Chapter 4
--¿La cabra?--replicó el aldeano atónito.--¿La cabra, dice Vd.?--y con expresión incrédula miraba al comprador y al animal.
--Véndamela--continuó el joven muy serio,--le doy seis pesetas por ella.
--¿La cabra?--continuó repitiendo el lugareño, moviendo la cabeza de un lado a otro.--Yo pensaba que era mi vaca la que llevaba a la feria, y aún ahora mismo, después de mirarla bien, creo que es la vaca y no la cabra.
--¡Caracoles, hombre! No diga Vd. disparates. Ésta es la cabra más flaca que he visto en mi vida. Es mejor que guarde mis seis pesetas. Adiós.
Después de algunos minutos el segundo joven alcanzó a Juan.
--Buenos días, amigo,--le dijo afablemente.--Hace muy buen tiempo. ¡Toma!
¿Qué lleva Vd. aquí? ¿Una cabra? Yo iba a la feria precisamente a comprar una cabra. ¿Quiere Vd. venderme la suya? Le doy cinco pesetas por ella.
El campesino se detuvo, y rasgándose la oreja dijo para sus adentros:
--¡Canario! Aquí esta otro sujeto que dice que traigo la cabra. ¿Será esto posible? Durante todo el camino este animal no ha abierto el hocico. Si sólo hiciera ruido yo podría entonces saber si era la cabra o la vaca. ¡Maldita suerte! La próxima vez que vaya al establo me llevo a mi mujer.
--Pues bien,--continuó el tunante joven,--si no me quiere Vd. vender la cabra, tendré que comprarla en la feria. Pero creo que cinco pesetas es bastante dinero por una cabra tan flaca. Adiós.
Por último llegó el tercer joven.
--¡Ola, amigo! ¿Quiere Vd. vender su cabra?
El pobre campesino no sabía que responder, pero al cabo de un momento de silencio replicó:
--Vd. es el tercero que me habla de una cabra. ¿No puede Vd. ver que el animal que traigo es una vaca?
--Mi buen hombre, es Vd. ciego o está embriagado,--repuso el embustero.--¡Vaya! Un niño puede decirle que su animal no es una vaca, sino una cabra; y, por cierto, muy flaca.
--¡Canastos!--contestó el tonto aldeano.--Recuerdo claramente que he tomado el animal que estaba atado cerca de la puerta. Además, este animal tiene la cola larga, y una cabra tiene la cola más corta.
--No diga Vd. tonterías,--contestó el tunante.--Le ofrezco cuatro pesetas por su cabra.
Diciendo y haciendo, el pícaro sacó del bolsillo cuatro piezas de plata y las hizo sonar.
El pobre lugareño completamente aturdido y ya casi convencido, vendió el animal, recibió el dinero y se volvió a su casa, mientras que los jóvenes siguieron camino a la feria.
La mujer del campesino se indignó mucho cuando su marido le entregó las cuatro pesetas.
--¡Tonto! ¡Estúpido!--exclamó colérica.--Llevaste la vaca que vale a lo menos cincuenta pesetas.
--Pero, ¿que podía hacer yo? Tres hombres, uno después de otro, me aseguraban que llevaba la cabra, y...
--¿Tres hombres? ¡Papanatas!--interrumpió la mujer.--Apuesto a que esos hombres fueron los mismos que pasaron por aquí, y me preguntaron cuál era el camino de la aldea. Sin duda han vendido ya la vaca al primer marchante que encontraron, y se regalan en este momento en alguna posada con el dinero. ¡Pronto! No perdamos tiempo. Múdate de vestido. Ponte tu mejor sombrero para que no te reconozcan. Vamos a devolverles el chasco a esos pícaros, y puede ser que aun podamos recobrar nuestro dinero.
A eso de las doce el tonto y su mujer llegaron a la aldea. Visitaron varias fondas y, como lo sospechó la mujer, los tres pícaros fueron encontrados festejándose en una de aquéllas.
El lugareño y su mujer se sentaron cerca de la mesa donde estaban los pícaros. La mujer llamó al posadero y le refirió en pocas palabras lo que había pasado a su marido.
--Si Vd. nos ayuda,--dijo la mujer al posadero,--podremos recobrar nuestro dinero. Yo propongo esto: Mi marido pide un vaso de vino. Se levanta, revuelve su sombrero, llama a Vd., y Vd. saca de su bolsillo este dinero que yo le doy ahora, y pretende Vd. que la cuenta está pagada.
