Part 10
¡Al fin tenía su hora histórica! Y, radiante de entusiasmo, blandía al claro sol de invierno, dulce como una caricia, la espada tanto tiempo herrumbrada, que había flameado en Gibraltar y Menorca[363] contra esos mismos ingleses que ahora iba a vencer.
Embarcadas las tropas el día 3 de agosto, la travesía de la Colonia a la otra costa se efectuó sin inconveniente grave, aunque con bastante labor por la suestada y los chubascos. Parte de la flotilla extravió el rumbo en la obscuridad, teniendo que fondear, sin saberlo, a inmediaciones de una fragata enemiga. Al salir la luna, zarparon las naves y rectificaron su rumbo, amaneciendo a la[364] vista de Buenos Aires y de la escuadra inglesa. Arreciando la suestada, Liniers resolvió desembarcar en Las Conchas, y no ya en Olivos, como[365] se había determinado. Allí fondeó el 4 por la mañana, realizándose inmediatamente el desembarco de las tropas y artillería e incorporándose además los marineros disponibles de la flotilla. El día 5 las fuerzas entraron en San Isidro, donde[366] encontraron provisiones frescas y abrigo; el temporal se había desencadenado, dispersando a las naves enemigas y echando a pique cinco lanchas cañoneras. Las tropas emplearon el día en limpiar el armamento y apercibirse para el combate.
Al día siguiente, domingo, el capellán celebró misa al aire libre, en el centro de las tropas formadas. Concluído el oficio, se dió orden de marcha para los Corrales de Miserere, donde se[367] llegó a las diez de la mañana. Desde este punto, el jefe de la división española dirigió a las once,[368] con su primer ayudante Quintana, una enérgica intimación al general inglés. No habiendo sido admitido por Beresford en los quince minutos[369] fijados, el enviado se retiró sin entregar la misiva; pero Liniers no aprobó este exceso de celo y despachó nuevamente a su ayudante, que fué recibido en el acto. La respuesta de Beresford fué muy significativa, viniendo de un jefe tan circunspecto como valiente. Al contestar que se defendería "hasta el caso que la prudencia le indicara", confesaba implícitamente lo que dejaban entrever[370] sus pedidos de conferencias con las autoridades bonaerenses y, un poco más tarde, con Pueyrredón.[371] La situación del invasor se presentaba cada día más difícil e insostenible en la atmósfera hostil de la ciudad; y, si bien estaba resuelto a cumplir con su deber, no se le ocultaba la desigualdad de condiciones con que se empeñaba el combate. Vencedor, su victoria sería estéril; vencido, su[372] pérdida era irreparable. Puede decirse, pues, que[373] la acción se inició, en esa misma tarde, contra un adversario moralmente derrotado. A las cinco, la división rompió marcha hacia el Retiro, yendo[374] de vanguardia el cuerpo de voluntarios catalanes con dos obuses.
II. La Reconquista
El grueso de la división no salvó sin gran trabajo,[375] y sólo merced al auxilio del vecindario y gauchos a caballo, las dos millas de malísimo camino, sembrado de baches y pantanos, que mediaba entre el Miserere (hoy Once de Septiembre), y el Retiro. Entretanto, los miñones o migueletes, apoyados por la compañía de infantería de Buenos Aires, llegaban a dicha plaza del Retiro "a paso de carrera" y atacaban el Parque, defendido por 200 soldados ingleses, a quienes desalojaron con una carga a la bayoneta. La fuerza enemiga se replegaba hacia la Fortaleza, dejando varios muertos y prisioneros en el sitio, cuando encontró a Beresford, que acudía en su auxilio por la calle del Correo (Florida), con una columna[376] de 400 a 500 hombres. En este mismo momento, desembocaban en la plaza a marcha redoblada, vivamente estimulados por Liniers en persona, los voluntarios de Montevideo con una parte de la artillería de Agustini. Tan decisivo fué, al enfilar la calle, el fuego del obús cargado de metralla, que el enemigo se detuvo bruscamente y emprendió retirada hacia la Plaza Mayor, dejando[377] unos 30 muertos o heridos y abandonando un cañón.
