Argentina, Legend and History

Part 11

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Estas cualidades de mando han formado escuela. El general La Paz, que lo criticó por ellas, mandaba sin embargo sus ejércitos a la manera de Belgrano, y no por eso ha sido calificado de déspota.

El mando militar tiene en sí mismo algo de despótico, porque es personal, sólo tiene por límite la responsabilidad moral del que lo ejerce y el sentimiento de la justicia y de la dignidad humana. Si el carácter de Belgrano hubiera sido despótico, se habría manifestado en el ejercicio de ese mando casi absoluto, que las exigencias de la revolución y el peligro común hacían que fuese más tirante que en las condiciones de la vida ordinaria; y sin embargo, es sabido que Belgrano fué siempre justo a la vez que severo en el ejercicio tranquilo de su autoridad; que jamás abusó de ella, ni fué cruel ni voluntarioso, y todos cuantos militaron[404] bajo sus órdenes, le guardaron por toda la vida, estimación, respeto y amor.

Como autoridad política en los territorios donde hizo la guerra, responde en su favor el amor, el respeto, la confianza que supo inspirar a los pueblos, y que se conserva hasta hoy aún en los hijos de los indios a quienes trató justiciera y paternalmente en Misiones[405] y en las montañas del Alto Perú.[406]

Belgrano no era un demócrata a la manera de Artigas[407] y de Güemes,[408] expresiones exageradas de la democracia en una época de revolución: era un demócrata de la escuela de Wáshington y de Franklin, cuyos principios profesó toda su vida.

Lo prueba su anhelo por la instrucción de las masas, atestiguado por los establecimientos de educación que fundó antes y después de la revolución; su respeto a la igualdad humana, manifestado hasta en su conducta con los indios de Misiones y del Alto Perú; su amor a la libertad del pueblo a que consagró su vida y sus afanes; su empeño constante por que la revolución se constituyera sobre la base de un poder deliberante emanado directamente del pueblo, como lo demuestra su correspondencia con Rivadavia; su respeto[409] a la ley y a las autoridades constituídas, y más que todo, su abnegación, su desinterés y su modestia en presencia de los altos intereses públicos.

Por eso el general Belgrano es el ideal del demócrata. Ningún argentino ha merecido mejor que él este nombre, y negárselo, sería querer privar a su patria de uno de los más hermosos y acabados modelos que en tal sentido se pueden presentar[410] como ejemplo digno de admirarse y de imitarse.

Belgrano y San Martín, los dos verdaderos grandes hombres de la historia revolucionaria argentina, pueden llamarse padres y autores de la independencia de su país, teniendo de común, que los dos fueron hombres de orden, ajenos a los partidos secundarios de la revolución, que nunca pertenecieron sino al gran partido de la patria, ni tuvieron más pasión que la de la independencia, la de la libertad americana, cuyo sentimiento[411] inocularon profundamente en el corazón de los pueblos y ejércitos que dirigieron.

San Martín en las provincias de Cuyo, y Belgrano[412] en las del Norte, levantando el espíritu[413] público en ellas, conquistando el amor y la confianza de las poblaciones, consiguiendo que los ciudadanos acudiesen voluntariamente y con entusiasmo a sus banderas, dispuestos a la lucha y al sacrificio, haciendo concurrir hasta las mujeres a la defensa de la causa común, prueban que tanto el uno como el otro eran verdaderos hombres de revolución, que si bien no se cuidaban de _encabezar_[414] _partidos_, sabían como se mueve a las democracias _encabezando una causa popular_.

El general Belgrano, recibiendo el mando del ejército desorganizado de dos derrotas, haciendo[415] la guerra en medio de pueblos decaídos o descontentos en parte como lo hemos probado ya, obteniendo una victoria en una retirada desigual, haciendo por último pie firme[416] en Tucumán, llevando a su población al campo de batalla, y predisponiendo a la provincia de Salta a hacer los sacrificios más sublimes de que es capaz el patriotismo, nos enseña cómo los verdaderos demócratas encabezan, no los partidos, sino los grandes movimientos de la opinión que deciden del destino de los pueblos.

EL GENERAL LAS HERAS

BARTOLOMÉ MITRE

(TITLE: =Las Heras= (Juan Gregorio de, 1780-1866), Argentine patriot and general who distinguished himself in the Chilean campaign under San Martín. At Cancha Rayada (1818) where the troops of San Martín suffered a reverse, it was Las Heras who saved the day by his masterly retreat and coolness in the general confusion.)

