadero laberinto de _sendas_ y de _portillos_, que requerían una especial vaquía de parte de los que tenían que practicarlos. Más atrás de la zona solitaria de las quintas, había algunas chacras extensas erizadas de montes, de espinillos y de durazneros, entre los cuales eran célebres, como abrigos de bandidos, el monte de campana cerca de lo que es hoy la _Floresta_, el monte de Castro, entre Flores y Morón, el callejón de Ibáñez; a los que no les iban en zaga otros lugares, que aunque más cercanos, tenían también malísima fama; como el hueco _de los Sauces_, los cercos de los _Ejercicios_, la quinta de _Rivadavia_, el paso de Burgos, el hueco de _Cabecitas_ y el de _doña Ingracia_; y sobre todo, los _zanjones_ del _tercero del norte_, que eran hasta 1830 uno de los puntos más selváticos y agrestes que pudiera tener a su costado una ciudad civilizada y revolucionaria[557] como era la de Buenos Aires en 1815.
Era natural que el centro más urbano y más noble de la Comuna participase en algo de las malas condiciones de sus _suburbios_. La carestía de la piedra, la dificultad de sacarla de la Banda Oriental, por falta de brazos aptos y por falta de buques[558] en que conducirla, hacían que apenas hubiese[559] una que otra calle, malísimamente empedrada. Se conocía por calle _del Empedrado_ la que hoy es[560] de la _Florida_; y no es poca lástima que se le haya quitado este título original de _nobleza_, que le corresponde en la tradición de la cultura de nuestra ciudad. Las lluvias copiosísimas de aquellos tiempos han dejado fama en el recuerdo de nuestros padres. Al correr como torrentes, para salir al río, o para empozarse en los pantanos, se llevaban gran parte del piso, abriendo curvas de zanjas profundas y de precipicios entre una y otra acera, y hacían imposible atravesar las calles (fuera de ocho o diez cuadras en el centro) por otra parte que por las esquinas, donde había apoyos de grandes piedras puestas a distancia para afirmar el pie. Era tal este estado, que en la parte que es hoy calle de _Cangallo_ (entre Florida y Maipú) había lagunas donde se ahogaron algunos lecheros en tiempos del virrey Vértiz, como consta de documentos oficiales.
Por la noche, esta espléndida ciudad de Buenos Aires, que hoy enrojece su atmósfera con los reflejos del gas, presentaba un aspecto desolado, si es que las tinieblas pueden tener aspecto. A lo largo de la calle del _Correo_ (hoy _Perú_) se divisaban de un extremo a otro, cuatro linternillas diminutas que señalaban las cuatro mesitas en que los loteros privilegiados por el Cabildo expedían cedulillas, arrimados a la pared y con un pequeño farol que era la única luz de esa calle central. Las veredas eran de mal ladrillo, húmedas, estrechas, desiguales, y temblorosas encima del barrial en que tenían su asiento; y en muy pocas calles las había.[561]
Buenos Aires era una ciudad baja, aplastada y cubierta con las capuchas de los tejados de feísimo aspecto; que tenía, sin embargo, la reputación de[562] la belleza entre las otras ciudades españolas. Pero esa fama le venía de sus habitantes, más bien que de su suelo. En ambos sexos, ellos eran de espíritu alegre y suelto; de alma impresionable y simpática; admiradores entusiastas y copistas ardientes de las grandes novedades de la civilización. Naturalmente inclinados a lo liberal; con algo de aturdido y de liviano, pero siempre bien inspirados, inclinados a la pompa y halagados por la vanagloria que viene de hacer el bien y de realizar hazañas. La sociedad era por esto expansiva y hospitalaria. Su arrogancia era abierta, porque consistía siempre en el anhelo de que su revolución y sus progresos sirviesen a todos,[563] e hiciesen de nuestro suelo y de nuestras leyes, el abrigo de todas las razas del mundo que no estuvieran bien avenidas en el suyo.
Tal era entonces la capital, en cuya frente el[564] poeta de la revolución había escrito estos versos tan arrogantes como adecuados, entonces, al genio de la Comuna:
Calle Esparta su virtud: Su virtud calle Roma; ¡Silencio! que al mundo asoma La gran capital del Sud.
Pero, ésta era la ciudad que había hecho la Revolución de Mayo, que la había defendido y salvado contra todo el poder de la España, proclamando los principios más elevados, más generosos y más humanitarios de la civilización moderna. Ésta misma era la ciudad que había vencido y rendido dos ejércitos ingleses; que había deshecho y apresado tres escuadras españolas; que había plantado la bandera argentina en las murallas de Montevideo; que iba con un paso seguro a reconquistar a Chile, a libertar al Perú, y a llevarle soldados a Bolívar para ganar la batalla famosa de Junín y libertar a Quito. Para motejar, entonces, la arrogancia de la cuarteta, sería preciso ver cómo podrían borrarse de la historia, o como podrían motejarse los hechos gloriosos que la inspiraron.
BUENOS AIRES
LAS TIENDAS ANTIGUAS
LUCIO V. LÓPEZ
No era entonces Buenos Aires lo que es ahora. La fisonomía de la calle del Perú y de la Victoria ha cambiado en los veintidós años transcurridos: el _centro_ comenzaba en la calle de la Piedad y[565] terminaba en la de Potosí, donde la vanguardia de las tiendas estaba representada por el establecimiento del señor Bolar, local de esquina, mostrador[566] democrático al alba, cuando cocineras y patronas madrugadoras acudían al mercado, y burgués, si no aristocrático, entre las siete de la noche y el toque de las ánimas. El barrio de las tiendas de tono se prolongaba por la calle de la Victoria hasta la de Esmeralda, y aquellas cinco cuadras constituían en esa época el _boulevard_ de la _fashion_ de la gran capital.