Mientras tanto los tres pícaros seguían comiendo y bebiendo alegremente sin prestar atención al lugareño. Pero cuando éste se levantó por tercera vez, uno de los tres cayó en ello, y preguntó al posadero la causa de tan extraña conducta.
--¡Calle Vd! ¡Silencio!--respondió éste, haciendo el misterioso.--Ese hombre tiene un sombrero mágico. He oído hablar muchas veces de ese sombrero, pero ésta es la primera vez que veo tal maravilla con mis propios ojos. Viene este campesino, me ordena un vaso de vino, revuelve el sombrero, y al momento suena en mi bolsillo el dinero. Al principio no me parecía eso posible, pero los hechos son más seguros que las palabras.
El bribón, muy sorprendido, se reunió con sus camaradas y les refirió lo que había oído.
--Debemos obtener ese sombrero a cualquier precio,--dijeron los tres al instante.
Se sentaron en la misma mesa que el lugareño, a quien no reconocieron, y trabaron conversación con él.
--Tiene Vd. un sombrero muy bonito, y me gustaría comprarlo. ¿Cuánto vale?--dijo el primero.
El lugareño le miró desdeñosamente y repuso:--Este sombrero no se vende, pues no es un sombrero ordinario como cualquier otro. ¡Ola, posadero!--gritó con voz firme.--Traiga más vino.
Cuando el vino fué servido el lugareño se levantó, revolvió el sombrero, y el posadero sacó al instante el dinero de su bolsillo.
Los tres bribones se quedaron pasmados de asombro, y tanto importunaron al lugareño que éste acabó por exclamar:
--Pues bien, por cincuenta pesetas les venderé el sombrero.
Ésta era la exacta suma en que habían vendido la vaca. Muy alegres entregaron el dinero al lugareño, que tan pronto como tuvo el oro en su bolsillo partió, más contento que unas pascuas.
Los tres bribones también partieron. No habían andado gran distancia cuando llegaron a otra fonda. Uno de ellos propuso que entrasen a probar el sombrero. Después de haber bebido algunas botellas de vino, llamaron a la huéspeda para pagarle. El primero de ellos se levantó, revolvió el sombrero, y todos ansiosamente esperaron el efecto. Pero no sucedió nada. La huéspeda, extrañando tal conducta, les dijo:
--Como Vds. me han llamado yo creía que me iban a pagar.
--Pues meta Vd. la mano en su faltriquera y hallará Vd. el dinero.
La huéspeda lo hizo así, pero no encontró ningún dinero.
--¡Diantre!--dijo el segundo joven, un poco alarmado,--tú no comprendes de esto. Dame el sombrero a mí.
El joven tomó el sombrero, se lo puso, y lo revolvió de derecha a izquierda. Pero todo en balde. La faltriquera de la huéspeda estaba tan vacía como antes.
--Son Vds. unos bobos,--gritó el tercero con impaciencia.--Voy a enseñar a Vds. como debe ser revuelto el sombrero.
Y diciendo esto, revolvió el sombrero muy despacio y con mucho cuidado. Pero observó con gran desaliento que no tuvo mejor éxito que sus compañeros.
Al fin comprendieron que el lugareño les había dado un buen chasco. Su indignación fué tanta que mejor es pasar por alto los epitetos con que adornaron el nombre del lugareño.
Éste al llegar a su casa contó las monedas de oro sobre la mesa exclamando:
--¿No lo dije esta mañana? Tiene que madrugar el que quiera engañarme.
Su mujer no dijo nada, porque era juiciosa, y sabía que el silencio algunas veces es oro.
51. EL PERAL
Recuerdo que a la salida de mi pueblo había un hermosísimo peral que daba gusto verle, particularmente a la entrada de la primavera. No lejos hallábase situada la casa del dueño, y allá vivía Dolores, novia mía.
Tenía mi novia apenas diez y nueve años, y era una niña muy hermosa. Sus mejillas se parecían a las flores del peral. En la primavera y allí, bajo aquel árbol, fué donde yo le dije a ella:
--Dolores mía, ¿cuándo celebraremos nuestras bodas?