Era muy tarde para seguir las operaciones, y, además, las tropas estaban rendidas de cansancio. Liniers se contentó con ocupar fuertemente el Retiro y sus bocacalles, tomando todas las precauciones del caso contra cualquier sorpresa. Las tropas pasaron la noche sobre las armas y sin comer. El día 11 fué ocupado en montar los cañones de 18 desembarcados de la goleta _Dolores_, y otros de igual calibre que se encontraron en el Parque: había que prevenirse[378] contra un posible bombardeo de la escuadra, y también separarse para batir en brecha a Beresford, que parecía dispuesto a encerrar su defensa en la Plaza Mayor. El efecto moral de este primer triunfo se hizo visible el mismo día; acudieron a engrosar las fuerzas regulares o tomar órdenes muchos jóvenes patricios y hombres del pueblo, algunos de los cuales se preparaban antes a una lucha de guerrilleros. A mediodía, para probar los cañones recientemente montados, Liniers en persona apuntó sucesivamente a una lancha cañonera y a una fragata enemigas, con tan raro acierto que, después de dar en el casco de la primera, cortó con el segundo tiro la pena de su mesana, donde tremolaba la bandera británica, que cayó al agua. Túvose el hecho por un pronóstico feliz.
Al amanecer frío y brumoso del día 14 se tocó generala, y, después de revistar las tropas, Liniers tomó sus últimas disposiciones para el ataque de la plaza. Dividió en tres columnas su ejército, reducido en número, pero exuberante de entusiasmo y de confianza en la victoria. La columna de la izquierda, al mando de Liniers, entraría por la calle de la Merced; la del centro enfilaría por la calle de la Catedral, en tanto que la de la derecha seguiría la calle del Correo hasta el centro, para allí dividirse y ocupar las cuadras del Oeste y del Sur inmediatas a la Plaza Mayor. La artillería debía preparar el avance, barriendo el camino y haciendo replegar al enemigo. El ataque general se había fijado para las doce del día; pero un incidente lo precipitó. Destacados en avanzada, un cuerpo de marineros y otro de miñones se habían deslizado por las aceras, rasando las casas a favor de la neblina, hasta llegar a dos cuadras de la plaza y encantonarse en algunos edificios, desde donde rompieron el fuego sobre las partidas enemigas. Habiendo salido a contenerlos y desalojarlos una columna inglesa, nuestros impetuosos exploradores se replegaron en guerrilla y avanzaron resueltamente. Eran las nueve de la mañana; los imprudentes voluntarios pedían refuerzos y municiones, no[379] resolviéndose a abandonar el terreno conquistado. Las tropas enardecidas por la fusilería, querían marchar al fuego.... Entonces Liniers modificó rápidamente su plan anterior: lanzó la caballería de milicias de la Colonia y los dragones de Buenos Aires con artillería volante por la calle del Santo Cristo, en tanto que se movía penosamente la reserva con sus cañones de batir, y él mismo se adelantaba por la de la Merced, situándose en la plazoleta de la iglesia. La refriega se hizo general.
El brío de las tropas suplió la desbaratada estrategia; el vecindario arrastró los cañones sin caballos: todo el plan se reducía ahora, para cada jefe de cuerpo, compañía o pelotón, a desalojar al enemigo que tuviera al frente, hasta desembocar en la Plaza Mayor.
Los ingleses, acantonados en los altos del Cabildo, la azotea de la Recova, el pórtico de la Catedral, tenían que hacer frente a los combinados ataques de seis columnas convergentes. Cedieron primero los de la Catedral; los del Cabildo, acometidos por el Sur y por el Norte, se replegaron sobre la Recova, ya batida por la metralla de Liniers, y desde cuyo arco Beresford dirigía la defensa. Aquí se concentró el combate y comenzó a diseñarse el triunfo.
