Argentina, Legend and History

Part 12

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La fuerza de Güemes no residía tanto en su propia individualidad, cuanto en la fuerza de las multitudes que acaudillaba y representaba, y cuya substancia, diremos así, se asimilaba: y aun cuando sin injusticia no pueden negarse cualidades superiores al que así dominaba y dirigía esas masas fanatizadas por su palabra, conduciéndolas a la lucha y al sacrificio, no era de cierto un genio superior ni en política, ni en milicia; ni sus hechos fueron precisamente los que decidieron de los destinos de la revolución, que se decidían de otros campos, con medios más poderosos de acción, y bajo una dirección más inteligente, más[449] metódica y con miras más trascendentales.

Su gloria no es ésa. Su gloria consiste en que, como caudillo, si bien cooperó, directamente algunas veces e indirectamente otras, a la desorganización general que ha prolongado una revolución social, fué siempre fiel a la idea de la unidad nacional, y salvo un corto paréntesis, reconoció siempre la autoridad general, aunque a condición de hacer lo que mejor le convenía, pues era dueño y señor absoluto dentro de las fronteras de _su provincia_, como él la llamaba.

Su gloria consiste en que jamás desesperó de la suerte de la revolución; que en los más tristes días, cuando ella era vencida en el exterior y se veía[450] desgarrada en sus propias entrañas por las furias de la guerra intestina, él combatió solo al frente de sus valientes gauchos en las fronteras, paralizando las operaciones de ejércitos poderosos y dando tiempo para que se desenvolviesen otras combinaciones positivas que fueron en definitiva las que salvaron la revolución. A esas operaciones concurrieron eficazmente los extraordinarios esfuerzos de Güemes, dignos sin duda de ocupar un lugar distinguido en la historia argentina, porque así como la primera conmoción revolucionaria, en 1810, determinó las actuales fronteras de la República, así también, en esa época aciaga, la espada de Güemes trazó con una línea imborrable la frontera definitiva de la Nación Argentina por el norte.

Cuando Güemes se puso al frente de la provincia de su nacimiento, ya robustecida por la fuerza moral de sus triunfos en Tucumán y Salta, por el desarrollo de las fuerzas populares que ocho años de revolución habían puesto en acción, contó además en las cuatro primeras campañas con el apoyo de un ejército que cubría su retaguardia[451] y su flanco; y en la de 1817 con el de otro que[452] iba a atravesar los Andes para dar libertad a la América, que ya para los argentinos era un hecho irrevocable.

De ahí la energía de la resistencia de Güemes, de ahí su buen éxito. ¡Honor a las Provincias del Norte, que en la época más calamitosa de la revolución, cuando el congreso de Tucumán, producto del cansancio más bien que de la fe, trazaba con colores sombríos el cuadro de una situación desesperada, apoyaron la declaratoria de la independencia que inspiraron San Martín y Belgrano! A ellas que desde entonces fueron el baluarte de la Nación, cuando ardía ésta en guerra[453] civil y cuando esa guerra devoraba hambrienta sus ejércitos regulares. ¡Honor a Güemes que dirigió esa heroica resistencia, en la cual rindió noblemente su vida! Pero ¡honor también a aquél que[454] fué el primero que les reveló su fuerza, que les dió dos días de gloria inmortal, y encendió en sus corazones el fuego sagrado de la revolución, que no había prendido en todos o se había amortiguado en algunos, cuando los llamó a empuñar las armas, y a defender a la vez su credo y sus hogares en los campos de Tucumán y Salta!

Dice de él el general La Paz en sus _Memorias_[455] _Póstumas_, que, según el Dr. Vélez Sársfield,[456] _deben ser un texto bíblico para el historiador_: "Si Güemes mandaba con un despotismo sostenido de la plebe que acaudillaba, se veía constituído en circunstancias[457] especiales, y por grandes que fuesen sus defectos, era el único dique que se oponía al retorno de la tiranía peninsular. Si cometió grandes errores, sus enemigos domésticos nos fuerzan a correr un velo sobre ellos, para no ver en él sino al campeón de nuestra libertad política, al fiel soldado de la independencia y al mártir de la patria."