Todo en ella sonreía: sus hermosos cabellos con los cuales jugaba el viento, el talle de diosa, el desnudo pie aprisionado en pequeños zapatos, las lindas manecitas que atraían hacia sí la colgante rama para aspirar las flores, la pura frente, los blancos dientes que asomaban entre sus labios rojos,--todo en ella era bello. ¡Ah, cuánto la amaba! A mi pregunta contestó con un rubor que la hacía mas encantadora todavía:
--Cuando empieza la próxima cosecha nos casaremos, si es que no te toca ir al servicio del rey.
Llegó la época de las quintas. Llegó mi turno y saqué el número más alto. Pero Vicente, mi mejor amigo, tuvo la mala suerte de salir de soldado. Le hallé llorando y diciendo:
--¡Madre mía, mi pobre madre!
--Consuélate, Vicente, yo soy huérfano, y tu madre te necesita. En tu lugar me marcharé yo.
Cuando fuí a buscar a Dolores bajo el peral, encontréla con los ojos humedecidos de lágrimas. Nunca la había visto llorar, y aquellas lágrimas me parecieron mucho más bellas que su adorable sonrisa. Ella me dijo:
--Has hecho muy bien; tienes un corazón de oro. Véte, Jaime de mi alma; yo esperaré tu regreso.
--¡Paso redoblado! ¡Marchen!
Y de un tirón nos metimos casi en las narices del enemigo.
--¡Jaime, manténte firme y no seas cobarde!
Entre las densas nubes de humo negro que oprimían mi pecho descubrí las relucientes bocas de los cañones enemigos, que clamaban a la vez, produciendo grandes destrozos en nuestras filas. Por dondequiera que pasaba, se deslizaban mis pies en sangre aún caliente. Tuve miedo y miré atrás.
Detrás estaba mi patria, el pueblo y el peral cuyas flores se habían convertido en sabrosas frutas. Cerré los ojos y vi a Dolores que rogaba a Dios por mí. No tuve ya miedo. ¡Héme aquí hecho un valiente!
--¡Adelante!... ¡fuego!... ¡a la bayoneta!
--¡Bravo, valiente soldado! ¿Cómo te llamas?
--Mi general, me llamo Jaime, para servir a vuestra señoría.
--Jaime, desde este momento eres capitán.
¡Dolores! Dolores querida, vas a estar orgullosa de mí. Habiendo terminado la campaña victoriosa para nosotros, pedí mi licencia. Henchido el pecho de gratas ilusiones emprendí mi viaje. Y aunque la distancia era larga mi esperanza la hizo corta. Ya casi he llegado. Allá abajo, trás de ese monte, está mi país natal. Al pensar que pronto las campanas repicarán por nuestra boda empiezo a correr. Ya descubro el campanario de la iglesia, y me parece oír el repicar de las campanas.
En efecto, no me engaño. Ya estoy en el pueblo, pero no veo el peral. Me fijo mejor, y noto que ha sido cortado, según parece, recientemente, pues en el suelo y en el sitio donde antes estaba aparecen algunas ramas y flores esparcidas aquí y allá. ¡Qué lástima! ¡Tenía tan hermosas flores! ¡He pasado momentos tan felices cobijado en su sombra!
--¿Por quién tocas, Mateo?
--Por una boda, señor capitán.
Mateo ya no me conocía, sin duda.
¿Una boda? Decía verdad. Los novios entran en este momento en la iglesia. La prometida es--Dolores, mi Dolores querida, más risueña y encantadora que nunca. Vicente, mi mejor amigo, aquél por quien me sacrifiqué, es el esposo afortunado. A mi alrededor oía decir:
--Serán felices, porque se aman.
--Pero ¿y Jaime?--preguntaba yo.
--¿Qué Jaime?--contestaban. Todos me habían olvidado.
Entré en la iglesia, me arrodillé en el sitio más oscuro y apartado, y rogué a Dios me diera fuerzas para no olvidarme de que era cristiano. Hasta pude orar por ellos. Terminada la misa me levanté, y dirigiéndome al lugar donde había estado el peral, recogí una de las flores que en el suelo hallé,--flor ya marchita. Entonces emprendí mi camino sin volver la cabeza atrás.
--Ellos se aman. ¡Que sean muy dichosos!--pude aún decir.
--¿Ya estás de vuelta, Jaime?
--Sí, mi general.
--Oye, Jaime. Tú tienes veinticinco años y eres capitán. Si quieres, te casaré con una condesa.