Atacada por todos lados, la posición inglesa hacíase insostenible. Casi al mismo tiempo los dos generales enemigos, Beresford y Liniers, vieron caer a su lado sus respectivos ayudantes. Liniers, atravesado el uniforme por tres balazos, se dirigía hacia la plaza. En el momento en que Beresford, convencido de que era imposible la resistencia, daba la señal de retirada cruzando su espada sobre el brazo izquierdo, la diezmada división inglesa se replegó hacia la Fortaleza, siendo su general el último que ocupó el puente levadizo. El pueblo, victorioso, hizo irrupción en la plazoleta del Fuerte, dominando con sus clamores el ruido de la fusilería y batiendo sus murallones con sus oleadas enfurecidas. Trajéronse escalas para emprender el asalto como si fuera un abordaje; pero entonces apareció Beresford, espada en mano, por el ángulo Nordeste del parapeto, y se izó bandera parlamentaria. Con todo, el humo y la distancia impedían divisarla y no cesó el fuego de los asaltantes. Al pie de la muralla, el comandante Mordeille, que contenía difícilmente a sus hombres, cruzaba un diálogo en francés con Beresford. Preguntando éste "si su vida corría peligro", el otro contestó que estaba salvada con[380] rendirse a discreción. El general arrojó su espada al pie de la muralla, pero Mordeille se la devolvió por medio de pañuelos atados; al mismo tiempo se izó en el bastión una bandera española suministrada por un marinero; y de repente cesó el fuego, alzando el pueblo una inmensa aclamación.
EL NEGRO FALUCHO
BARTOLOMÉ MITRE
En la noche del 3 de febrero, subsiguiente a la sublevación, hallábase de centinela en el torreón del Real Felipe un soldado negro del regimiento del Río de la Plata, conocido con el nombre de guerra de _Falucho_.
Era Falucho un soldado valiente, muy conocido por la exaltación de su patriotismo y, sobre todo, por su entusiasmo por cuanto pertenecía a Buenos Aires. Como uno de tantos que se hallaban en igual caso, había sido envuelto en la sublevación, que hasta aquel momento no tenía más carácter que el de un motín de cuartel.
Mientras que aquel oscuro centinela velaba en el alto torreón del castillo, donde se elevaba el asta en que hacía pocas horas flameaba el pabellón argentino, Casariego decidía a los sublevados a enarbolar el estandarte español en la oscuridad de la noche, antes que se arrepintiesen de su resolución.
Sacada la bandera española de la sala de armas donde se hallaba rendida y prisionera, fué llevada en triunfo hasta el baluarte de Casas-Matas, donde debía ser enarbolada primeramente, afirmándola[381] con una salva general de todos los castillos.
Faltaba poco para amanecer, y los primeros resplandores de la aurora iluminaban el horizonte.
En aquel momento se presentaron ante el negro Falucho los que debían enarbolar el estandarte, contra el que combatían desde catorce años.
A su vista, el noble soldado, comprendiendo su humillación, se arrojó al suelo y se puso a llorar amargamente, prorrumpiendo en sollozos.
Los encargados de cumplir lo ordenado por Moyano, admirados de aquella manifestación de dolor, que acaso interpretaron como un movimiento de entusiasmo, ordenaron a Falucho que presentase el arma al pabellón del rey que se iba a enarbolar.
--Yo no puedo hacer honores a la bandera contra la que he peleado siempre,--contestó Falucho con melancólica energía, apoderándose nuevamente del fusil que había dejado caer.
--¡Revolucionario! ¡Revolucionario!--gritaron varios a un mismo tiempo.
--¡Malo es ser revolucionario, pero peor es ser traidor!--exclamó Falucho con el laconismo de un héroe de la antigüedad; y tomando su fusil por el cañón, lo hizo pedazos contra el asta, entregándose nuevamente al más acerbo dolor.