Hay héroes de circunstancias que ocupan y abandonan bulliciosamente la escena de la historia; héroes que a veces aparecen grandes a los ojos de sus contemporáneos más bien por el medio en que viven y los accesorios que los rodean, que por sus propias cualidades y por sus propias acciones.

Éstos son los héroes teatrales de la historia.

Ellos necesitan para brillar de las luces artificiales de la popularidad pasajera. Sólo se estimulan con los aplausos de la calle y de la plaza pública. Para ellos no hay elocuencia posible sino en lo alto de la tribuna y en medio de una pomposa decoración, ni heroísmo sino en presencia de millares de testigos. Esclavos de ajenas pasiones y de su propia vanidad, sólo conciben la gloria de un carro triunfal arrastrado por adoradores, y prefieren una corona de cartón dorado con tal que todos la tomen por oro de buena ley, a la inmortal corona de laurel sagrado que sólo resplandece en la obscuridad de la tumba. Hambrientos de vanagloria, ebrios de aplausos, enfermos de celos y de vanidad pueril, el aplauso de la propia conciencia no llega a sus oídos; la verdadera gloria no les satisface, el silencio los anonada, la soledad los hace creerse muertos, y el retiro es para ellos como el vacío de la máquina[417] neumática que apaga los oídos.

Sobre la tumba de éstos no se escribió nunca el sublime epitafio de Esparta: "Murieron en la creencia de que la felicidad no consiste ni en vivir ni en morir, sino en saber hacer gloriosamente lo uno y lo otro."

Los hombres grandes por sí mismos, que no trafican con la gloria, para quienes el mando es un deber, la lucha una noble tarea, y el sacrificio una verdadera religión; los que al abandonar el teatro de la vida pública no tienen que despojarse a su puerta de las alas prestadas de un día, y queman aceite de su propia vida en la lámpara de sus vigilias, ésos viven en paz y conversan familiarmente con el genio de la soledad, el silencio serena su alma agitada por las tempestades populares. A esos hombres sienta bien el modesto retiro en que pueden ser estudiados y estimados por lo que en sí valen, despertando la admiración o la simpatía por cualidades superiores a los ingeniosos prestigios de la prosperidad.

Tales o semejantes reflexiones a éstas hacía en una hermosa y apacible tarde de verano del año 1848, atravesando la magnífica alameda de Santiago de Chile, y dirigiéndome a uno de los barrios más apartados de la ciudad, donde vivía y vive aún el general D. Juan Gregorio de Las Heras, capitán ilustre y libertador de tres Repúblicas,[418] republicano sencillo y desinteresado, que siendo uno de los héroes más notables de la epopeya de la independencia americana, vivía tranquilo en el retiro, sin espada, sin poder y sin fortuna.

Iba a pagarle la visita que infaliblemente hace este soldado lleno de cortesía a todo argentino que llega a aquel país: y al hacerlo era arrastrado por algo más que un deber social, pues admirador de sus servicios y virtudes, había encontrado en él un héroe según mi ideal, y un hombre según mi evangelio.

Al dirigirme a su casa, podía contemplar a la distancia las nevadas cordilleras de los Andes, a cuyo pie está el memorable campo de Chacabuco; y mi vista se perdía en la vasta llanura del valle de Maipú y los caminos que desde él conducen al Sur de Chile, donde Las Heras, siguiendo las huellas de San Martín, se había ilustrado en grandes batallas y combates.

Lleno de estas ideas, de esos recuerdos y de este espectáculo grandioso, llegué a su antigua casa de familia, cuya arquitectura pertenece a la época colonial. Era singular que quien más había contribuído a destruir aquel régimen con su espada, hubiese encontrado en medio de tantas ruinas como hizo en ella, un viejo techo con el sello de la[419] dominación española, donde abrigar su cabeza en el invierno de la vida....

Es el Bayardo de la República Argentina, el[420] militar sin miedo y sin reproche, decano del ejército argentino por su edad, por sus servicios y por sus elevadas cualidades morales.

En su avanzada edad y a pesar de las dolencias que le aquejaban, conservaba aún cuando le vi por la última vez en Chile, en 1850, toda la arrogancia del soldado, y el reflejo de la belleza varonil de sus heroicos años. Su talla es alta y erguida, su ojo negro, profundo y chispeante, respira la firmeza y la bondad, y en sus maneras se nota algo de la habitud del mando, unido a la exquisita cortesanía de los hombres de su tiempo. En aquella época le vi una vez de grande uniforme en medio del Estado Mayor de Chile, y su imponente figura militar eclipsaba a todos, llamando sobre él la atención del pueblo, que veía en él al representante de sus más queridas glorias.