Saco de mi pecho la marchita flor del peral, y contesto:
--Mi general, mi corazón está como esta flor. Lo único que deseo es un puesto en el sitio de más peligro para morir como soldado cristiano.
Se me concede lo que solicito.
A la salida del pueblo se levanta la tumba de un coronel muerto a los veinticinco años en un día de batalla.
52. EL ESTUDIANTE JUICIOSO
Caminaban juntos y a pie dos estudiantes desde Peñafiel a Salamanca. Sintiéndose cansados y teniendo sed se sentaron junto a una fuente que estaba en el camino. Después de haber descansado y mitigado la sed, observaron por casualidad una piedra que se parecía a una lápida sepulcral. Sobre ella había unas letras medio borradas por el tiempo y por las pisadas del ganado que venía a beber a la fuente. Picóles la curiosidad, y lavando la piedra con agua, pudieron leer estas palabras:
_Aquí está enterrada el alma del licenciado Pedro García._
El menor de los estudiantes, que era un poco atolondrado, leyó la inscripción y exclamó riéndose:
--¡Gracioso disparate! Aquí está enterrada el alma. ¿Pues una alma puede enterrarse? ¡Qué ridículo epitafio!
Diciendo esto se levantó para irse. Su compañero que era más juicioso y reflexivo, dijo para sí:
--Aquí hay misterio, y no me apartaré de este sitio hasta haberlo averiguado.
Dejó partir al otro, y sin perder el tiempo, sacó un cuchillo, y comenzó a socavar la tierra alrededor de la lápida, hasta que logró levantarla. Encontró debajo de ella una bolsa. La abrió, y halló en ella cien ducados con un papel sobre el cual había estas palabras en latín:
"Te declaro por heredero mío a tí, cualquiera que seas, que has tenido ingenio para entender el verdadero sentido de la inscripción. Pero te encargo que uses de este dinero mejor de lo que yo he usado de él."
Alegre el estudiante con este descubrimiento, volvió a poner la lápida como antes estaba, y prosiguió su camino a Salamanca, llevándose el alma del licenciado.
53. PROVERBIOS. (III)
Dos amigos de una bolsa, el uno canta y el otro llora. Dicen los niños en el solejar, lo que oyen a sus padres en el hogar. De tal palo tal astilla. De quien pone los ojos en el suelo, no le fíes tu dinero. Del dicho al hecho hay mucho trecho. De la mano a la boca se pierde la sopa. De hombres es errar, de bestias perseverar en el error. De dineros y bondad, siempre quita la mitad. Dame donde me siente, que yo haré donde me acueste. Niño criado de abuelo, nunca bueno. Costumbres y dineros hacen los hijos caballeros. Con lo que sana Sancha, Marta cae mala. Compañía de tres, no vale res. Cien sastres y cien molineros y cien tejedores son tres cien ladrones. Cada uno extiende la pierna como tiene la cubierta.
54. EL ESPEJO DE MATSUYAMA
Mucho tiempo há vivían dos jóvenes esposos en lugar muy apartado y rústico. Tenían una hija y ambos la amaban de todo corazón. No diré los nombres de marido y mujer, pero diré que el sitio en que vivían se llamaba Matsuyama, en la provincia de Echigo.
Cuando la niña era aún muy pequeñita, el padre se vió obligado a ir a la gran ciudad, capital del Imperio. Como era tan lejos, ni la madre ni la niña podrían acompañarle, y él se fué solo, despidiéndose de ellas y prometiendo traerles, a la vuelta, muy lindos regalos. La madre no había ido nunca más allá de la cercana aldea, y así no podía desechar cierto temor al considerar que su marido emprendía tan largo viaje; pero al mismo tiempo sentía orgullosa satisfacción de que fuese él, por todos aquellos contornos, el primer hombre que iba a la rica ciudad, donde el rey y los magnates habitaban, y donde había que ver tantos primores y maravillas.
En fin, cuando supo la mujer que volvía su marido, vistió a la niña de gala, lo mejor que pudo, y ella se vistió un precioso traje azul que sabía que a él le gustaba en extremo.
Gran fué el contento de esta buena mujer cuando vió al marido volver a casa sano y salvo. La chiquitina daba palmadas y sonreía con deleite al ver los juguetes que su padre le trajo. Y él no se hartaba de contar las cosas extraordinarias que había visto, durante la peregrinación, y en la capital misma.