Los ejecutores de la traición, apoderándose inmediatamente de Falucho, le intimaron que iba a morir, y haciéndole arrodillar en la muralla que daba frente al mar, cuatro tiradores le abocaron sus armas al pecho y a la cabeza. Todo era silencio, y las sombras flotantes de la noche aun no se habían disipado. En aquel momento brilló el fuego de cuatro fusiles; se oyó una sorda detonación; resonó un grito de _¡Viva Buenos Aires!_ y luego, entre una nube de humo, se sintió el ruido sordo de un cuerpo que caía al suelo. Era el cuerpo ensangrentado de Falucho, que caía gritando _¡Viva Buenos Aires!_ ¡Feliz el pueblo que tales sentimientos puede inspirar al corazón de un soldado tosco y oscuro!
Así murió Falucho, como un guerrero digno de la República de Esparta, enseñando cómo se muere por sus principios y cómo se protesta bajo el imperio de la fuerza. Para enarbolar la bandera española en los muros del Callao, fué necesario[382] pasar por encima de su cadáver; se enarboló al fin, pero salpicada con su sangre generosa; y aun tremolando orgullosamente en lo alto del baluarte, el valiente grito de _¡Viva Buenos Aires!_ fué la noble protesta del mártir contra la traición de sus compañeros. Esa protesta fué sofocada por el estruendo de la artillería en todos los baluartes del Callao.
Falucho era nacido en Buenos Aires, y su nombre[383] verdadero era Antonio Ruiz. ¡Pocos generales han hecho tanto por la gloria como ese humilde y oscuro soldado, que no tuvo sepulcro, que no ha tenido una corona de laurel, y que recién hoy tiene un recuerdo en la historia de su patria![384]
El martirio de Falucho no fué estéril. Pocos días después se sublevaron en la Tablada de Lurín[385] dos escuadrones del regimiento de granaderos a caballo, y deponiendo a sus jefes y oficiales, marcharon a incorporarse a los sublevados del Callao. A la distancia vieron flotar el pabellón español en las murallas. A su vista, una parte de los granaderos, que ignoraban que los sublevados hubiesen proclamado al Rey, volvieron avergonzados sobre sus pasos, como si la terrible sombra de Falucho les enseñase el camino del honor. Sólo los más comprometidos persistieron en su primera resolución, y volvieron sus armas contra sus antiguos compañeros, quedando así disuelto por el motín y la traición el memorable ejército de los Andes, libertador del Chile y del Perú.
LA ABDICACIÓN DE SAN MARTÍN
BARTOLOMÉ MITRE
Se ha dicho con verdad que sólo dos grandes figuras de los tiempos modernos bajaron tranquilas de la cima de la grandeza, Wáshington y San Martín, porque ellos no fueron ni poder, ni ambición, ni partidos, ni odios, ni gloria egoísta, sino una misión que debía concluir en un día irrevocable, en medio de la propia existencia.
Wáshington no abdicó. Al colgar su espada después del triunfo, y entregar el poder público en manos de un pueblo libre, afirmó la corona cívica sobre sus sienes, siguió sin violencia el ancho camino que le estaba trazado, y alumbrado por astros propicios, se extinguió en el reposo con la angélica serenidad de los ángeles tutelares.
San Martín abdicó en medio de la lucha, antes de completar su obra, no por su voluntad, como él lo dijo en su despedida y como se ha creído por mucho tiempo, sino forzado por la lógica de su destino y obedeciendo a las inspiraciones del bien; y en haberlo reconocido en tiempo bajo los auspicios de la razón serena, consiste la grande moral de su sacrificio. Buscó su camino en medio de la tempestad en que su alma se agitaba, y lo encontró; y tuvo previsión, abnegación, y fortaleza para seguirla, y por eso el sacrificio no fué estéril.
El Perú había sido libertado por un puñado de cuatro mil hombres (dos mil argentinos y dos mil chilenos) contra veintitrés mil soldados, que mantenían en alto los pendones del rey de España en toda la extensión del continente americano. San Martín, sosteniendo en sus brazos robustos, como muy bien se ha dicho, el cadáver de su pequeño ejército diezmado por la peste y los combates, había declarado la independencia del[386] Perú.