El general Las Heras no necesita apelar a la posteridad para esperar justicia y afirmar la corona sobre sus sienes. El juicio que el pueblo sólo pronuncia en los funerales de sus héroes, ha sido pronunciado ya, para honor y gloria de él y de su patria, por los hijos de la heroica generación a que perteneció, que es la posteridad a que apelaba San Martín, su ilustre maestro y compañero de gloria.

DON JUAN MARTÍN DE PUEYRREDÓN

V. F. LÓPEZ

Pueyrredón era hombre, de dotes distinguidísimas y sólidas; tenía dignidad personal y un imperio particular sobre sí mismo que no se desmintió en el resto de su vida ni aun en medio de los descalabros que le esperaban. Sabía guardar con una firmeza imponente el decoro de su persona y de su poder. No mostraba ambición codiciosa ni urgente de mando. No se le vió nunca entrar en[421] intrigas ni en tentativas, encubiertas o manifestadas, para apoderarse de la autoridad. Pero cuando era llamado a tomar parte en la dirección de los negocios, ocurría sin vacilar; mostraba una paciencia pertinaz en perseguir los propósitos que lo movían; y su energía, pero sin ninguna ostentación, se hacía sentir en la netedad de sus ideas y en la firmeza de sus actos, no sólo para servir sin descanso a la causa de la independencia, sino para castigar también con una severidad extrema y extraña a los hombres que se atrevían a ponerle estorbos en su camino. Sus pasiones eran tranquilas en la superficie, y no se dejaban sentir sino[422] por la fuerza latente y bien seguida de sus frías manifestaciones.

Siempre que las circunstancias lo habían exigido, Pueyrredón se había presentado al peligro con decisión. Sin blasonar de ser guerrero había adquirido grados militares con una justicia que nadie podía negarle, sin que él reclamase jamás su[423] competencia. Había figurado con honor y con notoria fama de arrojado en la primera tentativa que los ingleses hicieron para apoderarse de Buenos Aires. Después de la revolución de Mayo había desempeñado una parte principal en las provincias limítrofes del Perú como Gobernador Intendente de Chuquisaca; y cuando el desgraciado encuentro de Huaquí obligó nuestras fuerzas a evacuar la[424] línea del Desaguadero, Pueyrredón mostró un tino consumado para atravesar un país enteramente insurreccionado en contra nuestra; y con una serenidad ejemplar, salvó del contraste recursos importantísimos en dinero, materiales y tropa, privando al enemigo de todas esas ventajas que habrían sido precisas para él en aquellos momentos.

En todas las cuestiones graves de guerra o de política, Pueyrredón pensaba con madurez; pesaba el valor de los hechos y las probabilidades de todas las consecuencias, poniendo al servicio de sus combinaciones una razón fría para meditar y para resolver, con una vigorosa precisión para ejecutar. Escribía sin brillo, pero con una corrección en la frase, con tal trabazón en la lógica de sus ideas, con tal claridad _clásica_ y consumada, que hoy mismo podría ser envidiado por el más hábil literato; y la proligidad con que sabía dividir su tiempo para encontrar el momento oportuno que correspondía al despacho de cada asunto de interés público, rivalizaba con la atención esmerada que daba a sus negocios particulares, con la moderación y con la equidad con que arreglaba los negocios que estaban ligados con los suyos; de ello tenemos pruebas numerosísimas y ejemplos bien testificados en los papeles que ha dejado.

La reserva de su carácter, la prudente parquedad de sus palabras, algo de interno y de poderoso que[425] se percibía en él, sin poder decir cómo ni dónde, le hacían impenetrable y le daban un influjo eficaz aunque latente. Su astucia era tanto más fina y previsora cuanto que todo parecía en él natural y elevado, modesto e imparcial. Con la misma naturalidad con que tomaba el poder, lo manejaba[426] hasta en los extremos de la firmeza y de la severidad, apareciendo casi indiferente a sus encantos, y dispuesto siempre a abandonarlo: y como sus modales eran cumplidos y atentos, sin ser abiertos ni obsequiosos, imponía a los demás aquella distancia respetuosa que hace tan peligrosos a los hombres serios cuando juegan en el terreno falaz de la política o de la diplomacia, y que les da ese poder mágico a que jamás llegan los charlatanes de atraer y de alejar al mismo tiempo a los que los tratan. Puestos en el poder imponen un cierto temor misterioso al vulgo, que no lo puede definir, y una sumisión religiosa a los agentes que los tienen que obedecer. Esto es lo que distingue el buen género del género falsificado.