FACUNDO QUIROGA

DOMINGO F. SARMIENTO

Le llamaron _Tigre de los Llanos_, y no le sentaba mal esta denominación. La frenología y la anatomía comparada han demostrado, en efecto, las relaciones que existen entre las formas exteriores y las disposiciones morales, entre la fisonomía del hombre y la de algunos animales a quienes se asemeja en su carácter. Facundo, porque así lo llamaron largo tiempo los pueblos del interior--el general D. Facundo Quiroga, el Exmo. brigadier general D. Juan Facundo Quiroga, todo esto vino después, cuando la sociedad lo recibió en su seno y la victoria lo hubo coronado de laureles,--Facundo, pues, era de estatura baja y fornida; sus anchas espaldas sostenían sobre un cuello corto una cabeza bien formada, cubierta de pelo espesísimo, negro y ensortijado. Su cara un poco ovalada estaba hundida en medio de un bosque de pelo, a que correspondía una barba igualmente espesa, igualmente crespa y negra, que subía hasta los juanetes, bastante pronunciados para descubrir una voluntad firme y tenaz. Sus ojos negros, llenos de fuego y sombreados por pobladas cejas, causaban una sensación involuntaria de terror en aquellos en quienes alguna vez llegaban a fijarse; porque Facundo no miraba casi nunca de frente; por hábito, por arte, por deseo de hacerse siempre temible, tenía de ordinario la cabeza inclinada, y miraba por entre las cejas, como el Alí-Bajá de Monvoisin. El Caín que[458] representaba la famosa compañía Ravel me despierta[459] la imagen de Quiroga, quitando las posiciones artísticas de la estatuaria que no le convienen. Por lo demás, su fisonomía es regular, y el pálido moreno de su tez sentaba bien a las sombras espesas en que quedaba encerrada.

La estrechura de su cabeza revelaba, sin embargo, bajo esta cubierta selvática, la organización privilegiada de los hombres nacidos para mandar. Quiroga poseía esas cualidades necesarias que hicieron del estudiante de Brienne el genio de la[460] Francia, y del Mameluco oscuro que se batía[461] con los franceses en las pirámides, el virrey de Egipto. La sociedad en que nacen da a estos caracteres la manera especial de manifestarse: sublimes, clásicos, por decirlo así, van al frente de la humanidad civilizada en algunas partes; terribles, sanguinarios y malvados, son en otras su mancha, su oprobio.

Quiroga es el hombre de la naturaleza que no ha aprendido aún a contener o a disfrazar sus pasiones, que las muestra en toda su energía, entregándose a toda su impetuosidad. Éste es el carácter original del género humano; y así se muestra en las campañas pastoras de la República Argentina.

Facundo es un tipo de la barbarie primitiva; no conoció sujeción de ningún género; su cólera era de las fieras; la melena de renegridos y ensortijados cabellos caía sobre su frente y sus ojos en guedejas como las serpientes de la cabeza de Medusa; su voz se enronquecía, sus miradas se[462] convertían en puñaladas; dominado por la cólera, mataba a patadas estrellándole los sesos a N. por una disputa de juego; arrancaba ambas orejas a una querida porque le pedía 30 pesos para celebrar un matrimonio consentido por él; y abría a su hijo Juan la cabeza de un hachazo, porque no[463] había cómo hacerlo callar; daba de bofetadas a una linda señorita en Tucumán a quien ni seducir, ni forzar podía; en todos sus actos mostrábase el hombre bestia aún, sin ser estúpido, y sin carecer de elevación de miras. Incapaz de hacerse admirar o estimar, gustaba de ser temido: pero este gusto era exclusivo, dominante hasta el punto de arreglar todas las acciones de su vida a producir el terror como expediente para suplir al patriotismo y a la abnegación; ignorante, rodeábase de misterios y se hacía impenetrable; valiéndose de su sagacidad natural, de una capacidad de observación no común, y de la credulidad del vulgo, fingía una presciencia de los acontecimientos, que le daba prestigio y reputación entre las gentes vulgares.

Es inagotable el repertorio de anécdotas de que está llena la memoria de los pueblos con respecto a Quiroga; sus dichos, sus expedientes, tienen un sello de originalidad que le daban ciertos visos orientales, cierta tintura de sabiduría salomónica en el concepto de la plebe. ¿Qué diferencia hay, en efecto, entre aquel famoso expediente de mandar[464] partir en dos el niño disputado, a fin de descubrir la verdadera madre, y este otro para encontrar un ladrón?