Esta grande empresa, realizada con tan pobres medios, con tanta economía de fuerzas y de sangre, y tan fecundos resultados, se caracteriza como[387] profunda combinación política y militar, en que circunscribió la lucha de la independencia americana a un punto estratégico; en que forzó el último baluarte de la dominación española en Sud-América; en que hirió el poder colonial en el corazón, con la espada de Chacabuco y Maipo; en que[388] encerró en un palenque sin salida a los últimos ejércitos españoles y realistas, dentro del cual debía decidirse por un supremo y definitivo combate a muerte, la causa de la emancipación de un mundo.[389]
Desde ese momento, el triunfo de la causa de la independencia americana dejó de ser un problema militar y político: fué simplemente cuestión de más esfuerzos y de más tiempo.
Desde ese día, el sol al levantarse sobre el hemisferio de Colón, no alumbró más esclavos que los que aún continuaban aherrojados bajo las plantas de los últimos ejércitos realistas, atrincherados en las montañas del Perú.
Pero, para alcanzar la victoria definitiva, era necesario que el mismo Perú, hondamente revolucionado, pusiese sobre las armas diez mil soldados más, y el Perú no podía ponerlos. Chile no podía repetir el supremo esfuerzo que había hecho, para remontar sus tropas expedicionarias. La República Argentina, política y socialmente disuelta, al mismo tiempo que sus hijos ausentes emancipaban lejanos pueblos, no podía enviar nuevos contingentes a su ejército libertador de los Andes.
Mientras tanto, las legiones triunfantes de Bolívar,[390] que desde las bocas del Orinoco habían cruzado de mar a mar el continente, se encontraban con las de San Martín, que desde el Plata habían cruzado al Pacífico, dominándolo; y bajo la línea ardiente del ecuador y al pie del Chimborazo, se[391] saludaban las banderas independientes de las Provincias Unidas del Río de la Plata, de Chile, del Perú, y de Colombia, sellando la alianza continental con una nueva victoria alumbrada por los fuegos volcánicos del Pichincha.[392]
En tal situación, Colombia era el árbitro de los destinos del Nuevo Mundo, y en manos del Libertador Bolívar estaba la masa hercúlea que debía dar el golpe final, en el supremo y definitivo combate que iba a librarse en el Perú.
Para concentrar este supremo esfuerzo, los dos grandes libertadores se encontraron en aquel punto céntrico del mundo en que sus soldados habían fraternizado. Sus miradas se cruzaron como dos relámpagos en la región tempestuosa de las nubes, sus brazos se unieron, pero sus almas no se confundieron, porque comprendieron, que aunque profesaban una misma religión, no pertenecían a la misma raza moral.
Bolívar era el genio de la ambición delirante, con el temple férreo de los varones fuertes, con el corazón lleno de pasiones sin freno, con la cabeza poblada de flotantes sueños políticos, sediento de gloria, de poder, de esplendor, de estrépito, que[393] acaudillando heroicamente una gran causa, todo[394] lo refería a su personalidad invasora y absorbente. El mismo se ha retratado así, prorrumpiendo en uno de sus teatrales simulacros de renuncia del mando supremo: "Salvadme de mí mismo, porque la espada que libertó a Colombia no es la balanza de Astrea."[395]
San Martín era el vaso opaco de la Escritura,[396] que escondía la luz en el interior del alma: el héroe impersonal que tenía la ambición honrada del bien común, por todos los medios, por todos los caminos, y con todos los hombres de buena voluntad, según él mismo se ha definido con estas sencillas palabras: "Un americano, republicano por principios, que sacrifica sus propias inclinaciones por el bien de su suelo."