--A ti--dijo a su mujer--te he traido un objeto de extraño mérito; se llama espejo. Mírale y dime que ves dentro.
Le dió entónces una cajita chata, de madera blanca, donde, cuando la abrió ella, encontró un disco de metal. Por un lado era blanco como plata mate, con adornos en realce de pájaros y flores, y por el otro, brillante y pulido como cristal. Allí miró la joven esposa con placer y asombro, porque desde su profundidad vió que la miraba, con labios entreabiertos y ojos animados, un rostro que alegre sonreía.
--¿Qué ves?--preguntó el marido encantado del pasmo de ella y muy ufano de mostrar que había aprendido algo durante su ausencia.
--Veo a una linda moza, que me mira y que mueve los labios como si hablase, y que lleva ¡caso extraño! un vestido azul, exactamente como el mío.
--Tonta, es tu propia cara la que ves,--le replicó el marido, muy satisfecho de saber algo que su mujer no sabía.--Ese redondel de metal se llama espejo. En la ciudad cada persona tiene uno, por más que nosotros, aquí en el campo, no los hayamos visto hasta hoy.
Encantada la mujer con el presente, pasó algunos días mirándose a cada momento, porque, como ya dije, era la primera vez que había visto un espejo, y por consiguiente, la imagen de su linda cara. Consideró, con todo, que tan prodigiosa alhaja tenía sobrado precio para uso de diario, y la guardó en su cajita y la ocultó con cuidado entre sus mas estimados tesoros.
Pasaron años, y marido y mujer vivían aún muy dichosos. El hechizo de su vida era la niña, que iba creciendo y era el vivo retrato de su madre, y tan cariñosa y buena que todos la amaban. Pensando la madre en su propia pasajera vanidad, al verse tan bonita, conservó escondido el espejo, pensando que su uso pudiera engreír a la niña. Como no hablaba nunca del espejo, el padre le olvidó del todo. De esta suerte se crió la muchacha tan sencilla y candorosa como había sido su madre, ignorando su propia hermosura, y que la reflejaba el espejo.
Pero llegó un día en que sobrevino tremendo infortunio para esta familia hasta entonces tan dichosa. La excelente y amorosa madre cayó enferma, y aunque la hija la cuidó con tierno afecto y solícito desvelo, se fué empeorando cada vez más, hasta que no quedó esperanza, sino la muerte.
Cuando conoció ella que pronto debía abandonar a su marido y a su hija, se puso muy triste, afligiéndose por los que dejaba en la tierra y sobre todo por la niña.
La llamó, pues, y le dijo:
--Querida hija mía, ya ves que estoy muy enferma y que pronto voy a morir y a dejaros solos a ti y a tu amado padre. Cuando yo desaparezca, prométeme que mirarás en el espejo, todos los días al despertar y al acostarte. En él me verás y conocerás que estoy siempre velando por ti.
Dichas estas palabras, le mostró el sitio donde estaba oculto el espejo. La niña prometió con lágrimas lo que su madre pedía, y ésta, tranquila y resignada, expiró a poco.
En adelante, la obediente y virtuosa niña jamás olvidó el precepto materno, y cada mañana y cada tarde tomaba el espejo del lugar en que estaba oculto, y miraba en él, por largo rato e intensamente. Allí veía la cara de su perdida madre, brillante y sonriendo. No estaba pálida y enferma como en sus últimos días, sino hermosa y joven. A ella confiaba de noche sus disgustos y penas del día, y en ella, al despertar, buscaba aliento y cariño para cumplir con sus deberes.
De esta manera vivió la niña, como vigilada por su madre, procurando complacerla en todo como cuando vivía, y cuidando siempre de no hacer cosa alguna que pudiera afligirla o enojarla. Su más puro contento era mirar en el espejo y poder decir:
--Madre, hoy he sido como tú quieres que yo sea.
Advirtió el padre, al cabo, que la niña miraba sin falta en el espejo, cada mañana y cada noche, y parecía que conversaba con él. Entonces le preguntó la causa de tan extraña conducta.
La niña contestó:
--Padre, yo miro todos los días en el espejo para ver a mi querida madre y hablar con ella.
Le refirió además el deseo de su madre moribunda y que ella nunca había dejado de cumplirle.