Entre los individuos que formaban su compañía, habíase robado un objeto, y todas las diligencias practicadas para descubrir el ladrón habían sido infructuosas. Quiroga forma la tropa, hace cortar tantas varitas de igual tamaño cuantos soldados había; hace en seguida que se distribuyan a cada uno; y luego con voz segura, dice: "Aquél cuya varita amanezca mañana más grande que las[465] demás, ése es el ladrón." Al día siguiente formóse de nuevo la tropa, y Quiroga procede a la verificación y comparación de varitas; un soldado hay, empero, cuya vara aparece más corta que las otras. "¡Miserable!" le grita Facundo con voz aterrante, "¡tú eres...!" y en efecto él era;[466] su turbación lo dejaba conocer demasiado. El expediente es sencillo; el crédulo gaucho, temiendo que efectivamente creciese su varita, le había cortado un pedazo. Pero se necesita superioridad y cierto conocimiento de la naturaleza humana, para valerse de estos medios.

Habíanse robado algunas prendas de la montura de un soldado, y todas las pesquisas habían sido inútiles para descubrir al ladrón. Facundo hace formar la tropa y que desfile por delante de él, que está con los brazos cruzados, la mirada fija,[467] escudriñadora, terrible. Antes ha dicho: "Yo sé quien es", con una seguridad que nada desmiente.[468] Empiezan a desfilar; desfilan muchos, y Quiroga permanece inmóvil: es la estatua de Júpiter Tonante, es la imagen del Dios del juicio[469] final. De repente se avanza sobre uno, le agarra del brazo y le dice con voz breve y seca: "¿Dónde está la montura?..." "Allí, señor", contesta señalando un bosquecillo.--"Cuatro tiradores", grita entonces Quiroga.

¿Qué revelación era esta? La del terror y la del crimen hecha ante un hombre sagaz. Estaba otra vez un gaucho respondiendo a los cargos que se le hacían por un robo. Facundo le interrumpe diciendo: "Ya este pícaro está mintiendo; ¡a ver! cien azotes...." Cuando el reo hubo salido, Quiroga dijo a alguno que se hallaba presente: "Vea, patrón, cuando un gaucho al hablar está haciendo marcas con el pie, es señal que está mintiendo." Con los azotes el gaucho contó la historia como debía de ser, esto es, que había robado una yunta de bueyes.

Necesitaba otra vez y había pedido un hombre resuelto, audaz para confiarle una misión peligrosa. Escribía Quiroga cuando le trajeron el hombre: levanta la cara después de habérselo anunciado[470] varias veces, lo mira, y dice continuando de escribir:[471] "¡Eh!!!... ¡Ése, es un miserable! ¡Pido un hombre valiente y arrojado!" Averiguóse en efecto que era un patán.

De estos hechos hay a centenares en la vida de Facundo, y que al paso que descubren un hombre superior, han servido eficazmente para labrarle una reputación misteriosa entre los hombres groseros, que llegaban a atribuirle poderes sobrenaturales.

ESTEBAN ECHEVERRÍA

PEDRO GOYENA

Echeverría es uno de nuestros literatos más afamados. Sus composiciones líricas, sus poemas, sus escritos en prosa fueron leídos con avidez en los tiempos ya lejanos en que inició lo que puede llamarse el movimiento revolucionario de[472] nuestra literatura. Conviene que la joven generación se familiarice con aquel noble y vigoroso espíritu que condensaba, por decirlo así, todas las nociones de la ciencia social en la época en que vivió, y que supo abrir al arte anchos y nuevos caminos, por los cuales hallaron nuestros poetas un mundo entero de bellezas desconocidas. Echeverría era un hombre reflexivo, estudioso, inspirado, y amante de su patria. Podría presentársele[473] como el tipo del ingenio sud-americano, sagaz, delicado, flexible, apto para comprender las verdades que obtiene como premio la paciente investigación, y para sentir con viveza las emociones que los bellos espectáculos de la naturaleza despiertan en las almas noblemente apasionadas.

Los jóvenes que cultivan la literatura hallarán sin duda en la lectura de las obras de Echeverría,[474] placeres delicados y puros, enseñanzas fecundas y severas. Cuando se trata de evitar que los[475] hombres de letras se puerilicen en busca de una popularidad fácil y pervertidora, cuando se trata de hacerles adquirir esos hábitos meditativos indispensables para el progreso intelectual, Esteban Echeverría, desdeñoso como Horacio de la insipiencia[476] del vulgo, investigador concienzudo en las cuestiones de la ciencia y del arte, es todavía, después de la muerte, el bienvenido para los[477] pueblos del Plata.