Estas cualidades que Pueyrredón tenía en alto grado, eran las que hacían de él un _hombre de gabinete_ consumado, y un compañero de Logia[427] incomparable para San Martín, con quien tenía[428] rasgos comunes de fisonomía política y de carácter personal.

MARIANO MORENO

JUAN MARÍA GUTIÉRREZ

(TITLE: Mariano Moreno was born in Buenos Aires in 1778. He was a man whose early death was a sad loss to the cause of the Revolution. He was a lawyer renowned for his integrity and love of country. As secretary of the Junta Gobernativa in 1810, he championed the republican form of government. _La Gaceta de Buenos Aires_, of which he was editor, marks the beginning of the Argentine press. He died on the high seas in 1811, bound for England as the delegate of the newly established Argentine government.)

El nombre de don Mariano Moreno estará para siempre ligado a los orígenes de nuestra independencia, como lo está en las concepciones humanas, la idea a la forma, el hecho a las intenciones. Y cuando en las solemnidades patrias miramos brillar[429] la imagen del sol en una de las faces de nuestra[430] bandera, colocamos con el pensamiento en la opuesta, la imagen de aquel ciudadano, porque él fué la luz de la revolución.

Él concentró los instintos del pueblo en su cabeza y depurándolos en tan vasto crisol, presentólos ante el mismo pueblo y ante el mundo, como su propósito grande y generoso.

Nuestra revolución nació serena como la aurora de un día hermoso, y dió sus primeros pasos conducida por la razón y el desprendimiento. Nuestros padres discutieron antes de obrar, y no admitieron el sacrificio de la sangre en el altar de la libertad que fundaban. En mayo de 1810, el[431] resentimiento y la venganza se transformaron en heroísmo, en acción vigorosa la apatía colonial, en patriotismo la antigua fidelidad, los vasallos en señores de su destino, y brotaron como por encanto, ejércitos, instituciones liberales, sentimientos de nacionalidad y todos los elementos que constituyen la Patria.

Si un pueblo sacude su yugo antiguo con tanta dignidad, es porque se siente fuerte en la justicia de su resolución, porque la virtud que es la fuerza por excelencia, le preside en sus actos.

Esa fuerza y esa virtud tuvieron por fortuna su representante en don Mariano Moreno, miembro del primer gobierno revolucionario.

Comenzó a desempeñar sus delicadas funciones a la edad de treinta años con toda la precoz madurez de sus aventajadas facultades. Brioso de carácter, elocuente, avezado a las luchas de la lógica y del derecho en las discusiones forenses, reunía en su persona otras cualidades que le hacían simpático y popular. Brillaba en su abierta fisonomía la iluminación del genio, y la rica sangre de la juventud circulaba en su rostro, bajo una tez blanca y transparente, como la savia de una planta lozana.

Este atleta bajó a la arena en toda la plenitud de sus fuerzas, acendradas en la austeridad del hogar y de los estudios serios. Hijo excelente, padre afectuoso, agradecido discípulo, unía a una virginidad de sentimientos a la antigua, el atrevimiento y la audacia que inspiran las ideas que son la gloria de los tiempos modernos.

Su personalidad se eclipsa dentro de su idea, como el núcleo de un cometa en su atmósfera luminosa. La posteridad y la historia, no él, le[432] colocan entre los primeros hombres de la independencia, y le conceden su papel principal de revelación y de iniciativa en el drama de la revolución. No aspira a mandar sino a dirigir. Piensa recta y generosamente para que el pueblo pueda gobernarse a sí propio con acierto. Quiere como[433] borrar hasta los nombres propios de los mandatarios, para que la autoridad que preside los nuevos destinos de la patria, se sienta como influencia benéfica, y no se palpe como cosa natural, aspirando a dotarla, en su noble exaltación democrática, con los atributos de una entidad sobrehumana.

Moreno no tenía confianza sino en las fuerzas morales y quiso traerlas al gobierno y darlas al pueblo como palanca para remover los obstáculos que la marcha de la Revolución iba a encontrar en su camino.

Y como entre aquellas fuerzas, la más poderosa es la prensa,--instrumento hasta entonces vedado a los hijos de la Colonia para ventilar las cuestiones[434] políticas y los intereses sociales,--el secretario de la Junta se constituyó voluntariamente en redactor de _La Gaceta_, colocando al frente de sus escritos uno de aquellos magníficos arranques de amor a la libertad que son tan frecuentes en las inmortales páginas de Tácito. Este periódico[435] nació con el nuevo régimen, proclamando los tiempos "en que era dado pensar y manifestar sin trabas el pensamiento".