Enternecido por tanta sencillez y tan fiel y amorosa obediencia, virtió él lágrimas de piedad y de afecto, y nunca tuvo corazón para descubrir a su hija que la imagen que veía en el espejo era el trasunto de su propia dulce figura, que el poderoso y blando lazo del amor filial hacía cada vez más semejante a la de su difunta madre.
55. LOS ZAPATOS DE TAMBURÍ
Había en el Cairo un mercader llamado Abou Tamburí, que era conocido por su avaricia; aunque rico, iba pobremente vestido, y tan sucio, que parecía un mendigo. Lo más característico de su traje eran unos enormes zapatones, remendados por todos lados, y cuyas suelas estaban provistas de gruesos clavos.
Paseábase cierto día el mercader por el gran bazar de la ciudad, cuando se le acercaron dos comerciantes a proponerle: el uno la compra de una partida de cristalería, y el otro una de esencia de rosa. Este último era un perfumista que se encontraba en grande apuro, y Tamburí compró toda la partida por la tercera parte de su valor.
Satisfecho con su compra, en lugar de pagar el alboroque a los comerciantes como es costumbre en Oriente, creyó más oportuno el ir a tomar un baño. No se había bañado desde hacía mucho tiempo, y tenía gran necesidad de ello, porque el Corán manda a los creyentes de Mahoma bañarse frecuentemente en agua limpia.
Cuando se dirigía al baño, un amigo que le acompañaba le dijo:
--Con los negocios que acabas de hacer tienes una ganancia muy pingüe, pues has triplicado tu capital. Así es que deberías comprarte un calzado nuevo, pues todo el mundo se burla de ti y de tus zapatos.
--Ya lo había pensado; pero me parece que mis zapatos pueden tirar aún cuatro o cinco meses.
Llegó a la casa de baños, se despidió de su amigo y se bañó. El Cadí fué también a bañarse aquella mañana y en el mismo establecimiento, y como Tamburí saliera del baño antes que él, se dirigió a la pieza inmediata para vestirse. Pero con sorpresa vió que a lado de su ropa, en lugar de sus antiguos zapatos había otros nuevos, que se apresuró a ponerse, creyendo que eran un regalo de alguno de sus amigos. Como ya al encontrarse con zapatos nuevos no tenía necesidad de comprar otros, salió muy satisfecho de la casa de baños.
El Cadí, después de terminar su baño, fué a vestirse; pero en vano sus esclavos buscaron su calzado, tan sólo encontraron los viejos y remendados zapatos de Tamburí.
Furioso el Cadí mandó a un esclavo a cambiar el calzado, y encerró en la cárcel al avaro Tamburí. Éste, al día siguiente, después de pagar la multa que le impuso el Cadí, fué dejado en libertad. Cuando llegó a su casa Tamburí arrojó por la ventana al río los zapatos que habían sido causa de su prisión.
Después de algunos días, unos pescadores, que habían echado sus redes en el río, cogieron entre las mallas los zapatos de Tamburí, pero los clavos de que estaba llena la suela destrozaron los hilos de las redes. Indignados los pescadores, recurrieron al Juez para reclamar contra quien había echado al río indebidamente aquellos zapatos.
El Juez les dijo que en aquel asunto nada podía hacer. Entonces los pescadores cogieron los zapatos, y, viendo abierta la ventana de la casa de Tamburí, los arrojaron dentro, rompiendo todos los frascos de esencia de rosa que el avaro había comprado hacía poco, y con cuya ganancia estaba loco de contento.
--¡Malditos zapatos!--exclamó,--¡cuántos disgustos me cuestan!--Y cogiéndolos, se dirigió al jardín de su casa y los enterró. Unos vecinos que vieron al avaro remover la tierra del jardín y cavar en ella, dieron parte al Cadí, añadiendo que sin duda Tamburí había descubierto un tesoro.
Llamóle el Cadí para exigirle la tercera parte que correspondía al Sultán, y costó mucho dinero al avaro el librarse de las garras del Cadí. Entonces cogió sus zapatos, salió fuera de la ciudad y los arrojó en un acueducto; pero los zapatos fueron a obstruir el conducto del agua con que se surtía la población de Suez.
Acudieron los fontaneros, y encontrando los zapatos se los llevaron al Gobernador, el cual mandó reducir a prisión a su dueño y pagar una multa más crecida aún que las dos anteriores, entregando, no obstante, los zapatos a Tamburí.