Sus escritos políticos no son, no pueden ser ya, por la marcha natural e incesante de las ideas, una revelación sorprendente para sus conciudadanos, como lo fueron tal vez cuando el malogrado[478] argentino volvió al seno de su patria, después de beber a largos sorbos la ilustración europea; pero son y serán siempre un alto ejemplo para enseñarnos a disciplinar y dirigir las fuerzas intelectuales en orden a hallar la solución de los problemas que se refieren al bien de la sociedad.[479]

Nada tan eficaz para inspirar aversión hacia el hueco charlatanismo de los que hablan y escriben sin reflexionar, como la lectura de las obras de Echeverría. Él conocía los serios deberes del literato y sabía practicarlos con escrupulosa austeridad. No escribía para halagar las preocupaciones vulgares y alcanzar las victorias estruendosas, pero efímeras, obtenidas por los que dicen a gritos las necedades que el vulgo ama como a sus hijos; y sacrificaba siempre el efecto inmediato a las reglas del criterio artístico, inaccesible para la gran mayoría de personas que no tienen un gusto refinado. Escribió _La Cautiva_ en humildes octosílabos como para hacer contraste con los ampulosos alejandrinos a cuya sonoridad deben algunos versificadores su fama poco envidiable, probando que la poesía reside en las ideas y en el sentimiento, que las modestas formas de un metro sencillo pueden albergar dignamente la sublime inspiración del poeta.

Supo reconcentrarse en los senos de la conciencia y sondar pacientemente las profundidades del mundo interior, así como había estudiado las maravillas de la naturaleza. Esperó los favores de la musa en las horas silenciosas de austeras vigilias, y la invisible confidente bajó a su alma[480] con una frecuencia y una amabilidad de que pocos pueden jactarse a pesar de haberla invocado muchas veces. Rompió la tradición clásica a que[481] habían estado sujetas las generaciones poéticas de la República Argentina, quitó a nuestra literatura el carácter de "cosmopolitismo incoloro" que había tenido hasta entonces, inspirándose en las peculiaridades de nuestra naturaleza y de nuestra sociedad, e introdujo en la poesía las audaces franquezas de la expresión, que muestran con verdaderos matices y en todo su vigor los fenómenos del alma humana. Sus cuerdas favoritas eran las que se armonizan con la solemne majestad de la meditación y con los tiernos suspiros de la elegía.

En su alma se albergaba ese indefinible sentimiento en que se condensan, perdiendo mucho de[482] su amargura, _los males de la vida_, sin llegar a confundirse jamás con la horrible desesperación o la sarcástica indiferencia de los que han dado a la esperanza un eterno adiós. Su espíritu se oscurecía con las nubes de la tristeza como el mundo con las sombras del crepúsculo, pero brillaba también con los fulgores de halagüeñas visiones. Echeverría ha contemplado el ideal, ha sentido los dolores y los placeres de esa contemplación, y ha reflejado en bellas estrofas las variadas escenas de su drama interior.

EL CONGRESO DE TUCUMÁN

1816-1916

ERNESTO NELSON

Desde una humilde casa de adobe de la ciudad de Tucumán,[483] las Provincias Unidas de la Plata[484] lanzaron al mundo, el 9 de julio de 1816, la declaración solemne de su independencia. Fué ése un acto que, aunque más modesto que el celebrado cuarenta años antes por las trece colonias inglesas, tuvo igual si no mayor significación relativa en los destinos del pueblo que la realizaba. Esa declaración[485] audaz que se hacía seis años después[486] de iniciada la guerra separatista, en momentos en que las armas patriotas eran dominadas desde Méjico hasta Chile, tuvo la virtud de retemplar los espíritus abatidos, salvando acaso la suerte de las armas.[487] Proclamada[488] esa declaración en medio de una horrorosa anarquía, que habría de retardar por otro medio siglo[489] la unidad nacional, logró sin embargo polarizar los espíritus en el sentido de la democracia. Clausurado ese Congreso sin que sus tareas se viesen cumplidas, su papel en la historia fué el de un monumento inconcluso que recordará a los pueblos el deber sagrado de completar sus grandes líneas.