La prensa se hizo desde entonces militante y popular. Los anteriores ensayos periodísticos se arrastraban tímidos por la senda de la erudición, y[436] apenas si una que otra chispa se derramaba a favor de los intereses públicos. Los talentos y el patriotismo de Vieytes y de Belgrano no habían[437] conseguido interesar al pueblo en la contemplación de su propio destino, y los tipos de nuestra única imprenta aparecían yertos sobre el papel como el metal de que estaban fundidos.

_La Gaceta_ demolía y creaba al mismo tiempo. Fué el ariete asestado contra las murallas de la tiranía retrógrada del Virreinato, y la fuerza que[438] levanta sobre el cimiento de la libertad al pueblo que surgía del seno de los Cabildos abiertos. ¡Qué hermosa era la patria que pintaba la pluma del ilustre redactor! ¡Cuán orgulloso se sentía todo argentino al reconocerse hijo de esa Patria y árbitro[439] de fraguarse su propia felicidad, ejerciendo[440] derechos que antes no había comprendido!

La ciencia de la política amaneció entre nosotros y se popularizaron sus aplicaciones. Súpose entonces lo que era una sociedad entregada a sí misma y libre del freno pesado y de las riendas mezquinas manejadas por un elegido de la casualidad desde las remotas orillas del Manzanares.[441] Discutiéronse las diversas formas de gobierno a que pueden someterse los hombres en sociedad; y las Provincias, convocadas por primera vez a un Congreso,[442] vieron con sorpresa que los habitantes podían dignificarse hasta el punto de dar fuerza de ley a aquellas aspiraciones más en consonancia con sus intereses y bienestar.

Bajo el influjo de tan hábil piloto, la Revolución no podía naufragar. El rumbo estaba dado a la[443] mejor estrella, y por muchos desvíos que hubiera de experimentar la nave de la República, tenía forzosamente que llegar a la democracia.

Ésta fué la obra de don Mariano Moreno. El pueblo había conseguido su independencia; pero aquel gran patriota le preparó el porvenir americano que es hoy su modo de ser definitivo.[444]

GÜEMES

BARTOLOMÉ MITRE

Güemes, perteneciente a una notable familia de Salta, se presenta él mismo en sus actos, en[445] sus documentos políticos, en su correspondencia confidencial, como lo que es, como un caudillo político y militar. Éste es el rasgo prominente y verdaderamente original de su fisonomía: y es el único digno de llamar la atención, sea que[446] se le admire, sea que se le condene, porque como caudillo, fué grande, combatiendo por la causa común, y como caudillo fué funesto, contribuyendo a la desorganización política y social.

Quítese a Güemes el carácter de caudillo, y Güemes no es nada, o es cuando más una pálida fisonomía militar, que nada de extraordinario tendría en sí misma, si los hechos que ejecuta o promueve no fuesen la consecuencia de la táctica, del prestigio, de los medios de acción de caudillo representante de las masas populares, fanatizadas por la doble pasión de la independencia y de la ciega adhesión a su persona, dispuestas igualmente, a un gesto suyo, a esgrimir sus armas ya contra el enemigo común, ya contra la sociedad.

Bórrese del retrato histórico de Güemes el nombre de caudillo, y Güemes, o no será nada como militar, o será cuando más, el activo jefe de una vanguardia, hostilizando a un enemigo que, invadiendo un país accidentado y cuya[447] opinión le es contraria, viendo cortados los recursos por la resistencia de la población en masa, se ve[448] al fin obligado a retirarse después de una serie de guerrillas y combates, lo que si bien es meritorio, no sería por sí solo una cosa extraordinaria, cuando a la retirada de ese enemigo concurrieron poderosas causas más o menos inmediatas.

Quitarle ese título como el de _gaucho_ que él hizo glorioso y que fué su nombre de guerra, es despojarle de la agreste corona que sus heroicos compañeros, aquellos hijos de la naturaleza a quienes él llamaba mis _gauchos_, colocaron sobre sus sienes en los bosques y valles de Salta, cuando le apellidaron el _Padre de los Pobres_; sería borrar uno de los rasgos característicos y propios de la resistencia popular que hizo el caudillo desde 1817 a 1821.

Güemes era, pues, un verdadero caudillo, bajo cualquiera faz que se le considere; así lo califican los contemporáneos que lo conocieron, así lo pintan sus admiradores; así lo aclamaron sus partidarios y así se retrata él mismo.

Güemes encontró el campo preparado. No inició la revolución ni libertó pueblos, ni imprimió dirección a los acontecimientos, ni fundó nada.