Por eso los dos murieron en el ostracismo. El uno en su edad viril, precipitado de lo alto, con las entrañas devoradas por el buitre de su inextinguible ambición personal, llorando hasta sus últimos momentos el poder perdido.[397] El otro descendió sereno y resignado la pendiente del valle de la vida, con la estoica satisfacción del deber cumplido, guardando en su ancianidad el secreto roedor de sus tristezas, como en los heroicos días de su épica carrera había guardado el sigilo pavoroso de sus concepciones militares.
Estas dos naturalezas opuestas y compactas, fuerte la una[398] por sus defectos en el choque, y la otra por[399] sus calidades en la resistencia, se midieron como dos gigantes al abrazarse, y se penetraron mutuamente. San Martín fué vencido por el egoísmo de Bolívar; pero San Martín venció a su rival en gloria, mostrándose moralmente más grande que él.
El Libertador de Colombia alcanzará más triunfos, cosechará más laureles y merecerá más la admiración de la historia por su gloriosa epopeya terminada.
El Libertador argentino, venciendo las más arduas dificultades, preparando el camino y venciéndose a sí mismo, merecerá en los tiempos la simpatía etérea de las almas bien equilibradas.
San Martín, con su alto buen sentido, dándose cuenta clara de la situación y de sus deberes para con ella, se inmoló en aras de una ambición implacable, que era una fuerza eficiente, y cuya dilatación fatal era indispensable al triunfo de su causa.
Los realistas conservaban aún diez y nueve mil hombres en las montañas del Perú. San Martín apenas contaba con ocho mil quinientos, y necesitaba forjar nuevos rayos para continuar la lucha. Bolívar, al frente del victorioso ejército de Colombia, tenía en sus manos el rayo, que a uno de sus gestos podía fulminar las últimas reliquias del poder español en América; pero a condición de compartir con nadie su gloria olímpica.
Ante esta solemne espectativa, San Martín reconoció el temple de sus armas de combate, y vió: que el Perú flaqueaba, que su opinión[400] pública estaba sublevada, que su ejército no tenía[401] ya el acerado temple de Chacabuco y Maipo, y que no podría dominar estos elementos rebeldes sino haciéndose tirano.--Interrogó al porvenir, y previendo que en un término fatal su gran personalidad se chocaría con la de Bolívar, dando quizás un escándalo al mundo, y retardando de todos modos el triunfo de la América con mayores sacrificios para ella, prefirió eliminarse como obstáculo.--Sondeó su conciencia, comprendió que no era como Macabeo el caudillo de su propia patria,[402] y reconociéndose sin voluntad para ser tirano y sin poder moral y material para continuar la lucha con fuerzas eficientes, abdicó a Bolívar la espada de Chacabuco y Maipo, después que se convenció de que su ofrecimiento de servir no sería aceptado.
Tal es el significado histórico y el sentido moral de la abdicación de San Martín.
EL GENERAL BELGRANO
BARTOLOMÉ MITRE
Belgrano es una de las más simpáticas ilustraciones argentinas, y una de las glorias más puras de la América, no sólo por sus memorables servicios a la causa de la independencia y de la libertad, sino también, y muy principalmente, por la elevación moral de su carácter y por la austeridad de sus principios democráticos.
Su gloria es un patrimonio nacional, y pretender arrancar a su corona cívica una sola de sus hojas, sin justificar el derecho con que tal despojo se haga, sería defraudar al pueblo de su propiedad legítima.
Belgrano no ha sido un genio político del vuelo de Moreno, ni un genio militar de la altura de San[403] Martín, con quienes comparte la gloria de haber sido, a la par del primero, uno de los fundadores de la democracia argentina, y con el segundo, el héroe y el fundador de la independencia.
Fué un gran ciudadano y un verdadero héroe republicano, y ésa es su gloria.
El general Belgrano ha ejercido dos clases de autoridad en el mundo: exigía de sus subordinados una obediencia religiosa al cumplimiento del deber, y una exactitud casi igual a la que se exige a una orden monástica, siendo inflexible en el castigo de los delincuentes.