Los lineamentos de las dos grandes revoluciones[490] de la independencia en el norte y en el sur del continente son demasiado diversos para que se los pueda superponer. No debe olvidarse que el grito revolucionario resonó en la América del Sur en 1810, cuando ya la Europa había olvidado la aventura a que se lanzara Francia en 1789; cuando[491] las acciones de la democracia habían sido despreciadas en el mercado político europeo, dominado como estaba por un escepticismo contra el cual tenía escasa acción el éxito relativo con que la América sajona había comenzado a poner en práctica sus instituciones democráticas. En el norte el deseo de instituir un gobierno propio[492] primaba sobre el anhelo de independencia, según lo comprueba el ofrecimiento de obediencia y de voluntaria contribución que hicieron las colonias inglesas al soberano; en el sur el deseo de independencia era lo primero y la forma de gobierno lo segundo. Fracasada la libertad de Francia en el imperio militar y desacreditada la república[493] por los crímenes del Año Terrible, la democracia[494] no tenía atractivos especiales para los promotores de la revolución, por lo menos para los espíritus más prácticos; antes bien esa forma de gobierno[495] concitaba peligros, entre los cuales el más grave era sin duda el de no alcanzar de la Europa el anhelado reconocimiento de la independencia.

Si éstas son razones históricas y por lo tanto ocasionales, otras más profundas y de un orden social hicieron el proceso diferente en ambos extremos de América; y por lo que toca a la del[496] Sur, más dramático y doloroso que en el Norte. El gobierno español había establecido un régimen colonial fundado en la opresión y el egoísmo, dentro de cuyo programa absoluto no cabía el ejercicio de la más débil iniciativa local. Tan profundo fué el sello impreso por el ejercicio de este paternalismo estrecho, que sus resabios son visibles todavía en la vida política de casi todas las naciones que estuvieron un tiempo sometidas a España. En muchas de ellas la evolución político-democrática ha sido entendida, a lo sumo, como el paso de la autocracia despótica al paternalismo benévolo. Aun hoy día el estudioso podría descubrir en la legislación de algunos países de la América española, una como presunción[497] de que el pueblo es el sujeto pasivo de la actividad social ejercida por el Estado, de quien se aguardan todas las iniciativas. El Estado,[498] por su parte, no hace mucho por modificar este concepto, antes bien se apresura a confirmarlo tomando[499] así toda carga que conduzca al progreso social. Hay la tendencia a mirar este progreso, este resultado, como el fin mismo de la actividad del Estado y de aquí que esas sociedades casi carezcan[500] de legislación y de órganos para instaurar procesos sociales que tengan en vista aquellos resultados, pero en los que intervenga la actividad general, con cuyo ejercicio se perfecciona la verdadera educación democrática.

Si esto ocurre en la hora presente, no es extraño que en los obscuros días de 1810, cuando la institución de la república había caído en descrédito, los fundadores de las nacionalidades hispanoamericanas no tuvieran una idea clara de la función social del gobierno democrático. Así se explica la creencia de que la perfección del estado político dependiera más de cierta virtud intrínseca de las leyes que de la virtud de los hombres. ¿No deseaban esos próceres "leyes tan perfectas que[501] fuera imposible al pueblo contravenirlas"? Se admitirá pues, que en la América española la fórmula lincolniana del gobierno _del_ pueblo, _para_ el pueblo y _por_ el pueblo, habría pecado por exceso,[502] al juicio de los legisladores que a lo sumo deseaban fundar un gobierno _para_ el pueblo, pero no veían la posibilidad, ni acaso tampoco la ventaja, de instituir gobiernos del pueblo y por el pueblo, excepto en cuanto reconocían la necesidad de que[503] los gobernantes estuvieran identificados con el pueblo por razón de su origen.[504] Como lo hace notar[505] nuestro Sarmiento: "el cabildo abierto sólo[506] admitía los notables de la ciudad, apartando al pueblo del lugar de la reunión, como lo repiten las actas de la época. En el pueblo vendrían indios, negros, mestizos, mulatos, y no querían abandonar a números tan heterogéneos la elección de magistrados, si estos habían de ser blancos, y de la clase burguesa y municipal."

En definitiva, todos los caracteres de nuestra revolución proceden de una modalidad social de las colonias hispanoamericanas, modalidad sobre cuyas consecuencias históricas nunca se insistirá[507] demasiado, pues proporcionan la clave para comprender la evolución política y el estado actual de esos pueblos. Durante el coloniaje existían allí la más brillante cultura y la ignorancia más densa. Por una parte esos países habían instituído la educación superior en sus universidades muchos años antes de que los primeros peregrinos arribasen a Plymouth; por otra, las clases inferiores de la sociedad unían a su falta de luces, la barbarie transmitida en las luchas con los elementos indígenas.